Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Caída libre
La lluvia golpeaba con rabia el asfalto, igual que el destino había golpeado mi vida. Caminaba sin rumbo bajo la tormenta, empapada, con el corazón destrozado y el bolso vacío. En él ya no quedaba nada: ni dinero, ni documentos, ni esperanza. Lo había perdido todo. Mi pareja, aquel a quien juré amar para siempre, y mi propia familia, quienes debieron protegerme, se confabularon para despojarme de mi herencia, de mi hogar y de mi dignidad. Me quedaron solo las ropas que llevaba puestas y la certeza amarga de que el mundo no era justo.
Llegué a la puerta de la única persona que, sabía, no me cerraría la puerta: Roberta. Temblando de frío y de dolor, levanté la mano y toqué el timbre. En cuanto la puerta se abrió y vi su rostro, las lágrimas que había contenido durante horas brotaron sin control.
—¡Angie! —exclamó, y en un segundo me tuvo entre sus brazos, sin preguntar, sin juzgar, solo abrazándome con la calidez que solo ella sabía dar—. ¿Qué te ha pasado? Entra, por favor, vas a enfermar.
Me guio al interior de la casa, un lugar amplio, elegante y lleno de luz, donde cada rincón respiraba calma. Me dio una toalla seca, ropa suya que me quedaba grande pero me abrigaba, y una taza de té caliente que sostuve entre mis manos heladas. No me presionó para hablar; se sentó a mi lado y esperó, tomándome de la mano, como siempre habíamos hecho.
—Me han traicionado —logré decir al fin, con la voz quebrada—. Todos. Mi familia… él. Me dejaron sin nada.
Roberta apretó mi mano con fuerza, sus ojos oscuros reflejando rabia y ternura a la vez.
—No estás sola, Angie. Aquí estás a salvo. Quédate el tiempo que necesites, esta es tu casa. Lo que es mío es tuyo.
Sus palabras fueron como un bálsamo sobre una herida que sangraba sin cesar. En ese momento comprendí que, a pesar de todo lo perdido, conservaba lo más valioso: su amistad, pura, incondicional, la única verdad que no me habían podido arrebatar.
Pasaron las horas y la noche cayó sobre la mansión. La tormenta afuera no cesaba, pero dentro todo era silencio y paz. Roberta me acompañó hasta la habitación que me asignaría, un cuarto hermoso y acogedor, y me prometió que hablaríamos más al amanecer. Me dio un beso en la frente y se retiró, dejándome descansar.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando escuché pasos en el pasillo. Eran firmes, pausados, resonando con una autoridad serena que me hizo contener la respiración. Al levantar la mirada, lo vi.
Se detuvo en el umbral, apenas iluminado por la luz tenue que se filtraba desde el salón. Era un hombre alto, de hombros anchos y porte imponente, con cabello oscuro salpicado por algunos mechones de plata que solo le daban más distinción. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos: profundos, oscuros como la noche, fijos en mí con una intensidad que me recorrió la piel de punta a punta. No era una mirada casual ni cortés; había en ella algo más, una chispa que encendió en mi interior un sentimiento que no debía sentir.
—Eres la amiga de Roberta —dijo, y su voz fue grave, profunda, como un eco que se quedó resonando en mi pecho—. Yo soy Lucian. Su padre.
Asentí, incapaz de apartar la vista.
—Angie —susurré—. Me llamo Angie.
No se acercó, pero su presencia llenó todo el espacio. Me examinó con esos ojos que parecían ver más allá de lo que yo mostraba, viendo mi fragilidad, mi miedo, y algo más que no supe descifrar. Quise bajar la mirada, sentir vergüenza, huir… pero mis pies no se movieron. Algo en él me retenía, una atracción magnética que surgió de la nada y lo llenó todo.
—Bienvenida seas, Angie —dijo, y su tono suavizó apenas, aunque la intensidad de su mirada no disminuyó—. Que nadie te haga sentir como una extraña en esta casa.
Asentí de nuevo, sin lograr articular palabra. Él permaneció allí un instante más, antes de asentir lentamente y continuar su camino, dejándome con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas, confundida y extrañamente despierta.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, con la respiración entrecortada. No sabía entonces que aquel hombre, el padre de mi mejor amiga, sería quien marcaría mi vida para siempre. Que lo que acababa de empezar era mucho más que un refugio. Era el principio de algo prohibido, arriesgado, capaz de destruir todo lo que amaba.
Me acerqué a la ventana y miré hacia la oscuridad, donde la lluvia seguía cayendo. Cerré los ojos, pero no logré borrar la imagen de su mirada.