Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 18 - Los cuatro gatitos
Los gatitos no dormían de noche. Lloraban cada dos horas y había que darles leche con la jeringa. Mi madre me dijo que me turnara con ella, pero no quise porque ella tenía que levantarse temprano para tejer. Me llevé la caja con los cuatro gatitos a mi pieza y la puse al lado de mi cama, cerca de la estufa chica que tengo ahí.
La primera noche no dormí nada. A las doce les di leche, a las dos otra vez, a las cuatro otra vez. Tenía las manos con olor a leche y a manta mojada. Tizón se subió a mi cama y los miró desde arriba, con la cola moviéndose despacio. En mi cabeza escuché a los gatitos, muy bajito, frío, hambre, mamá. Les dije que su mamá no estaba pero que yo estaba. Uno de ellos, el más chico, no quería tomar. Lo puse contra mi pecho para darle calor y después de un rato tomó dos gotas y se volvió a dormir.
En la mañana fui a la capital con sueño y con la campera con olor a leche. En la escuela, la profesora Vidal nos enseñó cómo se cuidan los recién nacidos sin madre. Nos dijo que hay que darles leche especial cada dos horas, que hay que limpiarlos con un algodón húmedo para que hagan caca y que hay que mantenerlos calientes todo el tiempo. Me dijo que si no hacen eso, se mueren rápido. Le conté que tenía cuatro en mi refugio y me dio una bolsa con leche especial en polvo y con cuatro mamaderas chicas que tenían en la escuela para estos casos. Me dijo que se las devolviera cuando no las necesitara más.
Volví al pueblo al mediodía con la bolsa y con más sueño todavía. En el refugio, Leo había cuidado a los gatitos en la mañana. Me dijo que el más chico seguía sin tomar bien y que estaba más frío que los otros. Lo agarré y le puse el termómetro chico que me dio la profesora. Tenía treinta y seis, que es bajo para un gatito. Lo envolví en una manta caliente y le di leche especial con la mamadera nueva. Tomó un poco más que en la noche, pero después se quedó quieto y respiraba rápido.
Le mandé un mensaje a Silas y vino a la tarde. Lo miró y me dijo que a veces los gatitos que nacen muy chicos no se salvan, aunque les des todo. Me dijo que no era mi culpa y que su padre también perdió muchos así. Me dijo que lo dejara al lado de la estufa y que lo mirara cada media hora. Lo dejé en la caja con los otros tres, pero separado un poco para que no lo aplastaran.
A las cinco vino Clara con la colecta de mantas que hizo en la escuela. Trajo cinco mantas limpias y una bolsa con comida para gatos. Me dijo que sus compañeros juntaron plata para comprarlas. Las pusimos en el refugio y en las cajas de los perros callejeros que ya estaban rotas por la lluvia. Me ayudó a darles leche a los gatitos y a limpiarlos con algodón. Los tres más grandes ya tomaban bien y se movían más. El chico seguía quieto.
A las siete de la noche, el gatito chico se murió. No lloró, solo dejó de respirar. Lo tenía en las manos cuando pasó. En mi cabeza, de repente, no escuché nada de él. Antes escuchaba frío, ahora no escuchaba nada. Me quedé con él en las manos un rato largo. Clara me puso la mano en el hombro y no dijo nada. Leo tampoco dijo nada. Tizón se bajó de la mesa y se acostó al lado de la caja, como cuando murió el zorro que no se salvó en el invierno pasado.
Lo enterramos en el patio de atrás del refugio, abajo del árbol chico que plantó Marta. Mi madre vino y me ayudó a hacer un agujero en la tierra que estaba dura por el frío. Pusimos al gatito ahí y lo tapamos con tierra y con una piedra chica arriba. Mi madre me dijo que algunos se van rápido y que no se puede hacer nada más que cuidarlos mientras están.
Esa noche los tres gatitos que quedaron lloraron menos. Tomaron leche bien y se quedaron dormidos juntos, uno arriba del otro, al lado de la estufa. Les puse una de las mantas nuevas de Clara y se acurrucaron ahí. Tizón se acostó al lado de la caja y no se movió en toda la noche.
Al otro día fui a la capital y le conté a la profesora Vidal lo del gatito. Me dijo que lo había hecho bien y que tres de cuatro es mucho para gatitos sin madre en invierno. Me dijo que en la escuela, con todas las máquinas que tienen, a veces se salvan dos de cuatro. Me dio otra bolsa de leche para los que quedaban.
Cuando volví al pueblo, don Ernesto me esperaba en el refugio con un papel. Me dijo que el municipio iba a darme el local de al lado, que estaba vacío, para que tuviera más lugar para los animales. Me dijo que no tenía que pagar alquiler por seis meses y que después veíamos. Me dijo que lo hacía porque la gente del pueblo había pedido que el refugio fuera más grande. Le dije gracias y le mostré los tres gatitos que ya tenían los ojos un poco más abiertos.
En la tarde, Kian pasó por el refugio y me trajo una caja con arena para gatos que le regaló su madre. Me dijo que la arena era para que los gatitos aprendieran a hacer caca ahí cuando fueran más grandes. Le mostré el lugar donde enterramos al chico y me dijo que lo sentía. Me dijo que cuando él perdió un torneo, su padre le dijo que perder es parte de jugar, y que salvar animales también tiene eso.
En la noche escribí en mi cuaderno, día ochenta y cinco, se murió el gatito más chico, quedan tres que toman bien, Clara trajo cinco mantas, don Ernesto me dio el local de al lado sin alquiler, Kian trajo arena para gatos. Abajo escribí, antes quería que todos me quisieran. Ahora sé que no puedo salvar a todos, pero puedo cuidar a los que se quedan y enterrarlos con respeto a los que se van.
Apagué la luz del refugio nuevo que todavía estaba vacío y salí con Tizón en mi bufanda. Bruno me esperaba en la puerta y me siguió hasta la esquina. Afuera hacía frío, pero las cajas de los perros callejeros seguían ocupadas y con luz amarilla del cartel que ahora alumbraba dos locales. Caminé a casa con las manos todavía con olor a leche especial y con la piedra chica del gatito en el bolsillo.