Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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El grano empieza a desaparecer
Lin Chen regresó a Qinghe al amanecer.
No llevaba mercancía.
Solo una pequeña mochila con herramientas, documentos y algunas notas sobre almacenamiento de granos.
La puerta se cerró detrás de él.
Durante varios minutos permaneció quieto entre los árboles.
Escuchó.
Nada.
Desde que Zhao había intentado descubrir su ruta, aquello se había convertido en costumbre.
Primero observar.
Después moverse.
Nunca confiarse.
La caminata hasta Qinghe transcurrió sin incidentes.
Pero apenas llegó al Pabellón de las Mil Maravillas comprendió que algo había cambiado.
Su Wan'er estaba esperando.
No detrás del mostrador.
En la puerta.
Eso nunca era buena señal.
—Volviste.
—Eso parece.
—Tenemos un problema.
Lin Chen dejó escapar un suspiro.
—También parece costumbre.
Ella no sonrió.
—El grano subió otra vez.
Entraron.
Sobre la mesa había varias hojas.
Precios.
Fechas.
Proveedores.
Cantidades.
Su Wan'er señaló una columna.
—Hace siete días pagábamos esto.
Luego otra.
—Ahora esto.
Lin Chen frunció el ceño.
El aumento ya no era pequeño.
—¿Por qué?
—No es solo la cosecha.
—¿Qué pasó con la caravana del oeste?
—Compraron casi toda antes de entrar a Qinghe.
—¿Quién?
—Todavía no sabemos.
Lin Chen tomó asiento.
—¿Zhao?
—Puede ser.
—¿Puede?
—No tengo prueba.
Buena respuesta.
No podían empezar a culpar a Zhao por cada problema.
—¿Cuántos almacenes tienen grano?
—Muchos.
—¿Cuántos venden?
—Cada vez menos.
Lin Chen miró las cifras.
Aquello sí era peligroso.
Si los comerciantes retenían grano esperando precios más altos, el mercado podía secarse aunque todavía existieran reservas.
—¿Y el magistrado?
—Ya está preguntando.
—¿Control de precios?
Su Wan'er negó.
—Todavía no.
Lin Chen apoyó las manos sobre la mesa.
Otra vez aquella palabra.
Todavía.
Pasó el resto de la mañana recorriendo mercados.
No compró.
Solo observó.
Había menos sacos expuestos.
Más gente preguntando.
Más discusiones.
Los comerciantes seguían vendiendo, pero en cantidades menores.
Uno decía que esperaba nueva carga.
Otro culpaba a los caminos.
Otro al clima.
Nadie admitía estar reteniendo mercancía.
Han De fue más directo.
—Están esperando.
—¿Qué?
—Precios más altos.
Lin Chen lo miró.
—¿Todos?
—No.
—¿Quiénes?
Han De sonrió sin humor.
—Si lo supiera, estaría comprándoles yo.
Lin Chen bajó la voz.
—¿Qué tan grave es?
—Todavía no es hambre.
—Eso ya lo sé.
—Entonces deja de mirar como si la ciudad fuera a morir mañana.
—Estoy intentando evitar que pase.
Han De se quedó callado.
Después preguntó:
—¿Por qué?
Lin Chen levantó la mirada.
—¿Qué?
—Podrías ganar mucho dinero.
No respondió.
—Compra ahora —continuó Han De—. Espera. Vende cuando todos estén desesperados.
Era exactamente lo que muchos harían.
Exactamente lo que Lin Chen podía hacer.
Tenía acceso a un mundo con cantidades enormes de alimentos.
Podía incluso beneficiarse dos veces.
Comprar aquí barato.
Esperar.
Después traer grano moderno y vender cuando el precio alcanzara el máximo.
Sería una fortuna.
También sería repugnante.
—No.
Han De arqueó una ceja.
—¿No?
—Quiero ganar dinero, no provocar hambre.
El comerciante soltó una risa.
—Eso suena caro.
—Probablemente.
Lin Chen visitó los dos pequeños depósitos donde guardaba reserva propia.
No eran grandes.
Eso le tranquilizó.
Tenía suficiente para sus empleados, la posada y los talleres durante un periodo razonable.
No suficiente para especular.
Bien.
No quería convertirse sin darse cuenta en parte del problema.
Después habló con Wu San.
—Necesito información de las carreteras.
—¿Qué clase?
—Qué caravanas entran. De dónde vienen. Qué cargan.
Wu San frunció el ceño.
—Eso es mucho trabajo.
—Te pagaré.
—Entonces es poco trabajo.
Lin Chen sonrió.
—También necesito saber si las caravanas están siendo detenidas o simplemente compradas antes de llegar.
—Eso sí puede saberse.
—¿Cómo?
—Los conductores hablan demasiado.
Perfecto.
Por la tarde, Shen Rui apareció en el Pabellón.
No compró nada.
Lin Chen lo vio entrar y suspiró.
—Empiezo a pensar que le gusta esta tienda.
—No.
—Qué decepción.
Shen Rui dejó un documento sobre la mesa.
