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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ruleta rusa

El sol del domingo entró por la ventana de mi habitación con una luz demasiado brillante y perezosa para el estado exacto en el que se encontraba mi cerebro. Tenía cada músculo del cuerpo adolorido, la mente nublada y esa persistente sensación de haber cruzado una línea de la que ya no había mapas de regreso.

A las dos de la tarde, la casa ya olía a la comida familiar de fin de semana. El bullicio de mis tíos, las risas en la sala y el ruido de los cubiertos contra la vajilla de porcelana me hicieron suspirar antes de pararme de la cama. Me tomé mi tiempo frente al espejo, cubriendo con algo de corrector las marcas discretas que me habían quedado en el cuello y peinando mi cabello con cuidado para proyectar una imagen de absoluta normalidad.

Nadie sabe nada. Respira y actúa normal, me repetí como un mantra.

Cuando bajé a la planta baja, el comedor ya estaba lleno. Las conversaciones cruzadas flotaban en el aire. Y allí estaba él, sentado al otro extremo de la mesa larga, con una camisa blanca de mangas largas impecable, conversando con total naturalidad con mis tíos como si la madrugada anterior no hubiera existido y formado un incendio forestal entre nosotros.

Sentí un vuelco en el estómago cuando, al tomar asiento frente a un plato vacío, alcé la vista y me topé con sus ojos oscuros. Liam me miró durante apenas un segundo, con esa calma calculada y una sutil, casi imperceptible, curva de suficiencia en los labios antes de volver la atención a su plato.

-¡Hasta que apareces, Zoé! Pensé que te ibas a quedar dormida todo el día -bromeó mi madre desde la cocina, saliendo con una bandeja humeante.

-Tuve una noche larga, mamá... ya sabes, la universidad y eso -mentí con una soltura que me asustó incluso a mí, aunque sentí la mirada pesada de Liam clavada en mi perfil, burlándose de mi excusa.

El almuerzo transcurrió entre el tintineo de los cubiertos y comentarios triviales sobre el vecindario. Pero la verdadera acción ocurría por debajo de la mesa, en ese espacio invisible donde las reglas de la decencia familiar se desmoronaban.

En un descuido general, cuando mi madre se giró hacia la cocina y mi tío hablaba animadamente con mi padre sentado a su lado, sentí un roce frío y pesado contra mi tobillo. La bota de Liam se deslizó con lentitud por la pata de la mesa hasta engancharse en mi pie, subiendo despacio por mi pantorrilla con una precisión descarada.

Contuve la respiración de golpe, soltando un pequeño sobresalto que disimulé tosiendo un poco y tomando un sorbo de agua con la mano temblorosa.

La presión de su pie aumentó, firme y posesiva, recorriendo mi pierna hacia arriba bajo la tela de mi falda, desafiándome a mantener la compostura a menos de medio metro de mi familia. Alcé la vista de golpe, fulminándolo con los ojos, lista para matarlo con la mirada.

Liam me devolvió el gesto con una tranquilidad pasmosa, cortando un trozo de carne con total calma, pero manteniendo su pie anclado en mi muslo, recordándome exactamente a quién le pertenecía cada segundo de mi atención.

El corazón me latía en la garganta, retumbando en mis oídos con la fuerza de un tambor de guerra. Tenía la copa de cristal apretada entre los dedos con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos; bastaba un segundo de debilidad, un solo gemido mal calculado, para que toda nuestra farsa se viniera abajo frente a todos.

Pero esa era precisamente la maldita droga: el peligro absoluto.

Dejé la copa sobre la mesa con más brusquedad de la pretendida, haciendo que el líquido temblara. Me negué a darle el gusto de verme intimidada bajo la mesa. Así que, con una lentitud deliberada, fingí acomodarme en la silla, dejé caer mi servilleta al suelo a propósito y aproveché el movimiento para inclinarme hacia abajo.

