Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La última voluntad
La fecha había llegado. A las once en punto de la mañana, las puertas del despacho principal de la mansión Casamayor se cerraron con un clic seco que pareció separar el presente del pasado. Justin Casamayor llevaba muerto exactamente un mes y sin embargo, aquella mañana su presencia parecía ocupar cada rincón de la habitación. El enorme despacho había sido preparado para la lectura del testamento con la solemnidad reservada a los acontecimientos capaces de cambiar el destino de una familia. Las cortinas permanecían abiertas, dejando entrar una luz grisácea de otoño que se filtraba sobre los muebles de nogal, los cuadros antiguos y la larga mesa alrededor de la cual se habían reunido los asistentes.
Justin había sido un hombre que medía su vida en cifras. Miles de millones de dólares distribuidos entre compañías, propiedades, fondos de inversión, acciones, cuentas en distintos países y participaciones silenciosas en negocios que ni siquiera aparecían públicamente bajo su nombre. Había construido un imperio y ahora aquel imperio estaba contenido dentro de un sobre lacrado. Claudine Casamayor estaba sentada con la espalda perfectamente erguida. A sus sesenta años conservaba una elegancia severa, casi aristocrática. A su lado, su hijo Tyler jugueteaba nerviosamente con el borde de una carpeta.
Los miembros del consejo ocupaban los sillones situados frente al escritorio. Habían acudido cinco.
Hombres y mujeres que habían trabajado durante años junto a Justin y que conocían mejor que nadie el alcance de sus negocios. Más atrás permanecían algunos empleados domésticos de mayor confianza. La administradora de la casa, el mayordomo, la ama de llaves y dos empleados que habían servido a la familia durante más de una década. Nadie hablaba demasiado.
Alexander estaba junto a una de las ventanas. No parecía particularmente interesado en la herencia. Estaba allí como parte de la decoración. Es lo que se esperaba de un "esposo devoto". En realidad observaba analíticamente a los presentes como siempre y frente a todos ellos estaba Ángela. Vestía de negro. Era luto, pero un luto de catálogo. No llevaba joyas llamativas, únicamente unos pendientes pequeños y un reloj de diseño discreto. Su expresión era serena. Demasiado serena. El abogado de la familia, el señor Beaumont, colocó una carpeta sobre la mesa.
-Antes de comenzar. -dijo. -Debo dejar constancia de que este documento corresponde a la última versión válida del testamento del señor Justin Casamayor. -pasó la mirada por los presentes. -Fue firmado y certificado conforme a las leyes de la provincia de Quebec y posteriormente incorporado a los registros correspondientes. También debo señalar que existe un codicilo añadido posteriormente a la versión principal. -Tyler levantó la cabeza. Claudine frunció ligeramente el ceño. Alexander no se movió. Ángela tampoco, pero por dentro sintió cómo algo se tensaba. El codicilo. La última voluntad. La pequeña modificación que había enviado al abogado. Aquella que nadie allí conocía. Beaumont abrió el documento. -Comenzaré con la identificación de los beneficiarios y posteriormente procederé a la distribución de los bienes. -hizo una pausa.
-Yo Justin Casamayor en facultad de mis sentidos lego a mi cónyuge Chloe Casamayor una suma de 1. 000. 000. 000 USD (Mil millones) en efectivo, que se pagará en un solo pago mediante cheque bancario o transferencia a una cuenta fiduciaria; se lega la totalidad de las joyas de herencia familiar, las cuales eran bienes personales exclusivos del testador, poseídos de forma independiente antes de su muerte y no constituían bienes comunes del matrimonio, correspondiendo a la beneficiaria su propiedad absoluta; además, se lega el título de propiedad de una isla Varelia situada en el océano Atlántico Norte, junto con los derechos inmobiliarios relacionados.
