Ella renace en un mundo mágico, pero no cambia su forma de ver la vida, sigue siendo ella buscando la felicidad en pequeños detalles.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Palacio 3
Cuando Alana regresó al salón principal, encontró a sus padres conversando con varias personas.
Había ocurrido algo interesante mientras ella estaba recorriendo los jardines.
El rey había comenzado a saludar personalmente a algunos de los invitados.
No a todos.
De hecho, eran muy pocos.
Alana observó desde cierta distancia.
El rey estaba sentado en la mesa principal, acompañado por varios miembros de la guardia real y algunos asistentes.
Las personas que eran llamadas se acercaban con cautela y reverencia.
Hablaba con ellas unos minutos.
Después continuaba.
Alana reconoció algunos de los títulos que sus padres le habían mencionado durante los últimos meses.
Duques.
Condes de familias importantes.
Algunos de los magos más reconocidos del reino.
Personas cuya influencia estaba muy por encima de la de los Norton.
Alana intentó observar mejor.
—¿Ese es el rey?
Su madre siguió su mirada.
—Sí.
Alana se puso ligeramente de puntillas.
—No veo su cara.
—Está bastante lejos.
Alana intentó moverse un poco.
Nada.
Había demasiadas personas.
Un grupo de nobles pasó delante de ella.
Después un sirviente.
Después dos caballeros.
Y finalmente alguien levantó una copa justo delante de su campo de visión.
Alana suspiró.
—No puedo verlo.
Su padre sonrió.
—No es necesario.
—Tengo curiosidad.
—Ya tendrás oportunidad de verlo algún día.
Alana volvió a intentarlo.
Esta vez consiguió ver algo.
Muy poco.
Un hombre extremadamente alto.
De espalda ancha.
Vestía una capa negra con detalles dorados que caía sobre sus hombros.
Era imposible distinguir su rostro desde aquella distancia.
Alana entrecerró los ojos.
—Es muy alto.
Su padre asintió.
—Lo es.
—¿Cuánto medirá?
—No tengo idea.
—¿Dos metros?
—Quizá.
Alana siguió observándolo.
—Parece un oso.
Su madre abrió mucho los ojos.
—¡Alana!
—¿Qué?
—No puedes llamar oso al rey.
—No dije que fuera feo.
—¡Eso no mejora las cosas!
Alana se tapó la boca para esconder una risa.
[Definitivamente necesito aprender a pensar antes de hablar.]
Mientras tanto, el barón Norton estaba aprovechando aquella oportunidad al máximo.
Como hombre de negocios, sabía perfectamente que las relaciones entre familias nobles podían ser tan importantes como el dinero.
Quizás incluso más.
Una conversación adecuada podía abrir una puerta.
Un buen contacto podía convertirse en un socio.
Una amistad podía convertirse en una alianza comercial.
Y aquella noche había demasiadas personas importantes reunidas en un solo lugar como para desaprovechar la oportunidad.
El barón conversó con un duque sobre rutas comerciales.
Después habló con un conde sobre una posible inversión.
Más tarde intercambió opiniones con otro noble sobre la expansión de algunos negocios.
Su expresión era cada vez más feliz.
Alana lo observó.
Su padre parecía un niño al que acababan de entregar una caja llena de juguetes.
—Papá está feliz.
La baronesa sonrió.
—Muchísimo.
—Nunca lo había visto así.
—Tu padre disfruta de los negocios.
Alana miró a su padre, que en ese momento hablaba animadamente con otro noble.
—Creo que acaba de enamorarse.
Su madre se rio.
—De los negocios, sí.
—Eso explica muchas cosas.
El barón, desde lejos, levantó una copa mientras sonreía.
—¡Alana!
Ella levantó una mano.
—¡Estoy aquí!
—¡Este caballero quiere conocerte!
Alana se acercó.
La conversación fue agradable.
Y, como había ocurrido tantas veces en los últimos meses, Alana terminó sonriendo y conversando con naturalidad.
No estaba intentando causar una impresión.
No estaba buscando agradar.
Simplemente era así.
Y eso parecía funcionar.
Finalmente, la noche comenzó a terminar.
Los músicos dejaron de tocar.
Los invitados empezaron a despedirse.
Los carruajes comenzaron a abandonar lentamente el palacio.
La familia Norton también se preparó para regresar.
El barón estaba cansado, pero feliz.