Al descender, mi mano se deslizó por debajo del mantel, buscando a tientas. Mis dedos rozaron la tela de su pantalón antes de encontrar su rodilla, subiendo con osadía hasta atraparlo con firmeza por encima de la tela, devolviéndole el juego con creces.

El pie de Liam se congeló al instante sobre mi muslo. Su respiración se cortó de golpe, y el tenedor que sostenía emitió un chirrido agudo al chocar contra el plato cuando su mano se tensó por el reflejo.

Me incorporé despacio, con una sonrisa cínica e inocente pintada en los labios, y lo miré fijamente a los ojos por encima del centro de mesa.

-¿Todo bien, Liam? Te has quedado callado -solté con una dulzura exagerada, cruzándome de brazos mientras mi mano seguía apretándolo con fuerza bajo la mesa, torturándolo a pocos centímetros de nuestros familiares.

La mirada oscura de Liam se volvió un abismo de pura advertencia y deseo desatado. Su mandíbula se marcó con tanta fuerza que creí que se le romperían los dientes, y un músculo le saltó en la sien. Había caído en su propia trampa, y ahora estaba pagando el precio de intentar provocarme.

-Perfecto, Zoé. Solo... disfrutando del almuerzo -respondió con la voz peligrosamente ronca, apenas un par de tonos por encima de un susurro, mientras su mano apretaba la mía bajo la mesa para detenerme, o tal vez para empujarme a ir más lejos.

-Pues asegúrate de disfrutarlo bien, porque los domingos suelen ser muy aburridos... a menos que sepas buscarte una buena distracción -le devolví el susurro, apartando mi mano con lentitud y volviendo a comer como si nada pasara, dejándolo ardiendo en fuego vivo.

Mi padre carraspeó desde la cabecera de la mesa, ajeno por completo al campo de minas emocional que acabábamos de detonar, y continuó con alguna de sus aburridas anécdotas de trabajo. Pero la atmósfera ya no era la misma. El aire en el comedor se había vuelto irrespirable, cargado de una electricidad latente que nos envolvía a los dos.

La tensión bajo la mesa se había vuelto una cuerda a punto de romperse. Aproveché que todos estaban distraídos en una discusión animada sobre política local entre mi tío y mi padre, y decidí que una simple caricia ya no era suficiente castigo por haberme querido retar.

Aprovechando la distracción de todos me deslizé hacia abajo, ocultándome por completo tras el grueso mantel de lino. A esa altura, el mundo exterior de la mesa familiar desapareció; solo existíamos nosotros y el calor denso que irradiaba su cuerpo. Mis manos se apoyaron en sus muslos mientras me acercaba peligrosamente a su centro, sintiendo la dureza de su erección marcándose con urgencia a través de la tela oscura del pantalón.

Liam contuvo la respiración de golpe. Sentí cómo sus manos se aferraban con fuerza desesperada a los bordes de la silla, apretando la madera hasta blanquear los nudillos.

Incliné un poco más la cabeza, rozando la tela con los labios de manera deliberada, antes de abrir ligeramente la boca y propinarle una leve, precisa y eléctrica mordida justo en la punta de su miembro comprimido.

Un gemido ahogado, agudo y sumamente ronco se le escapó de la garganta antes de que pudiera reprimirlo. Sus caderas se arquearon hacia adelante por puro reflejo involuntario, buscando el contacto, mientras todo su cuerpo se tensaba como una cuerda de acero.

-Mierda, Zoé... -masculló en un susurro apenas audible, ahogado por el ruido de la conversación familiar, mientras un escalofrío visible le recorría los hombros.

Me incorporé con total calma, acomodando mi servilleta sobre las piernas y volviendo a erguir la postura en mi asiento con una sonrisa angelical e inocente pintada en el rostro.

Alcé la vista hacia él. Liam estaba pálido, con los ojos oscuros completamente dilatados por el shock y el placer, tragando grueso mientras intentaba desesperadamente recuperar el aliento. Un segundo después, carraspeó con fuerza, se ajustó el cuello de la camisa y forzó una sonrisa rígida ante mi madre, que acababa de girarse para preguntarle si quería más postre.

