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BIENVENIDOS A LOS JUEGOS DE LA CRIPTA

BIENVENIDOS A LOS JUEGOS DE LA CRIPTA

Status: Terminada
Genre:Demonios / Venganza / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:329
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

24 culpables. 12 juegos. Una sola salida.

La noche de Halloween, una reunión de padres e hijos del prestigioso Instituto Saint Charles se convierte en una pesadilla.

Veinticuatro personas son arrastradas a una dimensión gobernada por el misterioso Sistema de la Redención y la Justicia: seis alumnos, tres autoridades del instituto y quince padres y patrocinadores.

Todos están relacionados con un secreto que terminó en muerte.

Ahora deberán superar doce juegos. Quien falle, muere. Y después de cada prueba, el Sistema revelará una nueva pieza de la historia de la víctima que todos ayudaron a destruir.

Entre ellos está Lucas, el número 24, quien aparentemente no debería estar allí. Él solo entró para devolver un pendiente.

Pero nada ocurre por casualidad.

Porque en los Juegos de la Cripta, todos son culpables.
Y cuando llegue el último juego, descubrirán que la verdadera pregunta nunca fue quién sobrevivirá...
sino quién estuvo jugando desde el principio.

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EL CILINDRO DEL DESTINO Y EL JUICIO DE LOS REED

El aire dentro de la cámara octogonal se volvía tenso y viciado a medida que los dígitos rojos del cronómetro continuaban descendiéndome de manera implacable. El brillo metálico del revólver sobre la mesa de mármol negro parecía reflejar el rostro pálido y sudoroso de cada uno de los adultos presentes. El tic-tac del reloj resonaba en las paredes con la violencia de un martillazo.

03:45... 03:44...

—¡Avanza de una vez, Reed! —gritó el magnate Robert Thorne, empujando al Juez por la espalda con desesperación ahogada.— ¡Marcus ya confesó y abrió su urna! ¡Si no hablas ahora mismo, el gas tóxico nos va a asfixiar a todos por tu maldito orgullo!

El Juez Thomas Reed trastabilló hasta tocar el borde de la helada superficie de mármol. Sus manos temblaban de forma incontrolable. Frente a él, la luz del proyector proyectaba la resolución judicial con su propia firma: un fallo de desestimación que calificaba las severas lesiones sufridas por el hermano de Lucas como "un incidente menor entre estudiantes fuera del horario lectivo".

—Thomas, por favor... diles la verdad —sollozó la Sra. Eleanor Reed, aferrándose al saco de su esposo mientras las lágrimas le desfiguraban el maquillaje.— ¡Piensa en nuestro hijo! ¡Piensa en Mason! No podemos morir en este lugar...

Detrás de ellos, Mason apretaba los puños contra su pecho, paralizado de pavor y dejando brotar lágrimas sinceras que le corrían por las mejillas. Miraba a sus padres adoptivos con una desesperación absoluta, temblando visiblemente ante la aterradora perspectiva de ver a su propio padre sostener la pesada arma.

—¡Papá, no! ¡Por favor, no toques eso! —suplicó Mason con la voz rota por el llanto, intentando dar un paso hacia adelante antes de que Lucas lo sostuviera firmemente del brazo para evitar que se acercara a la zona de peligro.

—No te acerques, Mason... es demasiado peligroso —le susurró Lucas, con los ojos anegados en lágrimas y temblando por el terror colectivo.

El Juez Reed miró a su hijo con el rostro descompuesto por la vergüenza y el miedo mortal. Bajó los ojos hacia el proyectil que descansaba dentro del cilindro metálico y tragó saliva dificultosamente antes de hablar con voz áspera:

—Yo... yo emití la orden de restricción contra la madre del muchacho... —confesó el Juez, apoyando ambas palmas sobre la mesa para no caer de rodillas.— La junta de padres del colegio y el Senador Vance me presionaron. Me prometieron que mi reelección en el tribunal superior estaba garantizada si archivaba el caso antes de que llegara a la prensa nacional. Firmé la resolución sabiendo que el chico estaba hospitalizado con quemaduras y fracturas...

Un silencio sepulcral dominó la sala durante tres agónicos segundos. Todos los presentes contuvieron la respiración, esperando el clic del mecanismo automático.

Sin embargo, en lugar de abrirse la urna, las luces del recinto parpadearon en un chillón tono carmesí. Un pitido grave y estridente retumbó desde los altavoces instalados en el techo.

