El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
34
.
Los segundos fueron pasando hasta que, sin darse cuenta, cayó la tarde. Como de costumbre, Alena caminaba muy erguida al lado de Nathan, acompañando sus pasos hacia la salida del edificio del Grupo Villanueva. Como siempre, le abrió primero la puerta del auto, apoyando una mano bajo el marco para que su jefe no se golpeara la cabeza, y se aseguró de que quedara cómodo antes de rodear el vehículo y sentarse al volante.
Al principio no había sido así. Antes, Alena solía abrirle la puerta del asiento trasero. Pero, en aquella ocasión, el rostro de Nathan se veía siempre molesto. Y, con toda su acidez, el hombre le había dicho:
—¿Me mandas a sentarme atrás mientras tú te sientas adelante? ¡No tienes el menor sentido de la educación!
Y, con el gesto crispado, él mismo había abierto la puerta delantera, se había subido, se había sentado y había cerrado de un portazo.
A Alena se le habían abierto los ojos de par en par al oír la acusación y ver el comportamiento de su jefe. Hasta se había rascado la nuca, que en realidad no le picaba en absoluto. ¿Qué error había cometido para que él siempre soltara palabras tan ácidas y fastidiosas cada vez que le hablaba? Porque, que ella supiera, en cualquier parte un jefe siempre se sentaba en el asiento del medio, atrás, y no adelante, junto al chofer. Pero ¿qué podía hacer, salvo suspirar con resignación? EL JEFE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN. Así que, desde entonces, Alena no volvió a abrir nunca más la puerta trasera.
* * *
El trayecto transcurría tranquilo. Alena miraba la carretera con atención, mientras Nathan, cabizbajo, repasaba unos documentos que no había alcanzado a leer en la oficina, con los ojos que de vez en cuando se desviaban hacia ella mientras disimulaba una sonrisa leve.
Pero el auto no había avanzado demasiado cuando...
Un timbre sonó de pronto dentro del bolso de Alena, que estaba en el asiento trasero. Alena le echó un vistazo rápido a través del retrovisor colgado frente a ella, aunque sin apartar la atención del camino.
El timbre se cortó, pero unos segundos después volvió a sonar. Alena soltó el aire despacio, aunque no se atrevió a tomar el teléfono: para hacerlo tendría que haber detenido el auto que conducía. Pensó que, fuera quien fuera, si de verdad era importante, volvería a llamar.
Sin embargo, la persona al otro lado no parecía dispuesta a rendirse. El celular sonó de nuevo, aunque después volvió a apagarse solo.
Nathan, fastidiado por aquel timbre que no paraba, de golpe se soltó el cinturón, giró el cuerpo pasando por el hueco entre los asientos delantero y trasero para alcanzar el bolso y se lo arrastró hasta el regazo.
—¿Señor? —Alena giró la cabeza un instante por reflejo.
—Tu celular debe de ser de lo más ordinario, por eso hace tanto escándalo —dijo Nathan con sarcasmo.
Las dos manos de Alena, que sujetaban el volante, se cerraron con fuerza en ese mismo instante. ¿Acaso no podía su jefe, aunque fuera una sola vez, guardarse esas palabras hirientes? Pero ¿qué remedio le quedaba? Solo pudo soltar un largo suspiro y volver a fijar la vista en la carretera.
—Pero, señor... —dijo, con tono de culpa.
Nathan no respondió, pero su mano se movió para abrir el bolso y sacar el teléfono, lo que hizo que Alena suspirara otra vez. ¿Estaba bien que un jefe hurgara en las cosas de su subordinada? Pero el que tenía al lado era el señor Nathan.
El celular en la mano de Nathan volvió a sonar, y un nombre, "Rodrigo", apareció en la pantalla, lo que le cambió la expresión al instante. La mandíbula se le tensó sin que él mismo lo notara. ¿Quién era ese tal Rodrigo? ¿Por qué Alena lo tenía guardado con un apodo tan familiar?
