Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: La Calidez de una Caricia
El amanecer se filtró por las altas ventanas del comedor secundario de la Mansión Blackwood con una timidez dorada. Gracias al esfuerzo incansable de Caitlyn, ese rincón de la casa ya no lucía como un mausoleo. Los pesados cortinajes de terciopelo permanecían recogidos con cordones de seda, permitiendo que la luz matutina barriera el polvo de las esquinas y encendiera el brillo de los paneles de madera de nogal que revestían las paredes. Sobre la mesa larga, un jarrón de cerámica rústica albergaba un ramo de flores silvestres amarillas que Caitlyn había recogido al alba en los linderos del bosque, inundando el ambiente con una fragancia fresca que competía con el aroma a café recién filtrado y tostadas con manteca.
Sentada en una silla de respaldo alto, Caitlyn sostenía a la pequeña lady Diana en su regazo. Su silueta curvy y generosa servía, como de costumbre, de nido perfecto para la niña. Vestía esa mañana un traje de algodón suave en un tono azul cielo que acentuaba la calidez de su piel tostada y el relieve pleno de su busto. Su cabello oscuro y abundante estaba recogido de manera informal con una cinta, dejando libres varios rizos rebeldes que enmarcaban su rostro lleno de vitalidad.
Diana, que vestía un ropón amarillo pálido impecable, miraba fijamente a su niñera. Caitlyn tomó una pequeña cuchara de plata con un poco de papilla de avena y manzana, la acercó a los labios de la bebé y comenzó a hacer un suave sonido imitativo, arrugando su nariz respingona con esa gracia traviesa que la caracterizaba desde la infancia.
—A ver, mi amor, viene el carruaje directo al castillo... Abre grande —susurró Caitlyn con una voz melódica y redonda.
Diana parpadeó con sus grandes ojos azul grisáceo y, de repente, sucedió el milagro. Sus pequeños labios se curvaron hacia arriba, sus mejillas se tiñeron de un rosa saludable y una carcajada cristalina, pura y sonora, escapó de su pequeña garganta. Fue una risa que pareció romper un hechizo de años en las paredes de Blackwood.
En ese preciso instante, la pesada puerta del comedor se abrió con un vaivén lento. Alexander se detuvo en el umbral, paralizado por el sonido de la risa de su hija.
Su aspecto seguía siendo el de un hombre atrapado en su propia tormenta: la barba castaña crecida le ensombrecía la mandíbula, su cabello estaba revuelto y vestía una camisa de lino gris desabrochada en el cuello y sin levita. Se le veía notablemente más delgado, con las facciones endurecidas por el hambre crónica y las noches de insomnio. Venía dispuesto a rugir, a exigir que se llevaran a la niña a la guardería, pero la visión que se plantaba ante él le congeló las palabras en la garganta.
Allí, bajo el baño de luz dorada del sol, Caitlyn ebanizaba la habitación con su sola presencia. Sus formas rotundas y voluptuosas, la seguridad con la que sostenía a la bebé en sus amplias caderas y la pureza de la alegría que se respiraba en la mesa creaban una estampa de una belleza tan nítida y terrenal que Alexander sintió un dolor casi físico en el pecho. Era el dolor de recordar que el mundo de los vivos seguía existiendo.
—Señor Alexander, llega justo a tiempo. Siéntese —ordenó Caitlyn, sin darle espacio para la réplica, señalando la silla de caoba frente a ella—. Su abuela me dijo que no ha probado bocado desde ayer al mediodía. En esta mesa no se permiten fantasmas en ayunas.
Alexander apretó los puños a los lados de su cuerpo imponente, intentando recuperar su máscara de frialdad ruda.
—No tengo hambre, Caitlyn. Les dije que no quería que me molestaran durante las mañanas —siseó con su voz áspera, dando un paso hacia delante, intentando usar su enorme estatura para amedrentarla.
—Me importa muy poco lo que quiera o no quiera cuando se trata de su salud —replicó ella con una valentía inquebrantable, sosteniendo su mirada inyectada en sangre con una fijeza magnética—. No voy a permitir que se deje morir de hambre mientras yo esté a cargo de esta casa. Siéntese y coma, o seré yo misma quien le lleve la cuchara a la boca.
La audacia de la hermosa mujer de curvas sensuales desarmó por completo al aristócrata. Una mezcla de fastidio y una fascinación oscura que se negaba a admitir lo obligaron a ceder. Con un bufido tosco, Alexander se sentó en la silla indicada, manteniendo la espalda rígida y el ceño fruncido.
Caitlyn sonrió de medio lado, un gesto carnal que hizo que los ojos claros de Alexander descendieran por un segundo hacia sus labios carnosos. Ella tomó un plato de porcelana blanca donde reposaba una porción generosa de huevos revueltos con hierbas frescas, jamón ahumado y un trozo de pan casero caliente que aún desprendía vapor.
—Tome —dijo ella, extendiendo el plato a través de la mesa corta.
Alexander levantó su mano grande, de dedos largos y nudillos firmes, para recibir el plato. El movimiento fue lento, casi reticente. Caitlyn sostuvo la porcelana con firmeza, manteniendo sus dedos cortos y de uñas limpias apoyados en el borde.
Fue un instante suspendido en el tiempo. Al traspasar el plato, los dedos largos y toscos de Alexander rozaron de manera nítida la piel de la mano de Caitlyn.
El contacto no fue un tropiezo accidental; fue un roce deliberado de texturas contrarias. La yema del dedo índice de él, áspera por el desuso y el frío del encierro, se deslizó sobre el dorso de la mano de ella, que era de una suavidad extrema, cálida y firme. La diferencia de temperatura fue un chispazo eléctrico que atravesó el aire del comedor. La piel de Caitlyn reaccionó al instante, y un estremecimiento sutil pero visible recorrió su antebrazo pecoso.
Alexander se congeló con los dedos fijos sobre la mano de ella. Sus ojos azul grisáceo se abrieron con una fijeza nítida y abrumadora, clavándose en los ojos oscuros de Caitlyn.
En ese preciso segundo, el silencio del comedor fue ensordecedor. Debajo de la camisa gris de lino, en el lado izquierdo de su pecho firme y descuidado, algo despertó con la fuerza de un resorte contenido. El corazón de Alexander, que había permanecido adormecido, frío y sepultado bajo una gruesa capa de culpa y luto durante tres largos años, dio un vuelco violento. Latía con una fuerza tan descomunal, un impacto rítmico y salvaje contra sus costillas, que el joven heredero sintió que el aire le faltaba en los pulmones. No era el latido del miedo ni de la furia; era el latido inequívoco, nítido y doloroso de la vida que regresaba a su cuerpo a través de la caricia de una mujer.
Caitlyn no apartó la mano. Sostuvo el roce de sus dedos con una valentía inquebrantable, permitiendo que la calidez biológica de sus curvas y de su piel envolviera la frialdad de la Bestia. Sus pechos firmes subieron y bajaron con una respiración profunda, y la tensión sensual que se había encendido la noche anterior en la biblioteca volvió a apoderarse de ellos, transformando un simple desayuno en el inicio de una rendición inevitable. Alexander, temblando por la intensidad de la vibración interna, retiró el plato despacio, pero sus ojos claros no abandonaron el rostro lleno de vida de Caitlyn en todo el resto de la mañana.