— Declaración incompleta y sesgada —sentenció la voz del Sistema con una frialdad matemática que congeló la sangre de los sobrevivientes.— Omitió mencionar la cuenta bancaria en el extranjero donde recibió doscientos cincuenta mil dólares para garantizar el archivo definitivo del expediente judicial. El Juez ha mentido para proteger su honra.

—¡No! ¡Fue una contribución política! ¡No fue un soborno directo! —aulló el Juez Thomas Reed, entrando en pánico total y retrocediendo aterrado.

— Las reglas de la Cripta no admiten eufemismos legales, Juez Reed —retumbó el Sistema.— Tome el arma, gire el cilindro y accione el gatillo sobre su sien.

—¡No! ¡No lo hagas, Thomas! —chilló la Sra. Eleanor Reed, arrojándose sobre su esposo para apartarlo de la mesa.

—¡Si no lo hace él, lo haremos nosotros! —bramó el Senador Vance, avanzando con los ojos desorbitados por el pánico a morir asfixiado por el gas tóxico.— ¡Coge el maldito arma, Reed! ¡No vas a matarnos a todos por tu cobardía!

Robert Thorne y el Senador Vance se abalanzaron sobre el Juez, sujetándolo brutalmente por los brazos mientras lo forzaban a agarrar la empuñadura de hierro del revólver.

—¡Suélteme! ¡Déjenme en paz! —suplicaba el Juez entre sofocos y sollozos descontrolados.

—¡Papá! ¡Déjenlo! ¡Por favor, déjenlo! —gritó Mason desesperado, intentando soltarse del agarre de Lucas mientras lloraba desconsoladamente al ver la violencia desatada entre los adultos.

Entre el forcejeo infame y los gritos desquiciados, el Senador Vance obligó a los dedos del Juez a cerrar el cilindro con un golpe seco. La ruleta giró con un chasquido metálico prolongado que erizó la piel de todos los jóvenes.

—¡Hazlo ya! —ordenó Thorne, presionando la cabeza del Juez hacia el cañón de acero.

El Juez Reed, acorralado y quebrantado por la inminencia del gas tóxico, apretó los ojos con fuerza y presionó el gatillo.

¡CLIC!

El martillo cayó sobre una recámara vacía. Un jadeo colectivo de alivio y horror resonó en la habitación. El Juez cayó de rodillas, hiperventilando y dejando caer el revólver al suelo de piedra.

— El azar le otorga una última oportunidad para decir la verdad completa, Juez Reed —anunció el Sistema sin piedad.— Confiese el destino final del expediente o el siguiente disparo no encontrará aire.

La Sra. Eleanor Reed, quebrantada por el pavor de ver a su esposo al borde de la ejecución, se arrodilló a su lado, tomando el arma entre sus propias manos temblorosas y mirando a la pantalla de proyección.

—¡Yo lo quemé! ¡Yo destruí las copias físicas del expediente que mi esposo guardaba en el despacho de la casa! —gritó la mujer entre alaridos desquiciados.— ¡Yo recibí el dinero de la Sra. Vance y compré el silencio de las secretarias del juzgado! ¡Fui yo! ¡Déjenos vivir!

Un chasquido metálico resonó en la mesa. La pequeña urna de cristal correspondiente al matrimonio Reed se abrió de par en par, dejando caer la llave dorada sobre el mármol.

— Confesión validada —sentenció el Sistema con indiferencia.— La verdad ha quedado expuesta.

El Juez y su esposa colapsaron sobre el suelo, abrazados y sollozando en un mar de humillación y espanto. Mason corrió hacia ellos con el rostro cubierto de lágrimas, arrodillándose a su lado para consolarlos y mostrándose visiblemente afectado por el devastador espectáculo.

El contador en la pared marcaba 01:12. Las rejas del fondo se levantaron por completo con un estruendo metálico, revelando un oscuro pasillo que descendía hacia la siguiente prueba.

—Sobreviven dieciocho... —murmuró Lucas con la voz temblorosa, mirando aterrado los rostros desencajados de los adultos que habían mostrado su verdadera y vil naturaleza.

Sin articular palabra, el golpeado grupo de sobrevivientes comenzó a recoger las llaves para internarse en la penumbra de la Cripta, sabiendo que las máscaras sociales de la élite se habían destruido para siempre.

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