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BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.

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Capítulo 4: Fuego en la penumbra

El bar del hotel boutique en el centro financiero no se parecía en nada a las tabernas ruidosas donde solían reunirse los universitarios. Era un espacio sumido en una penumbra elegante, con paneles de madera oscura, sillones de terciopelo azul y una música de jazz suave que flotaba como humo denso entre mesas apartadas.

Malena eligió el taburete más alejado de la barra. Había dejado la toga y el birrete en el guardarropa, y bajo su abrigo sobrio llevaba un vestido sencillo de cuello alto color marfil. Se sentía desfasada entre las mujeres con espaldas descubiertas y copas de champán, pero esa noche nada de eso importaba.

—Un martini seco —pidió al barman, sorprendiéndose de la firmeza en su propia voz.

El camarero enarcó una ceja con discreción al ver el rostro juvenil y los modales pulcros de la clienta, pero preparó la copa sin hacer preguntas.

Cuando el líquido transparente y helado quemó la garganta de Malena por primera vez, una tos seca amenazó con delatarla. Apretó los labios, contuvo el ardor y dejó que una corriente cálida y desconocida se extendiera por su pecho. En su mente resonaron una vez más, como un eco maldito, las risas de Miranda en aquella cama: «Tan chiquitina... tan ridículamente anticuada... tocarse la mano ya parecía un pecado para ella».

Malena tomó el vaso con ambas manos y le dio un segundo trago más largo.

Quería quemarlo todo. Quería calcinar a la muchacha sumisa que había esperado cuatro años por cartas que nunca llegaron, a la ingenua que bordaba suéteres en las madrugadas mientras su prometido se revolcaba con su mejor amiga.

Para cuando pidió la tercera copa, el mundo había adquirido una textura flotante, blanda y sin esquinas. El zumbido constante de la autocrítica en su cabeza por fin comenzaba a desvanecerse, sustituido por un mareo dulce y peligroso.

—Una señorita tan hermosa no debería beber sola en un rincón —dijo una voz arrastrada a su izquierda.

Un hombre de unos treinta años, con corbata desajustada y el hedor agrio del alcohol en el aliento, se apoyó sobre la barra, invadiendo su espacio con una sonrisa confiada. Estiró la mano con intención de tocar el hombro de Malena.

Antes de que sus dedos rozaran la tela del vestido, una mano grande, de nudillos firmes y venas marcadas, atrapó la muñeca del desconocido en el aire con la fuerza de una tenaza de acero.

—Da un paso atrás si aprecias conservar esa mano —advirtió una voz grave, baja y cargada de una violencia gélida que congeló el aire alrededor.

El hombre abrió los ojos con pánico al toparse con la estatura imponente de Nicolás Thorne y la promesa de muerte grabada en sus pupilas azules. Sin balbucear una disculpa, el sujeto soltó un quejido, se zafó del agarre y se perdió a toda prisa entre la multitud del salón.

Malena levantó la mirada despacio. El alcohol hacía que los contornos se difuminaran, pero la silueta de Nicolás era inconfundible. Se había quitado la chaqueta del traje; la camisa blanca, ajustada a su torso ancho, tenía los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos.

—Te dije que la noche podía ser traicionera —dijo Nicolás, ocupando el taburete vacío junto a ella. El barman, reconociéndolo de inmediato, se apresuró a colocar un vaso bajo con whisky frente a él sin que hiciera falta pedirlo.

Malena apoyó la barbilla en la palma de la mano, mirándolo con una mezcla de desafío e imprudencia que solo los tres martinis podían concederle.

—¿Me estabas siguiendo, señor Thorne?

—Estaba cuidándote, Malena —respondió él, fijando sus ojos en ella con una intensidad que parecía quemarle la piel—. Aunque dudo que tu hermano apruebe la forma en que su recién graduada de honor está celebrando su título.

El nombre de Lucas hizo que Malena soltara una risa amarga y cristalina.

—A mi hermano no le importa. A nadie le importa realmente. Todos creen que soy de cristal, Nicolás. Una monja de biblioteca que no sabe nada de la vida, una idiota a la que se puede engañar con palabras bonitas mientras los demás hacen lo que quieren a sus espaldas.

Nicolás frunció el ceño con una sombra de sospecha. Escuchó el dolor visceral que se filtraba bajo la ebriedad, la fractura oculta que ella se esforzaba por maquillar con orgullo. Extendió los dedos y, con una lentitud que le robó el aliento a Malena, apartó un mechón de cabello de su rostro ardiente.

—Quienquiera que haya sido tan ciego para hacerte creer eso es un completo imbécil —murmuró Nicolás, con una aspereza feroz en el tono—. Tú no eres de cristal, Malena. Eres un fuego que cualquiera de esos cobardes temería encender.

El contacto de la piel de Nicolás fue como un fósforo arrojado a un reguero de pólvora. Malena sintió un espasmo en el estómago, un vértigo que no tenía nada que ver con los martinis. Aquel hombre, el intocable socio y amigo de su hermano, la miraba como si estuviera dispuesto a quemar el mundo entero con tal de tenerla entre sus brazos.

—Demuéstralo —susurró ella, inclinándose apenas unos centímetros, desafiándolo con unos ojos húmedos de rabia y deseo.