Disimular el temblor de su cuerpo y la tormenta que acababa de desatarle bajo la mesa se convirtió en su castigo más dulce.

El almuerzo avanzaba hacia su recta final entre risas y tazas de café humeantes, pero la atmósfera para nosotros seguía siendo un campo de minas a punto de estallar. Justo cuando intentaba recuperar la compostura, la voz de mi madre rompió el momento.

-Zoé, mi amor, hazme un favor -pidió mamá, levantándose con la bandeja vacía-. El pastel de chocolate está en la nevera del fondo. ¿Podrías ir a buscarlo a la cocina? Y de paso, Liam, ayúdala con las bandejas grandes, que tú eres alto y alcanzas los estantes de arriba.

Me puse de pie con total naturalidad, ladeando la cabeza con una sonrisa inocente y mirando directamente al otro extremo de la mesa.

-Claro que sí, mamá. ¿Vienes, Liam? -dije, enfatizando la invitación con una burla apenas disimulada.

El rostro de Liam se contrajo en una fracción de segundo. Sabía perfectamente lo que significaba ponerse de pie en ese estado: con la erección brutal que le acababa de provocar bajo la mesa, estirando la tela del pantalón de forma escandalosa, levantarse frente a todos nuestros padres y tíos era una sentencia de muerte social.

Me miró con una mezcla letal de advertencia y pura furia contenida, gritándome en silencio: Estás jugando con fuego, Zoé.

Pero Liam Black no era de los que se dejaban arrinconar tan fácil. Con una frialdad y un autocontrol que rayaban en lo inhumano, se mantuvo sentado un segundo más, cruzó las piernas con absoluta calma para disimular el volumen de su entrepierna y apoyó las manos sobre la mesa antes de levantarse con una elegancia milimétrica, usando el respaldo de la silla para bloquear cualquier ángulo de visión frontal.

-Por supuesto, señora Miller. Con gusto ayudo a Zoé -respondió con su voz más formal y educada, logrando que nadie en la mesa notara la tensión que lo estaba devorando por dentro.

En cuanto pasé junto a su silla para encaminarnos a la cocina, su mano grande salió disparada como un rayo, atrapando mi muñeca con una fuerza feroz y tirando de mí hacia la oscuridad del pasillo antes de que pudiera dar otro paso.

La puerta de la cocina se cerró a nuestras espaldas, amortiguando de golpe el murmullo de las risas y las charlas de la sobremesa familiar. Apenas cruzamos el umbral, la fachada de caballero educado e intachable que Liam había mantenido frente a mis padres se desintegró por completo.

Me empujó con suavidad pero con una firmeza implacable contra la pared fría del pasillo despoblado, encogiéndose ligeramente para atraparme entre sus brazos. El cuerpo le seguía temblando por el esfuerzo titánico de haber tenido que disimular una erección monumental frente a toda la mesa, y la forma en que me miraba era un peligro latente.

-Eres una maldita demente, Zoé -me susurró al oído, con la voz ronca, pegada a mi piel de una manera que me hizo arquear la espalda-. ¿Qué carajos creías que ibas a lograr con eso? ¿Querías que tu padre me viera empalado frente a todo el mundo?

-Quería ver si eras tan fuerte como presumes, Black... y por lo visto, casi te derrumbas -le respondí con una sonrisa desafiante, sin importarme el peligro de que alguien saliera de la sala en ese preciso segundo.

Liam soltó una maldición ahogada, una mezcla de risa incrédula y frustración pura, antes de capturar mis labios en un beso hambriento, posesivo y desesperado. Sus manos recorrieron mi cintura con rudeza, apretando mis caderas contra las suyas para hacerme sentir que, a pesar del susto, seguía duro y completamente a su merced.

El calor de su aliento contra mi boca me quemaba los labios, pero lo que de verdad me aceleraba el pulso era la urgencia contenida en sus manos.

