Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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La comedia perfecta
Antes de que las puertas del Club Campestre se abrieran para darles paso, la verdadera naturaleza de la realidad de Isabel se había definido entre los muros de la suite principal de la mansión. Unas horas antes de la boda, el ambiente en la alcoba compartida era de una violencia psicológica contenida, un choque silencioso de voluntades donde las paredes de mármol parecían cerrarse sobre ella. El espectacular vestido de seda líquida azul medianoche ya descansaba sobre la cama, brillando con un lujo que a Isabel le resultaba insultante, pero ella se negaba a ponérselo. Permanecía de pie junto al inmenso ventanal, con los brazos cruzados y la mirada perdida en los jardines, vistiendo apenas una bata de baño de seda blanca.
Gael había entrado a la habitación con el smoking ya puesto, destilando una elegancia peligrosa e impecable que parecía acentuar la frialdad de sus facciones aristocráticas. Al verla en ese estado de clara rebelión, con el cabello dorado aún húmedo y los ojos encendidos, sus pupilas negras se entornaron con una fijeza calculadora.
—No voy a ir, Gael —había dicho ella con firmeza, dándole la cara con todo el orgullo que le quedaba en el pecho—. No voy a prestarme para el circo de ver al hombre que me traicionó unirse con mi hermanastra. No me obligues a pasar por esa humillación pública. No puedes arrastrarme a ese lugar.
Gael se había acercado a ella con esa calma que a Isabel siempre le erizaba la piel. Al quedar a escasos centímetros de su rostro, invadiendo su espacio con el peso de su imponente figura, la tomó del brazo. No ejerció una fuerza bruta que dejara marcas, sino una presión psicológica inquebrantable, una sujeción que le recordaba con cada segundo quién dictaba las reglas en esa casa.
—Vas a ir, Isabel, porque así lo estipula nuestro acuerdo —le había advertido él, con una voz grave, baja y pausada que vibró en el aire como una promesa de destrucción—. No me interesa en lo más mínimo tu orgullo herido, ni me importan los despojos de tu antiguo amor con Fabián Vargas. Hoy el mundo entero tiene que saber que eres mi esposa, que llevas mi apellido y que me perteneces ante la ley. Así que te quiero lista en media hora. Muéstrate a la altura de ser la señora Sotomayor, sonríe y actúa como la mujer más afortunada del mundo. Si dejas que el nombre Sotomayor quede en ridículo, o si muestras un solo rastro de debilidad ante esos parásitos, mañana mismo tu padre amanece en una celda común de la peor prisión. Tú eliges el destino de Leonardo Villarreal.
El amargo recuerdo de esa advertencia gélida y despiadada se disipó de golpe cuando el murmullo ensordecedor del gran salón del Club Campestre devolvió a Isabel al presente.
Ahí estaban, en medio de la recepción principal, rodeados de cientos de miradas atónitas y del pánico evidente que emanaba de la familia Vargas. El salto del recuerdo de la alcoba a la realidad del salón fue brutal, pero Isabel se obligó a tragar el nudo de indignación que le cerraba la garganta y mantuvo el mentón en alto, adoptando la postura de una reina que camina sobre un campo de batalla. Gael, cumpliendo su propia estrategia al pie de la letra y disfrutando del control absoluto de la situación, no desperdició ni un solo segundo para consolidar la farsa perfecta ante los ojos de la alta sociedad.
Con una teatralidad calculada y perfectamente ensayada, Gael pasó su brazo firmemente alrededor de la cintura de Isabel, atrayéndola hacia su cuerpo con una fuerza y una posesividad tan evidentes que hicieron que a Fabián Vargas se le desencajara la mandíbula por completo. El magnate mostraba una felicidad fingida ante los fotógrafos y los empresarios; una sonrisa deslumbrante, encantadora y sumamente peligrosa que borraba de un plumazo cualquier rastro del hombre implacable que la había amenazado unas horas antes entre las cuatro paredes de su dormitorio.
—Mi amor, parece que hemos dejado a nuestros anfitriones completamente sin palabras —dijo Gael en voz alta, ladeando la cabeza con una ternura ensayada y asegurándose de que los invitados más cercanos, así como los novios estupefactos, escucharan cada una de sus palabras de fingida devoción.
Antes de que Isabel pudiera reaccionar, tensar los músculos o articular una sola defensa verbal que rompiera la fachada, Gael se inclinó sobre ella. Ante los ojos desorbitados de Fabián, la mirada cargada de veneno y envidia de Samanta, y el murmullo generalizado de todo el salón que comenzó a propagarse como la pólvora, Gael le estampó un beso en los labios.
No fue un beso casto de compromiso ni un roce protocolar; fue un beso profundo, intenso, que reclamaba territorio y proclamaba victoria ante el mundo. Era un acto cargado de una falsa adoración que hacia afuera proyectaba una pasión desbordante y un romance de ensueño, pero que por dentro no era más que un yugo invisible, un recordatorio absoluto de quién tenía el control total sobre su vida.
Isabel sintió el calor de su boca, el aroma a maderas nobles y peligro que desprendía el cuerpo de Gael, y por puro instinto de supervivencia, su primer impulso fue empujarlo, golpearle el pecho y gritarle su desprecio. Sin embargo, la imagen de su padre conectado a las máquinas de la clínica y la fría advertencia de Gael resonaron en su mente como un eco carcelario. No le quedaba otra opción. Tenía que sobrevivir, tenía que proteger lo único limpio que le quedaba.
Cerrando los ojos y tragándose el orgullo que tantas veces la había sostenido, Isabel le siguió el juego. Suavizó la rigidez de sus labios, entreabrió la boca y correspondió al beso ante todos los presentes con una entrega fingida que rozaba la perfección actoral. Enredó sutilmente sus dedos en la solapa del smoking de Gael, permitiendo que la mano de él se afianzara con más fuerza en su cadera, fundiéndose en un abrazo que silenció por completo los rumores de la sala.
Para los ojos de la alta sociedad que los observaba con envidia y asombro, ellos eran la viva imagen del éxito, la pasión desatada y el poder absoluto; la hermosa heredera que había encontrado el amparo del titán más temido del país. Pero en la intimidad de sus almas, bajo el peso de las verdades que compartían a solas, aquel beso no era más que el acto más brillante, doloroso y magistral de una guerra sin cuartel que apenas estaba comenzando a librarse. Cuando Gael se separó lentamente, sus ojos negros brillaron con un triunfo oscuro y desalmado, mientras que Isabel, sosteniéndole la mirada con una valentía nacida del dolor, le demostró que aunque pudiera obligarla a besarlo, jamás lograría adueñarse de su espíritu.