Después habló de algunos legados específicos destinados a familiares, empleados y personas que habían formado parte de su vida. Tyler recibió una suma considerable. Claudine obtuvo propiedades y activos financieros. Varios empleados recibieron cantidades que provocaron murmullos discretos, pero cuando llegó el momento de mencionar a Ángela, la habitación quedó completamente silenciosa.
-A mi hija, Ángela Casamayor. -ella levantó lentamente los ojos. -Le lego la totalidad de mis acciones con derecho a voto en Casamayor Holdings, así como mis participaciones mayoritarias en las sociedades que se detallan en el Anexo A. -uno de los miembros del consejo inhaló profundamente. Aquello significaba el control. No una parte. No una simple fortuna. El control del imperio. Beaumont continuó. -También le corresponden la residencia principal de Montreal, la propiedad de Charlevoix, el apartamento de Toronto, la residencia de Londres y las participaciones inmobiliarias especificadas en el Anexo B. -Tyler miró a Ángela. Claudine permaneció inmóvil. Alexander sí reaccionó. Muy ligeramente. Sus ojos fueron hacia ella. Ángela seguía sentada con las manos cruzadas sobre el regazo.
-Además. -prosiguió el abogado. -El señor Casamayor establece que, una vez satisfechos los legados particulares, Ángela Casamayor será beneficiaria principal del fondo familiar, incluyendo los activos líquidos y valores negociables que se detallan en los documentos anexos. -el silencio se hizo más pesado. Justin no había dejado simplemente una fortuna. Había dejado un reino y Ángela acababa de convertirse en su heredera. Beaumont cerró por unos segundos la primera carpeta. Después tomó otra. La más pequeña.
-Ahora procederé con el codicilo incorporado al testamento. -Ángela no parpadeó. -Este documento fue presentado por la señora Chloe Casamayor y firmado por el testador antes de su fallecimiento. -Alexander giró lentamente la cabeza hacia Ángela. Aquello sí era nuevo para él.
-¿Ángela? -preguntó Claudine. Ella la miró.
-Diga tía.
-¿Tú sabías de esto? -Ángela negó con la cabeza después dijo diplomática.
-Tendrá que preguntarle a mi madre. -aquello fue dicho aparentemente sin malicia, pero para Claudine fue una burla suprema. Chloe que iba a responder si era poco menos que un adorno roto sobre una cama, pero Ángela no había acabado con ella. -Mi padre y mi madre hablaban de algunos asuntos antes de su muerte. Eran un matrimonio si me entiendes. -Claudine contuvo su rabia. Ángela se había burlado de ella con elegancia y nunca explicó nada. No tenía por qué hacerlo. El abogado aclaró la garganta.
-Bien continuamos. La cláusula es bastante específica. -desdobló el documento. -Por expresa voluntad del testador, una vez cumplidos los procedimientos legales correspondientes, sus restos mortales deberán ser cremados y las cenizas entregadas a su hija, Ángela Casamayor para ser esparcidas en las cataratas del Niágara. -nadie habló. Alexander no dejaba de mirar al abogado y a Ángela. El silencio que siguió fue distinto al anterior.
Más incómodo. Claudine fue la primera en reaccionar.
-¿Cremado?
-Sí, señora.
-Justin nunca habló de eso conmigo. -Beaumont bajó la mirada hacia el documento.
-La instrucción consta expresamente en el codicilo. -Alexander observaba a Ángela. Ella no parecía sorprendida. Eso fue precisamente lo que le llamó la atención.
-¿Tú sabías que había dejado esa instrucción? -preguntó. -Ángela sostuvo su mirada.
-No tenía la menor idea. -una mentira limpia. Sin temblor. Sin exceso. -Es una decisión personal de mi padre. -añadió. -No veo por qué debería resultar extraño. -Alexander no respondió. El abogado continuó leyendo.
-Solicito que ninguna parte de mis restos sea conservada para análisis, exhibición o traslado con fines distintos de los estrictamente autorizados por mi heredera. Mi voluntad deberá ser respetada por todos los beneficiarios. -aquella última frase produjo un pequeño murmullo entre los presentes.