—El magistrado quiere información.
—¿Sobre?
—Tus proveedores de grano.
Lin Chen frunció el ceño.
—No tengo grandes proveedores.
—Eso dijiste.
—Porque es verdad.
Shen Rui lo estudió.
—El magistrado piensa que tu Cámara podría traer alimento de fuera.
Ahí estaba.
Lin Chen había sabido que aquella conversación regresaría.
—Podría.
—¿Cuánto?
No respondió inmediatamente.
Podía decir cien sacos.
Mil.
Diez mil.
No.
No debía prometer lo que todavía no podía explicar.
—Primero necesito saber qué cantidad falta realmente.
Shen Rui pareció sorprendido.
—¿No quieres vender?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué te importa?
—Porque si traigo demasiado, destruyo precios. Si traigo poco, no sirve. Si traigo en el momento equivocado, solo alimento especulación.
Shen Rui lo miró de otra forma.
—Has pensado en ello.
—Tengo internet.
La frase casi escapó.
Lin Chen la detuvo a tiempo.
—Tengo... experiencia comercial.
Shen Rui no pareció notar la pausa.
—El magistrado quiere un informe en tres días.
—No trabajo para el magistrado.
—Puedes decirle eso tú mismo.
Lin Chen suspiró.
—Tres días.
Aquella noche, Lin Chen reunió a Su Wan'er, Han De y Wu San.
No era un consejo poderoso.
Era lo que tenía.
Colocó un mapa sencillo de Qinghe y sus alrededores.
—Quiero saber tres cosas.
Señaló.
—Cuánto grano entra.
Otra marca.
—Cuánto se vende.
Y una tercera.
—Cuánto se está almacenando.
Han De soltó una risa.
—Eso es información que casas comerciales grandes pagan por conseguir.
—Entonces probablemente la necesitamos.
Su Wan'er preguntó:
—¿Y después?
Lin Chen miró el mapa.
—Decidimos si compramos.
—¿Aquí?
—Primero aquí.
Han De frunció el ceño.
—¿Y tu Cámara?
—Solo si es necesario.
Esa respuesta era importante.
El presente debía ser una ventaja.
No una solución automática.
Durante dos días recopilaron información.
Imperfecta.
Incompleta.
Pero suficiente.
La conclusión era preocupante.
La oferta había bajado.
Pero no tanto como los precios.
Eso significaba que había especulación.
Lin Chen señaló las cifras.
—Alguien está reteniendo.
Han De asintió.
—Muchos.
—¿Cuánto puede durar?
—Mientras crean que el precio seguirá subiendo.
Su Wan'er añadió:
—O hasta que el gobierno intervenga.
Lin Chen pensó.
Intervención.
Confiscaciones.
Controles.
Castigos.
Todo eso podía generar aún más caos.
Necesitaban una alternativa.
—¿Cuánto grano podríamos comprar localmente sin mover demasiado el mercado?
Han De hizo cálculos.
—No mucho.
—¿Suficiente para cuánto?
—Quizá unos cientos de personas durante un tiempo.
Lin Chen negó.
Demasiado poco.
Su Wan'er lo observó.
—Estás pensando en esa Cámara tuya.
—Sí.
—¿Puedes traer grano?
Silencio.
Era la primera vez que la pregunta se acercaba tanto a la verdad.
Lin Chen respondió:
—Quizá.
—¿Cuánto?
—No lo sé todavía.
Eso sí era completamente cierto.
No sabía cuánto podía transportar realmente.
Nunca había probado los límites de la puerta a gran escala.
Y ahora tenía un motivo para hacerlo.
No para hacerse rico.
Para saber qué era posible.
Esa noche regresó al bosque.
Pero antes de abrir la puerta hizo algo que nunca había hecho.
Pesó su carga.
Cincuenta kilogramos.
Atravesó.
Regresó.
Cien.
Funcionó.
Ciento cincuenta.
También.
Doscientos.
La sensación cambió.
La puerta vibró.
Lin Chen se detuvo.
Interesante.
No parecía un límite absoluto.
Pero sí había una reacción.
No continuó.
No era momento de arriesgar.
Necesitaba entender.
En su apartamento moderno, abrió una hoja nueva.
Escribió:
Prueba de transporte.
50 kg: normal.
100 kg: normal.
150 kg: normal.
200 kg: reacción.
No sabía si podía mover una tonelada.
No sabía si el portal se cerraría.
No sabía si la carga podía quedar atrapada.
Así que el problema de Qinghe acababa de crear otro.
Necesitaba logística moderna.
Pero antes de comprar siquiera un solo saco de arroz, necesitaba saber cuánto podía atravesar sin destruir aquello que le daba ventaja.
Lin Chen miró la puerta.
Por primera vez, el portal dejó de parecer ilimitado.
Y eso era importante.
Porque si Qinghe realmente enfrentaba una crisis...
la capacidad de la puerta podía convertirse en la diferencia entre ayudar a cientos de personas...
o no poder hacer prácticamente nada.