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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:317
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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6

El nombre debajo de la lengua

El sabor no desapareció con el alba. Fray Tomás se despertó sentado contra la pared, con la vela consumida y las manos aún manchadas. Al levantarlas a la luz gris de la mañana vio que la raíz negra había avanzado hasta la base del dedo índice y empezaba a extenderse hacia la palma. Cuando cerró el puño sintió un calor leve, constante, como si debajo de la piel hubiera una brasa del tamaño de un grano de trigo.

Se levantó con dificultad. Las rodillas le crujieron. Fue hasta el jarro de agua que había en un rincón y bebió a tragos largos. El agua tenía gusto a ceniza. La escupió. El líquido oscuro salpicó el suelo y formó un círculo pequeño e imperfecto que se negó a absorberse del todo.

El Hermano Mateo no apareció en la sala de interrogatorios. Fray Tomás lo buscó en la iglesia. Lo encontró arrodillado frente al altar, con la frente apoyada en las manos y el cuerpo sacudido por temblores. Al acercarse oyó que el novicio murmuraba sin parar el mismo nombre que había pronunciado la noche anterior. Un nombre largo, roto, que no pertenecía a ninguna lengua que Fray Tomás hubiera estudiado en el convento.

—Mateo.

El joven no respondió. Fray Tomás le puso una mano en el hombro. La tela del hábito estaba caliente. Mateo levantó la cara. Los ojos estaban inyectados de sangre y la boca llena de polvo negro que le goteaba por la barbilla.

—Ya no es mío

dijo con voz pastosa.

—El nombre está debajo. Late. Cuando trago lo siento moverse.

Fray Tomás lo obligó a abrir la boca. La elevación en el centro de la lengua había crecido. Ahora era del tamaño de una uva pequeña, dura y de color gris oscuro. Al tocarla con el dedo el novicio soltó un quejido y una nueva nube de ceniza se elevó desde su garganta.

—Vais a quedaros en la sacristía

ordenó el dominico.

—No saldréis. No hablaréis con nadie. Si el nombre vuelve a salir de vuestra boca os taparéis con las manos hasta que se detenga.

Mateo asintió débilmente. Fray Tomás lo dejó allí y salió a la plaza. El pueblo había cambiado. Ya no había solo grupos murmurando. Había gente sentada en el suelo, contra las paredes, con la cabeza entre las rodillas. Varios tosían. Una mujer mayor escupió un hilillo negro y se santiguó con mano temblorosa. Al ver al dominico algunos apartaron la vista. Otros lo miraron con una expresión que ya no era solo miedo: era resentimiento.

Don Rodrigo apareció desde la calle que bajaba al arroyo. Caminaba con más dificultad. La mano derecha la llevaba escondida bajo la casaca. Al llegar frente a Fray Tomás descubrió la palma. La quemadura circular se había extendido hasta los nudillos. El centro estaba negro y agrietado. De las grietas salía un polvo fino que se llevaba el viento.

—Ya no puedo cerrar la mano

dijo el caballero.

—Y el nombre… anoche lo soñé escrito en la pared del pozo. Con la misma letra que usaba mi esposa cuando aún vivía. Me llamaba para que bajara. Decía que el círculo me estaba esperando desde que nací.

Fray Tomás no contestó. Siguió caminando hacia la casa donde tenían encerrada a la Vieja. Los dos guardias estaban sentados en el umbral, con la cara pálida. Uno de ellos tenía una mancha oscura en el borde de la boca.

—Abrid.

La Vieja estaba sentada en el mismo rincón de siempre. Al entrar Fray Tomás notó que el calor de la habitación era mayor que el del exterior. La mujer levantó la cabeza con lentitud.

—Ya lo tenéis debajo de la lengua

dijo sin que él hablara.

—Se os nota en la forma de tragar. El círculo os ha probado. Ahora sabrá vuestro nombre completo.

—Callad.

—No puedo callar lo que la tierra dice. Vos llegasteis con la intención de cerrar algo que no se cierra con actas ni con fuego. Solo se alimenta. Cada vez que quemáis, cada vez que abrís una fosa, cada vez que repetís los nombres en voz alta, el círculo engorda.