La baronesa parecía emocionada.
Y Alana...
Alana estaba pensando en el postre.
[El pastel de chocolate era espectacular.]
Mientras se dirigían hacia la salida, un sirviente real se acercó.
—¿Familia Norton?
Los tres se detuvieron.
El barón inmediatamente enderezó la espalda.
—Sí.
El sirviente hizo una pequeña reverencia.
—Tengo un mensaje para ustedes.
Los tres intercambiaron una mirada.
—¿Un mensaje?
—Sí, mi señor.
El sirviente habló con absoluta formalidad.
—Su Majestad ha dispuesto que la familia Norton permanezca esta noche en el palacio.
Silencio.
El barón parpadeó.
La baronesa también.
Alana abrió la boca.
—¿Qué?
El sirviente repitió:
—Pueden quedarse esta noche en el palacio.
El barón miró a su esposa.
Su esposa miró a Alana.
Alana miró al sirviente.
Después los tres volvieron a mirarse.
—¿Nosotros?
preguntó finalmente el barón.
—Sí, mi señor.
—¿Toda la familia?
—Toda la familia.
Alana sintió que su corazón daba un pequeño salto.
—¿Podemos dormir aquí?
El sirviente asintió.
—Se han preparado habitaciones para ustedes.
La baronesa llevó una mano al pecho.
—Pero...
No terminó la frase.
No sabía qué decir.
Aquello era algo completamente inesperado.
El barón parecía estar intentando recordar si alguna vez había tenido una conversación previa con alguien de la familia real que justificara aquello.
No encontró ninguna.
—¿Está seguro?
—Completamente, mi señor.
—¿No se trata de algún error?
—No hay ningún error.
En ese momento, un hombre que estaba a pocos metros escuchó la conversación.
Era un conde que se disponía a marcharse.
Se detuvo.
Miró al sirviente.
Después a los Norton.
Y finalmente al palacio.
Su expresión cambió.
—¿Les han pedido que se queden?
El barón asintió lentamente.
—Eso parece.
El conde quedó genuinamente sorprendido.
—Vaya...
Alana lo observó.
—¿Es tan extraño?
El conde soltó una pequeña risa.
—Señorita Norton, digamos que no es algo que ocurra con frecuencia.
La familia Norton volvió a quedar en silencio.
El barón tragó saliva.
La baronesa parecía a punto de llorar de emoción.
Y Alana...
Alana sonrió.
[Entonces no somos los únicos que pensamos que esto es raro.]
El conde se despidió poco después.
Pero antes de marcharse, miró nuevamente a los Norton.
Especialmente a Alana.
Su mirada se detuvo unos segundos sobre ella.
Después continuó su camino.
Alana no le dio demasiada importancia.
—¿Entonces tenemos una habitación?
Su madre sonrió.
—Sí.
—¿Y no tenemos que volver a casa?
—No.
Alana levantó ambas manos.
—¡Vamos a dormir en el palacio!
El barón se rio.
—Parece que eres la más emocionada de todos.
—¡Por supuesto!
Alana tomó el brazo de su madre.
—Nunca he dormido en un palacio.
Su madre sonrió.
—Nosotros tampoco.
El barón suspiró, todavía intentando comprender lo que acababa de suceder.
—Yo tampoco.
Los tres siguieron al sirviente por uno de los largos corredores.
Y mientras caminaban, Alana pensó en su primera vida.
En aquella pequeña habitación que alguna vez había tenido.
En las cuentas.
En las preocupaciones.
En la necesidad de revisar constantemente cuánto dinero tenía.
Y ahora...
Caminaba por un palacio real.
Con un vestido rosado.
Con magia.
Con sus padres.
Y con una habitación preparada especialmente para ellos.
Alana sonrió.
[Definitivamente mi vida dio un giro bastante extraño.]
Sin embargo, había algo que ella todavía no sabía.
Mientras la familia Norton era conducida a sus habitaciones...
En otra parte del palacio, alguien acababa de descubrir que una sección de los jardines reales había cambiado de color.
Y aquella persona no estaba riéndose.
Ya está retrocediendo luego, aprovecha jajajsj
Alana, bueno, demasiado ingenua, sumisa, algo infantil para la responsabilidad que se le avecina🫤
Ya denle una novia al pobre hombre o muy pronto morirá sin poder casarse jajaja
😂😂😂😂😂