La mandíbula de Nicolás se tensó de tal modo que un músculo palpitó bajo su piel. Tomó su copa de whisky de un solo trago, dejó varios billetes sobre la barra y se puso de pie, tomándola por el codo con una firmeza que no admitía discusión.

—Nos vamos de aquí. Ahora.

Salieron del salón en silencio. El aire acondicionado del ascensor privado que subía a los pisos ejecutivos del hotel refrescó la piel de Malena, pero el espacio reducido solo intensificó la carga eléctrica entre ambos. Nicolás estaba a apenas unos centímetros de distancia, respirando hondo, con las manos apretadas en los bolsillos como si estuviera librando una guerra despiadada contra sus propios instintos.

—¿A dónde me llevas? —preguntó ella, apoyando la espalda contra el espejo de la cabina, mareada y con el corazón martillándole el pecho.

Nicolás se giró hacia ella con lentitud felina.

—A mi suite. Para que tomes agua, te laves la cara y duermas. Antes de que hagas algo de lo que te arrepientas mañana.

—¿Y si no quiero arrepentirme? —insistió ella, con la voz temblorosa por una audacia que jamás creyó poseer—. Llevo toda mi vida haciendo lo correcto, siendo la niña perfecta, esperando a un hombre que me cambió por otra en su cama. Estoy harta de ser correcta, Nicolás. Harta.

Las puertas del ascensor se abrieron en el último piso con un timbre apagado.

Nicolás se quedó inmóvil por una fracción de segundo, procesando la confesión que se le acababa de escapar a ella entre dientes. La verdad cayó en su mente como una detonación: el retraso de Damián, su ausencia fingida por «enfermedad», la frialdad en la ceremonia... el bastardo la había traicionado.

La rabia pura amenazó con cegarlo, pero antes de que pudiera formular una palabra, Malena dio un paso hacia él en el vestíbulo privado de la suite y apoyó las dos manos en su pecho. El calor de sus palmas atravesó la tela de la camisa como una quemadura.

—Bésame —le pidió en un susurro entrecortado, con los labios entreabiertos y la respiración agitada—. O déjame volver al bar a buscar a alguien que sí se atreva.

Esa frase destruyó los seis años de autocontrol, honor y promesas que Nicolás había construido para mantenerse alejado de ella.

Con un gruñido sordo, la tomó por la cintura y la atrajo contra su cuerpo con una fuerza arrolladora, cerrando la puerta de la suite de una patada. En la penumbra de la sala de estar, frente a un ventanal inmenso que mostraba las luces lejanas de la ciudad nocturna, su boca capturó la de Malena en un beso salvaje, hambriento y posesivo.

No hubo torpeza ni contemplaciones. El beso de Nicolás no era el roce tímido que Malena había conocido en su adolescencia; era una marea incontenible, una tormenta de calor, sabor a malta y una lengua impaciente que reclamaba cada rincón de su boca como un territorio largamente codiciado.

Un gemido ahogado escapó de los labios de Malena mientras sus manos se enredaban en el cabello oscuro de él. El mundo se redujo a la fuerza de esos brazos que la levantaron sin esfuerzo, a la fricción de sus cuerpos y a la urgencia ciega que borraba de un solo plumazo cuatro años de soledad y desprecio.

En la habitación principal, donde solo entraba el resplandor plateado de la luna, Nicolás depositó a Malena sobre las sábanas de seda con una devoción casi reverencial, aunque sus manos ardían al despojarla del abrigo y del vestido.

—Mírame, Malena —le exigió con voz rota y áspera mientras se inclinaba sobre ella, sosteniendo su rostro entre sus manos grandes—. No soy un extraño en un bar. Mírame a los ojos.

Malena abrió los párpados con esfuerzo. En la penumbra azulada, esos ojos intensos, voraces y profundos la miraban como nadie la había mirado jamás: no como a una chiquilla frágil ni como a un trofeo fácil, sino como a la única mujer que existía sobre la tierra.

—Nicolás... —alcanzó a jadear ella, reconociéndolo en el fondo de su niebla mental, entregándose por completo a la fascinación que ese nombre despertaba en su piel.

Aquella noche no hubo promesas vacías junto a un mar distante. Hubo fuego, jadeos contenidos en la almohada y una entrega absoluta en la que Malena descubrió por primera vez el éxtasis del cuerpo humano, guiada por un hombre que volcó en cada caricia, en cada embestida y en cada suspiro los años de pasión que había callado por lealtad.

La niña sumisa y anticuada quedó reducida a cenizas sobre aquellas sábanas; en su lugar, consumida por el sudor y el placer, una nueva mujer acababa de nacer en la oscuridad.

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Cliente anónimo
Yo comparto tu opinión
Adriana Montoya Velez
ella estuvo sólito porque así lo quiso lo decidió y se lo escondió a el y toda la familia porque esa actitud tan infantil?
Adriana Montoya Velez
me cae nal por poco racional
Adriana Montoya Velez
para ser ran inteligente no le sirve oara quitarle lo inmadura y cobarde de salir corriendo a esconderse sin nisiquiera darle la cara a su familia
maylen urquiza
excelente gracias por compartir con tus lectores tus obras maravillosas
Maria Laura Perez: Gracias 😍
total 1 replies
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