—¿Quién es Rodrigo? —preguntó Nathan sin mirarla.
—¿Eh? —Alena volvió la cabeza de golpe hacia él—. Ah, eso. Un compañero mayor de la universidad.
Con el rostro cada vez más sombrío, Nathan deslizó el botón verde y activó el altavoz.
—¡Contesta! —ordenó con voz fría. Sostuvo el teléfono y se lo acercó a Alena.
Alena se sintió desconcertada. ¿Qué le pasaba a su jefe? ¿Por qué de repente le cambiaba la actitud? Si hacía apenas unos minutos estaba de lo más normal.
—¿Sí, Rodrigo? —respondió al fin.
Nathan, que sostenía el teléfono, volvió la cabeza al oír el tono de voz de Alena, tan suave y mucho más cálido que la forma en que le hablaba a él.
—¿Alena? ¿Estás bien? —se oyó la voz preocupada de un hombre al otro lado, lo que hizo que Nathan apretara el puño sin darse cuenta.
—Sí, estoy bien. ¿Por qué?
Al otro lado se escuchó un suspiro de alivio.
—Me quedé preocupado, porque llevaba un buen rato tratando de llamarte y no entraba. Menos mal que estás bien.
—Perdona, estaba trabajando.
—Sí, me lo imaginé. —La voz de Rodrigo sonaba inquieta—. Ya vi las noticias que andan corriendo sobre ti. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien.
—Estoy bien, no te preocupes.
Una de las manos de Nathan, apoyada sobre el muslo, se fue cerrando con más fuerza. La mandíbula se le endureció; de los ojos le brotaba un aura afilada, encendida. Si ese tal Rodrigo hubiera estado frente a él, ya se habría convertido en cenizas.
—Te conozco, y no creo que seas capaz de algo así. No les hagas caso a lo que digan. Solo son gente que quiere verte destruida.
La mirada de Nathan se volvió aún más gélida al oír esas palabras de consuelo de Rodrigo. El pecho, de pronto, se le apretó, sin saber por qué.
Con los ojos todavía fijos en la carretera, Alena esbozó una sonrisa tenue.
—Gracias, Rodrigo.
—No me agradezcas. Cualquier cosa, me llamas, ¿sí?
—De acuerdo.
—No le des demasiadas vueltas a esa noticia.
—Sí, lo entiendo.
—Cuídate, Lena.
Aquel apelativo cariñoso hizo que a Nathan el corazón se le detuviera un instante.
—Sí. Tú también, cuídate.
La llamada se cortó, sin que quedara claro quién de los dos colgó. Alena se tocó la nuca, que de repente había sentido fría. El ambiente dentro del auto se había vuelto de golpe pesado, opresivo. Pero, antes de que alcanzara a girar la cabeza, dio un respingo cuando Nathan arrojó el celular con violencia sobre el tablero.
A Alena se le abrieron los ojos de par en par al ver su teléfono, comprado apenas unos meses atrás, tirado allí, sin que ella se atreviera a rescatarlo. El pecho se le estremeció del susto al ver a su jefe pasar de golpe a semejante brusquedad.
Le echó un vistazo de reojo y lo vio mirando fijo hacia adelante, con el rostro plano, sin expresión, lo que le hizo sentir que algo no andaba bien.
—¿Tu novio? —preguntó Nathan de repente, con voz neutra.
Alena volvió la cabeza, el ceño fruncido. Pero enseguida cayó en la cuenta de a quién se refería.
—No —respondió.
—Ah. —Nathan se limitó a asentir apenas, sin mirarla. La voz ya no le sonaba fría.
Alena volvió a girar hacia él, con el ceño todavía arrugado. Pero el rostro de Nathan ya no estaba tan sombrío como antes. Y eso, por dentro, la dejó aún más desconcertada.
¿Será que el señor Nathan es bipolar?