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Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Cicatrices De Seda, La Piel Del Enemigo

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Arrogante / CEO
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA FRÍA SIMETRÍA DEL ODIO

El dolor de una traición no se mide por la gravedad del secreto revelado, sino por la pureza de la fe que ha sido destruida. Cuando un hombre bueno decide volverse despiadado, no queda espacio para la piedad, solo para una fría y milimétrica simetría.

El utilitario gris se detuvo frente a la residencia de Julián en un chirrido de neumáticos húmedos. Julián bajó del vehículo casi sin esperar a que Ela apagara el motor, aferrando la carpeta de cuero contra su pecho como si fuera un escudo sagrado. Entró a la casa como un torbellino, dejando un rastro de agua y barro sobre el parquet del vestíbulo.

Ela lo siguió con pasos lentos, sintiendo que el peso de la atmósfera la aplastaba.

—¡Es nuestra, Susana! ¡Toda esta maldita ciudad va a ser nuestra! —exclamó Julián, con una risa histérica mientras subía de dos en dos los escalones hacia su despacho privado—. El viejo patriarca tendrá que arrodillarse. Y Kang... Kang va a tener que firmar mi maldito nombramiento antes del mediodía si no quiere que envíe esto directamente a los periódicos financieros.

Ela se detuvo en el umbral del despacho. Observó cómo Julián abría su caja fuerte oculta detrás del cuadro del comedor superior, introducía la memoria USB blindada y la carpeta lacrada, y cerraba la puerta de acero con un golpe seco.

—Deberías cambiarte de ropa, Julián —dijo Ela, con una voz que sonaba extrañamente vacía, desprovista de la calidez habitual de Susana—. Estás empapado. Y tu mano... sigue sangrando.

Julián se miró la palma de la mano, donde un corte superficial pero molesto recordaba el forcejeo con el CEO. Esbozó una sonrisa de desprecio.

—Esto no es nada. Es el precio del poder. Prepárame un trago, mi amor. Necesito celebrar que hoy hemos matado al rey.

Ela dio media vuelta sin responder. Al bajar a la cocina, sus manos comenzaron a temblar de manera incontrolable. Se apoyó contra la mesada de granito, cerrando los ojos. En su mente, la imagen de la mirada de Kang en la penumbra de la terraza, la forma en que le había suplicado que lo ayudara a salir de su prisión, se repetía en un bucle tortuoso. Él confiaba en mí. Y ahora me odia con la misma intensidad con la que estaba dispuesto a amarme.

Mientras tanto, en el piso veinte del edificio Althea, la tormenta seguía rugiendo del otro lado del cristal.

Victoria sostenía su paraguas cerrado, observando a Kang con una mezcla de admiración y cautela. Sabía que el hombre que tenía enfrente ya no era el ejecutivo dócil que la junta directiva solía manejar. La traición de Ela había roto el último dique de contención moral del CEO.

—No te quedes ahí parada, Victoria —dijo Kang, sin girarse, su voz arrastrando un frío que helaba la sangre—. Sé perfectamente quién eres. Y sé que la "madre respetable" de Susana no es más que una fachada para una viuda resentida que quiere destruir mi holding.

Victoria no perdió la compostura. Esbozó una sonrisa aristocrática y dio un paso al frente, apoyando el paraguas en el suelo.

—El resentimiento es una palabra muy burda, querido. Yo lo llamo restitución. Tu suegro y tu propio padre construyeron este imperio sobre las cenizas de personas que merecían vivir. Si Susana te usó, fue simplemente porque el apellido Kang tiene una deuda histórica que pagar.

Kang se giró lentamente. La luz de emergencia del pasillo iluminaba la mitad de su rostro, dejando la otra mitad sumida en una sombra absoluta. El corte en su antebrazo había dejado de sangrar, pero la manga de su camisa blanca permanecía teñida de un rojo oscuro y seco.

—Dile a tu pequeña marioneta que disfrute de su victoria esta noche —sentenció Kang, dando un paso hacia Victoria. Su imponente presencia física hizo que ella, por primera vez, retrocediera un milímetro de manera instintiva—. Julián cree que tiene un seguro de vida con esa memoria USB. Pero no sabe que la auditoría que robó tiene un protocolo de autodestrucción digital. En cuanto intente desencriptar el archivo en una red externa, la señal GPS de Althea rastreará la ubicación exacta del dispositivo.

Victoria entrecerró los ojos, la alarma encendiéndose en su mente.

—Y en cuanto a Susana... —continuó Kang, con una media sonrisa desprovista de toda humanidad—. Dile que el tango se baila de a dos. Ella me enseñó a seguir el ritmo, pero ahora soy yo quien va a marcar los pasos. La buscaré. Y cuando la encuentre, le quitaré todo lo que ama, empezando por la farsa de su nueva vida.

Sin decir una palabra más, Kang pasó al lado de Victoria, ignorando su presencia, y subió al ascensor privado. Las puertas de metal se cerraron con un suspiro sordo, dejando a la mujer sola en el despacho presidencial en ruinas.

A las tres de la mañana, la casa de Julián estaba sumida en un silencio de tumba. Julián dormía profundamente en la habitación principal, completamente noqueado por el cansancio de la adrenalina y el exceso de alcohol que había consumido para celebrar.

Ela, vestida con una bata de seda oscura, se encontraba en el baño de visitas. Se miró al espejo, observando las líneas perfectas de su rostro reconstruido. Sintió un impulso salvaje de arañarse la piel, de arrancarse la máscara de Susana y volver a ser la Ela que su padre había protegido.

De pronto, la pantalla de su teléfono personal, colocado sobre el lavabo, se iluminó en el silencio de la noche.

No era una llamada. Era un mensaje de texto de un número oculto.

Ela desbloqueó el dispositivo con dedos temblorosos. Solo había una línea de texto escrita, pero fue suficiente para que el aire se congelara en sus pulmones:

"Guardé el último baile para ti, Susana. No me hagas esperar demasiado."

Ela soltó el teléfono, que cayó sobre la baldosa con un chasquido sordo. Se apoyó contra la pared, sintiendo que las paredes de la casa comenzaban a cerrarse sobre ella. El cazador había despertado, y la presa ya no tenía dónde esconderse.

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