-No me vas a dejar así, Zoé. No después de lo que me hiciste allá afuera -me exigió con la voz rota, oscurecida por el deseo, mientras su erección pulsaba con fuerza contra mi cadera, recordándome exactamente el estado de desesperación en el que lo había dejado.

Una descarga de adrenalina pura me recorrió la espina dorsal. Sabíamos que cualquiera de mis tíos o mis padres podía cruzar hacia la cocina en cualquier segundo, que un paso en falso significaría ser descubiertos en medio de la casa familiar, y eso... eso lo hacía mil veces más excitante.

Le sostuve la mirada, con una sonrisa traviesa y desafiante curvando mis labios, y bajé las manos con total descaro hasta la cintura de su pantalón.

-¿Ah, no? Demuéstramelo, Black -le reté en un susurro.

Con un movimiento rápido pero firme, bajé la cremallera de su pantalón. El sonido metálico resonó peligrosamente en el silencio del pasillo. Aparté la tela interior y su miembro liberado saltó hacia afuera, duro, caliente y palpitante, pidiendo a gritos atención.

Liam ahogó un gemido gutural, echando la cabeza hacia atrás contra la pared y cerrando los ojos con fuerza mientras sus manos se cerraban de inmediato en mi cabello, aferrándose a mí con una mezcla de pánico y éxtasis puro.

-Mierda, Zoé... si alguien abre esa puerta nos matan -murmuró entre dientes.

-Pues que crucen la puerta -le respondí con una risita baja y perversa.

Sin pensarlo un segundo más, me dejé caer de rodillas sobre las baldosas frías del pasillo. El olor a su piel mezclado con el perfume y la adrenalina del momento me mareó de la mejor manera. Abrí los labios y lo tomé por completo, introduciéndolo de golpe hasta el fondo de mi garganta.

Liam soltó un sonido ahogado, un quejido ronco que se ahogó en su propia garganta mientras sus dedos se apretaban con más fuerza en mi cabello, guiando el ritmo con una desesperación ciega. Comencé a moverme sobre él con una lentitud calculada, alternando succiones profundas con el roce de mi lengua, sabiendo exactamente cómo hacerle perder la última chispa de cordura.

Cada embestida involuntaria que daba hacia adelante, empujado por el placer puro, hacía que me faltara el aire, pero el peligro inminente de ser atrapados en plena luz del día, a solo unos metros de nuestras familias, convertía cada segundo en una bomba de tiempo a punto de estallar.

El sonido seco de la cremallera al abrirse todavía flotaba en el aire del pasillo cuando las manos de Liam, que hasta ese momento se aferraban con fuerza a mi cabello para guiarme, se congelaron por completo. Sus dedos se tensaron, contra mi nuca mientras su respiración se convertía en un silbido cortado.

-Zoé... para, carajo -su voz sonó como un eco ahogado y desesperado, rebotando contra las paredes de la casa-. Te juro que si tu padre o cualquiera de tus tíos doblan esa esquina en este preciso instante, nos van a ver aquí mismo. Me van a partir la cara...

Apenas terminó la frase, se escuchó el chirrido lejano de una silla siendo arrastrada en el comedor, seguido por la risa de mi tío y el repicar de los cubiertos contra la porcelana. El mundo exterior seguía su curso, ajeno al manicomio en el que nos encontrábamos. La adrenalina se disparó directamente a mis venas como una inyección de fuego puro, haciendo que cada terminal nerviosa de mi cuerpo se pusiera en alerta máxima. El peligro inminente de ser descubierta, de cruzar la línea definitiva frente a mi propia familia, era una droga demasiado potente como para dejarla ir.

Ignoré por completo su advertencia.

Le lancé una mirada traviesa desde abajo, con los labios brillantes y húmedos, y antes de que pudiera decir otra palabra para intentar levantarme, volví a hundirme en él con una lentitud deliberada y perversa.