Uno de los miembros del consejo levantó las cejas. Claudine parecía desconcertada. Tyler miró a Beaumont.
-¿Eso es legal?
-La ejecución concreta de la disposición estará sujeta a la normativa aplicable. -respondió el abogado. -Pero la voluntad testamentaria respecto de la disposición de los restos queda claramente expresada.
Ángela bajó la mirada. Por primera vez aquella mañana permitió que una sombra de emoción cruzara su rostro. No era tristeza. Era alivio. Porque nadie allí podía saber que aquella cláusula era más importante para ella que todas las propiedades, acciones y cuentas bancarias que acababan de poner a su nombre. Justin Casamayor debía desaparecer físicamente. No podía quedar un cuerpo. No podía quedar una muestra. No podía quedar una posibilidad. Porque si alguien examinaba sus restos, si alguien solicitaba pruebas genéticas, si algún médico, investigador o familiar demasiado curioso decidía confirmar la filiación, todo se derrumbaría. El apellido. La herencia. El imperio. Su identidad. Todo.
Ángela había pensado en ello desde el instante en que descubrió que Alexander y Dimitri dieron con la verdad. El hombre al que había llamado padre durante toda su vida no era su padre y la prueba más peligrosa de aquella mentira no estaba en un documento. Estaba en la sangre. En el código genético. La sangre que Justin había dejado en su cuerpo. Sus células mismas. Incluso un solo de sus cabellos era una seria amenaza. Por eso necesitaba que desapareciera. Completamente. Sin posibilidades. Sin dudas. Sin segundas oportunidades. Beaumont cerró la carpeta.
-Con esto concluye la lectura del testamento y su codicilo.
Nadie se levantó inmediatamente. El dinero había sido repartido. El imperio tenía heredera, pero algo en aquella habitación había cambiado. Alexander continuaba mirando a Ángela. No sabía qué había detrás de aquella última voluntad. Todavía no, pero había aprendido algo sobre ella durante el tiempo que llevaban casados. Ángela nunca hacía nada porque sí. Cada movimiento tenía una razón. Cada silencio escondía un cálculo y aquella cláusula había sido demasiado específica para ser una simple preferencia funeraria. Ángela se puso de pie.
-Creo que eso es todo. -tomó su bolso. Su voz sonó tranquila. -Gracias por venir. Ahora sí me disculpan tengo que traer a mi madre a casa. Su traslado del hospital ha sido fijado para esta tarde. Así que ando corta de tiempo. -los presentes entendieron que los estaban echando educadamente. Uno a uno, comenzaron a abandonar el despacho. Claudine fue detrás de ellos. Tyler la siguió. Alexander permaneció unos segundos más.
-¿Por qué querías que tu padre fuera cremado? -preguntó. Ángela se detuvo junto a la puerta. Durante un instante, la luz gris del exterior iluminó su rostro. Después sonrió. Una sonrisa pequeña. Perfecta. Vacía.
-No oíste. Fue cosa de mi madre. Tendrás que preguntarle a ella. No obstante Alexander algunas cosas es mejor convertirlas en cenizas. ¿No crees? -y salió.
Alexander permaneció solo en el despacho. Sobre la mesa seguía descansando el testamento de Justin Casamayor. Un documento que acababa de convertir a Ángela en una de las mujeres más poderosas de Canadá, pero, por alguna razón que todavía no podía explicar, Alexander tuvo la sensación de que aquella mañana no habían asistido a la lectura de una herencia. Habían asistido al comienzo de un encubrimiento. La prueba de ADN doblada en el bolsillo interior de su chaqueta le quemaba. Era como si Ángela acabara de prenderle fuego. No, aquello no había sido la voluntad de su suegro. De alguna manera que se le escapaba, aquello había sido en realidad la verdadera “última voluntad” de Ángela: hacer desaparecer la única evidencia que podría destruirla.