Fray Tomás dio un paso adelante. La mancha de su mano hormigueaba con más fuerza.

—Decidme cómo se detiene.

La Vieja soltó una risa seca, sin dientes.

—No se detiene. Solo se traslada. Cuando este valle se haya convertido entero en ceniza, el círculo buscará otro sitio. Otro pueblo. Otra boca que empiece a toser. Vos mismo lo llevaréis si salís de aquí con él dentro.

Fray Tomás salió sin responder. Mandó a los guardias que no dejaran entrar ni salir a nadie. Después regresó a la sala de interrogatorios y se sentó frente al cuaderno de actas. Intentó escribir lo ocurrido desde su llegada. Las palabras salían torpes. Cada cierto tiempo tenía que detenerse para tragar el sabor metálico que le subía desde la garganta.

Al mediodía Isabel de la Vega se presentó sin que la llamaran. Entró y se quedó de pie frente a la mesa. Tenía las manos manchadas de tierra negra.

—He estado en el arroyo

dijo.

—Sé que me lo prohibisteis. Pero oía la tos. Fui. No había nadie. Solo el agua más baja de lo normal y un círculo de ceniza en el barro, justo donde debíamos haber enterrado a mi hija. Dentro del círculo había una huella nueva. Más grande. Como de adulto.

Fray Tomás cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, Isabel seguía allí, esperando.

—No volváis. Si la oís otra vez, tapaos los oídos. No respondáis. No digáis su nombre.

—Ya no sé si el nombre es de ella o del círculo respondió Isabel.

—A veces creo que mi hija solo fue la primera boca que encontró.

Se fue. Fray Tomás se quedó mirando la puerta cerrada. El hormigueo de la mano había subido hasta la muñeca. Cuando se arremangó el hábito vio una fina línea negra que avanzaba bajo la piel, como una vena oscura.

Esa tarde el viento cesó por completo. El valle quedó en un silencio absoluto. Ni pájaros. Ni el ruido del agua del arroyo. Solo el sonido ocasional de alguien tosiendo detrás de una puerta.

Al anochecer Fray Tomás fue a la iglesia a comprobar el estado de Mateo. El novicio seguía arrodillado, pero ahora tenía la frente apoyada en el suelo. Murmuraba el nombre sin parar. Cuando el dominico lo obligó a callar, Mateo levantó la cara y sonrió con la boca llena de ceniza.

—Ya no soy solo yo

dijo.

—Hay más nombres debajo. Los siento apilarse. Pronto no quedará sitio.

Fray Tomás lo agarró por los hombros y lo sacudió. El joven se dejó hacer, inerte. Entonces, sin que nadie lo tocara, la pila del agua bendita se volcó. El agua se derramó por el suelo de piedra y, en lugar de dispersarse, formó un círculo perfecto. En el centro del círculo el agua se oscureció hasta volverse negra.

Fray Tomás retrocedió. El sabor en su propia boca se intensificó de golpe. Tragó y sintió el grano duro debajo de la lengua moverse por primera vez, como si hubiera despertado.

Salió de la iglesia casi corriendo. En la plaza el brasero donde habían quemado los objetos de la niña seguía humeando, aunque nadie le había puesto más leña. El humo subía recto, sin dispersarse, y en medio del humo Fray Tomás creyó ver formas: bocas abiertas, manos sin dedos, pies que no tocaban el suelo.

Se tapó los ojos con la mano manchada. Cuando los descubrió el humo era solo humo. Pero el grano debajo de la lengua seguía latiendo, lento y constante, al mismo ritmo que el calor que subía por su brazo.

Esa noche, por primera vez, Fray Tomás de Ávila soñó con el círculo. No era un sueño de imágenes claras. Era la sensación de estar de pie en el centro de algo que se cerraba alrededor de su nombre. Y en el borde del círculo, una voz infantil tosiendo, llamándolo con la misma voz que había usado para llamar a su madre.

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GENESIS YEPES
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