Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.
Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.
Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:
"No mendigo amor."
Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.
Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.
Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.
En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.
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32. Un tirón equivocado
—Insoportable.
Belvina fulminó con la mirada la puerta cerrada del baño. Luego tomó su celular y se dejó caer en el borde de la cama. Recostó la espalda contra la cabecera.
—Qué día tan agotador —murmuró.
La pantalla del celular se encendió; su videojuego favorito estaba abierto. En cuestión de segundos, su atención se trasladó por completo. Sus dedos se movían rápido, tocando la pantalla con concentración de vez en cuando.
Pasaron varios minutos sin que se diera cuenta. Belvina miró de reojo la mesita de noche; el vaso sobre ella estaba vacío.
—Ay.
Tragó saliva para humedecer la garganta, que empezaba a secarse.
—Discutir con él me da sed.
Su mirada seguía fija en la pantalla mientras se levantaba de la cama. Sus pies se dirigieron hacia la mesita junto a la ventana donde normalmente se guardaba la botella de agua.
Fue en ese momento que la puerta del baño se abrió.
Alden salió secándose el cabello mojado. Su torso estaba descubierto; solo una toalla enrollada le cubría la parte baja de la cintura. Se detuvo.
Belvina ni siquiera volteó. Sus ojos seguían clavados en el celular.
Alden entrecerró los ojos. Por alguna razón, no le gustaba que lo ignoraran así.
—¿Ese juego es tan divertido?
Belvina no contestó, aún ocupada tocando la pantalla.
Alden chasqueó la lengua.
Al segundo siguiente...
¡PUM!
—¡Ay!
El pie de Belvina chocó contra la pata de la cama. Su cuerpo se tambaleó hacia adelante.
¡PLAF!
El celular salió volando al piso.
Por reflejo, su mano buscó algo de qué sostenerse. Y lo que logró agarrar fue... la toalla de Alden.
Alden se quedó petrificado.
Belvina cayó sentada al suelo. La toalla se soltó con ella.
La habitación quedó en un silencio absoluto.
—Ay... me dolió... —se quejó Belvina mientras se frotaba la rodilla.
Levantó la vista y se quedó paralizada. Sus ojos se abrieron enormes.
—¡AAHH!
Se cubrió la cara con ambas manos al instante.
Alden reaccionó. Se movió rápido, recogió la toalla y se la volvió a poner.
—¡Belvina! —gruñó con el rostro encendido.
—¡Pervertido! —gritó ella desde detrás de sus palmas.
Alden la miró incrédulo.
—¿Pervertido? ¿Yo? —Se señaló a sí mismo—. Tú fuiste la que jaló mi toalla.
Belvina seguía con los ojos fuertemente cerrados.
—¿¡No se supone que llevaste ropa al baño!? ¿¡Por qué sales solo con una toalla!?
Alden respondió con tono neutro.
—Se me olvidó llevar la ropa interior.
Belvina bajó las manos lentamente y lo miró con sarcasmo.
—¿Eres olvidadizo? —chasqueó la lengua—. Deberías dejar de ser CEO.
Alden dio un paso al frente.
—Tú eres la que me desconcentra.
—¿Y ahora es mi culpa? No te hagas la víctima. —Belvina se levantó del suelo aguantando el dolor en la rodilla.
—Es obvio que es por tu culpa —sentenció Alden—. Me robaste la moto de alguien, luego me secuestraste el auto, y ahora...
Alden no terminó la frase.
—Lo de recién fue un accidente —replicó Belvina.
—Y ese accidente fue consecuencia tuya. De tu descuido. Caminas sin fijarte por dónde vas.
—¿Quién camina con los ojos? Se camina con los pies.
—Tú...
—Basta. —Belvina lo cortó—. Encima me dio más sed por tu culpa.
Frunció los labios, y de pronto cayó en cuenta de algo.
—Mi celular. Mi juego.
Su mirada recorrió el piso. Cuando lo encontró, se apresuró a recogerlo.
—Se apagó —murmuró molesta—. Ay, todo esto es tu culpa.
—Deja de culparme por tu propio descuido —dijo Alden mientras caminaba hacia el armario.
Le irritaba aún más que Belvina solo se preocupara por su celular. Luego bajó la mirada hacia su propio cuerpo. Normalmente, cualquier mujer le habría echado un vistazo a un físico proporcionado como el suyo.
Belvina era diferente. No mostraba el menor interés; estaba ocupada tomando agua de la botella que tenía en la mano.
Pero su mente, no. Lo que había visto hacía unos segundos no dejaba de darle vueltas en la cabeza. Algo que colgaba. Algo que no debería haber visto, y mucho menos por culpa de su propio descuido.
Entonces la imagen de esa mañana apareció de golpe, cuando se despertó. Algo que le presionaba el muslo, cálido, duro, y que se movía. Algo que esa mañana solo había sentido vagamente, pero que hacía un momento finalmente vio con sus propios ojos.
—¡Cof, cof!
Belvina se atragantó al perder la concentración mientras bebía.
Alden, que acababa de tomar su ropa interior, volteó hacia ella. El rostro de Belvina estaba rojo como un tomate. La comisura de sus labios se elevó apenas, y se acercó.
—¿Qué pasa? ¿Todavía lo tienes en la mente?
El rostro de Belvina se puso aún más caliente.
—¿¡De qué hablas!? ¡Pervertido!
—Soy tu esposo.
—Solo en el papel.
—En ese caso... —Alden se acercó más—. ¿Qué tal si hacemos que ya no sea solo en el papel?
Belvina retrocedió por reflejo.
—¿Qué quieres decir? —Su expresión seguía siendo desafiante, su voz se elevó, pero el corazón le latía desbocado.
—Esta mañana ya estuviste pegada a mí, hace un rato ya lo viste. Ahora...
—¡Ni se te ocurra!
Belvina empujó el pecho de Alden, pero él no se movió ni un centímetro.
Y por alguna razón, Alden disfrutaba la reacción de Belvina, que fingía valentía cuando claramente estaba nerviosa.
—Solo quiero una cosa —respondió Alden.
Se inclinó y le susurró al oído. Belvina contuvo el aliento al instante.
—Mi derecho.
Los ojos de Belvina se abrieron de par en par.
—¡Ni lo sueñes!
¡PUM!
—¡Agh! —Alden soltó un quejido contenido.
Belvina le pisó el pie con toda su fuerza y luego salió corriendo.
—¡Belvina!
Pero ella ya había abierto la puerta. Antes de salir, alcanzó a voltear un momento.
Le sacó la lengua hacia Alden.
Antes de que Alden pudiera responder, la puerta se cerró de golpe.
¡PAM!
Alden se quedó parado, irritado y a la vez enternecido. Sus dedos apretaban el bóxer con fuerza, pero la comisura de sus labios se curvó levemente.
—Voy a hacer que no puedas dormir esta noche —amenazó, aunque Belvina ya había desaparecido.
Afuera de la habitación, Belvina dejó de correr. Apoyó la espalda contra la pared mientras intentaba controlar la respiración agitada.
—Maldición... parece que ya descubrió mi punto débil.
Se frotó la cara con brusquedad. Pero la imagen de aquello volvió a aparecer en su mente.
—Dios... me contaminó el cerebro.
Belvina se puso en marcha enseguida, como si pudiera huir de sus propios pensamientos.
Dentro de la habitación, Alden se quedó de pie mirando la cama. Su expresión fue cambiando poco a poco, cargándose de intención. Un plan ya se había formado en su cabeza.
—Belvina...