Liam soltó un gemido gutural tan profundo que temí que pudiera escucharse hasta la sala. Sus caderas se arquearon hacia adelante por puro instinto, buscando mi boca con una necesidad desesperada, mientras sus manos volvían a enredarse en mi cabello, ya sin fuerzas para oponer resistencia. Había perdido la batalla contra sí mismo.

-Maldita sea... estás jugando con fuego del que no vas a poder salir, Zoé -me gruñó entre dientes, con los ojos oscuros completamente inyectados de deseo y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de fracturarse.

Le devolví el ritmo, alternando movimientos firmes y profundos con succiones que le arrancaban susurros rotos y súplicas incoherentes. Cada segundo que pasaba con el eco de las voces desde el comedor al fondo era una ruleta rusa, y nos encantaba tirar del gatillo.

El sonido de unos pasos lejanos resonando al otro extremo del pasillo nos atravesó como un relámpago, pero en el instante en que Liam intentó sujetarme de los hombros para apartarme, alcé la vista y lo desafié con una sonrisa traviesa.

-Tranquilo, Black... todavía no he terminado -le susurré contra la piel, antes de volver a bajar la cabeza con absoluta posesión.

Los pasos se acercaban, lentos y pausados, marcando una cuenta regresiva que hacía que la adrenalina se convirtiera en puro fuego líquido dentro de mis venas. La idea de que alguien pudiera doblar la esquina en cualquier segundo y encontrarnos de esa manera hizo que mi cuerpo se estremeciera de excitación, pero Liam, lejos de cumplir su amenaza de sacarme de ahí, sintió cómo el miedo se disolvía instantáneamente frente a la ola salvaje de placer que lo devoraba.

Sus manos, que un segundo antes intentaban detener el desastre, cambiaron de rumbo con desesperación. Se aferraron a mi cabello con una fuerza brutal y ciega, arqueando la espalda hacia adelante mientras sus dedos se enterraban en mis mechones. Sus ojos oscuros se cerraron de golpe, la cabeza se le echó hacia atrás contra la pared y un gemido largo, grave y gutural se le escapó de la garganta, ahogado apenas por la cercanía de la casa.

-Mierda, Zoé... joder... -dijo con voz, completamente rota, perdiendo el control absoluto de la situación mientras rendía su voluntad al filo de la navaja.

Los pasos en el pasillo parecieron detenerse por un segundo justo a lo lejos, como si el destino se estuviera divirtiendo con nosotros, pero a Liam ya le importaba una absoluta mierda. La tensión extrema, el riesgo inminente y la fricción perfecta de mis labios y mi lengua crearon una tormenta perfecta que lo empujó directo al precipicio.

-No pares... carajo, no pares ahora -me suplicó con la respiración entrecortada, apretando mis hombros mientras sus caderas daban una última y desesperada embestida hacia adelante.

El clímax lo golpeó como una descarga eléctrica. Sentí cómo su cuerpo entero se ponía rígido como una piedra, convulsionándose contra mí, mientras comenzaba a vaciarse por completo en mi boca. No me aparté ni un milímetro; tragué cada gota de su calor, saboreándolo por completo con una lentitud perversa, asegurándome de no desperdiciar ni un solo rastro de su rendición, con los ojos fijos en los suyos que me miraban con una mezcla salvaje de locura.

Cuando por fin el último espasmo dejó su cuerpo en silencio, ambos nos quedamos respirando de manera caótica, con el corazón retumbándonos en los oídos y el eco de los pasos lejanos disipándose al otro extremo de la casa.

Liam abrió lentamente los ojos, bajando la mirada hacia mí con el pecho subiendo y bajando de forma violenta. Una sonrisa oscura, incrédula y profundamente posesiva se dibujó en sus labios.

-Estás loca, Zoé... totalmente demente -murmuró con la voz ronca, acariciándome la mejilla con una ternura salvaje que contradecía el peligro del lugar-. Pero te juro que me vas a matar.

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