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Bésame en el infierno

Bésame en el infierno

Status: Terminada
Genre:CEO / Policial / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Lam era un fantasma.

Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.

El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.

Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.

Obsesivo. Peligroso. Irresistible.

Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.

Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.

Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14: Lo que no se cruza

El cañón del arma de Pike apuntaba directamente al centro del pecho de Dante. El cadáver del mercenario caído yacía entre ambos como una frontera grotesca, la sangre extendiéndose en un charco oscuro que reflejaba la luz fluorescente del camarote.

—Sabes lo que pienso, Dean Yang —dijo Pike, inclinando la cabeza como quien examina un insecto—. Que eres demasiado tranquilo para ser hijo de un traficante.

Dante no respondió. Calculaba distancias: dos metros hasta la puerta, tres hasta la mesa donde había visto un cuchillo de supervivencia. Ninguna opción viable.

El rugido de un motor cortó el silencio.

No era el zumbido mecánico de los generadores del barco. Era algo externo, algo que se acercaba a velocidad brutal. Pike giró la cabeza medio segundo. Dante aprovechó para desplazar el peso hacia su pierna izquierda, pero Pike volvió a mirarlo antes de que pudiera moverse.

—Ni lo intentes.

El impacto del bote contra el casco resonó como un trueno metálico. Pasos. Voces. Luego, la puerta del camarote se abrió de golpe.

Anderson Lorenzo entró como si el mundo le perteneciera.

Pike disparó.

La bala impactó en el hombro izquierdo de Anderson. Él apenas retrocedió un paso. Miró el orificio en la tela de su traje gris Oxford —hecho a medida, probablemente de diez mil dólares— y arqueó una ceja.

—Era nuevo —dijo, con una calma que helaba la sangre.

Detrás de él, Leila apareció con un arma semiautomática apuntando a la cabeza de Pike. Dos hombres más flanqueaban la entrada. Pike evaluó la situación con la frialdad de un profesional y, lentamente, dejó el arma en el suelo.

—Buena decisión —murmuró Anderson.

Se acercó a Pike con pasos lentos, deliberados. Le tomó la barbilla con dos dedos, obligándolo a mirarlo hacia arriba.

—Dile a Carter que la próxima vez que mande a alguien, se asegure de que no muera tan fácil. —Soltó la barbilla de Pike con un gesto desdeñoso—. Llévenselo.

Leila y los hombres sacaron a Pike del camarote. Anderson permaneció inmóvil hasta que los pasos se desvanecieron. Entonces giró hacia Dante.

Sus ojos recorrieron el cuerpo de Dante de arriba abajo, buscando heridas, sangre, cualquier señal de daño. Dante reconoció esa mirada: no era preocupación exactamente, sino inventario. Anderson catalogaba lo que le pertenecía.

—¿Estás bien, Lam?

—Sobreviviendo.

Anderson caminó hacia la mesa donde descansaban varios frascos pequeños. Levantó uno, lo examinó contra la luz. Su expresión cambió: la mandíbula se tensó, los ojos se oscurecieron.

—Suero de la verdad —dijo en voz baja—. Pentotal modificado, si no me equivoco. —Dejó el frasco y miró a Dante—. Me alegra que no fuera droga.

Dante sintió el peso de esas palabras. Anderson no estaba hablando del suero. Estaba hablando de lo que habría significado encontrar droga en un barco vinculado a Dean Yang: una traición, una línea rota.

—¿Crees que usaría algo así? —preguntó Dante.

Anderson no respondió. En cambio, cruzó la distancia entre ambos en dos pasos y le tomó la nuca con una mano. Dante se tensó, pero Anderson no fue violento. Lo besó.

Fue un beso lento. Sin urgencia, sin la ferocidad posesiva que Dante esperaba. Los labios de Anderson se movieron sobre los suyos con una firmeza suave, succionando el labio inferior con una presión calculada, como si quisiera memorizar la textura. Dante se quedó inmóvil. No correspondió, pero tampoco se apartó. Era más fácil dejarse hacer cuando cada músculo de su cuerpo estaba agotado.

Anderson se separó. Sus ojos brillaban con algo que Dante no supo nombrar.

—Estás vivo —dijo Anderson, como si eso explicara todo.

Dante se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Voy a gastarme un tubo entero de pasta de dientes esta noche.

Anderson soltó una risa baja, genuina. Luego su expresión se endureció.

—Hazle saber a Carter algo de mi parte, Lam. —Se ajustó el cuello de la camisa, alisó la solapa perforada por la bala—. Dile que ya me cansé de jugar con él.

No era una amenaza vacía. Dante había aprendido a distinguir cuándo Anderson hablaba para impresionar y cuándo hablaba en serio. Esto era lo segundo.

---

La Residencia Yang estaba en silencio cuando Dante entró por la puerta lateral. Eran las once de la noche. El cansancio le pesaba como plomo en los huesos, un agotamiento que iba más allá de lo físico.

Marcus Yang lo esperaba en el estudio.

El hombre que interpretaba a su padre en esta farsa estaba sentado detrás del escritorio de caoba, con un vaso de whisky que no había tocado. Al ver a Dante, se puso de pie.

—Te ves terrible —dijo Marcus con su tono neutro de siempre.

—Gracias.

—Carter Lippman movió tres cargamentos esta semana por la frontera de Tamaulipas. —Marcus empujó una carpeta sobre el escritorio—. Está consolidando rutas. Si Anderson cumple su amenaza de cortar relaciones, Carter va a necesitar un nuevo socio. Y tú eres el candidato más obvio.

Dante hojeó la carpeta sin absorber realmente la información. Las letras se desdibujaban ante sus ojos.

—Estás diciéndome que voy a quedar atrapado en medio.

—Estoy diciéndote que tengas cuidado. Carter Lippman no es Anderson. No tiene código, no tiene estética, no tiene límites. —Marcus lo miró fijamente—. Anderson te quiere vivo porque le sirves. Carter te quiere muerto porque le estorbas. No confundas las motivaciones.

Dante asintió. Subió las escaleras hacia su habitación con pasos pesados. Se duchó con agua tan caliente que le enrojeció la piel, como si pudiera quemar las huellas del día. Se puso una camiseta limpia, se sentó en el borde de la cama.

No encendió la luz.

La ventana se abrió sin ruido a las doce y cuarto.

Dante no se movió. Reconoció la forma en que la brisa cambió de dirección, el sonido casi imperceptible de suelas sobre el alféizar. Solo una persona entraba así.

—Si fueras un asesino, ya estaría muerto —dijo Dante a la oscuridad.

—Si fuera un asesino, no habrías oído la ventana. —La voz de Leslie Avis cortó el silencio con precisión quirúrgica. Se materializó desde las sombras como algo que siempre había estado allí.

Dante pudo distinguir su silueta: la postura recta, los hombros relajados pero alertas, el cabello peinado hacia atrás con esa pulcritud obsesiva que lo caracterizaba. Leslie se sentó en la silla junto a la ventana, cruzando una pierna sobre la otra.

—Informe —dijo Leslie.

—Pike usó suero de la verdad. No funcionó. Anderson llegó a tiempo. —Dante hizo una pausa—. Me besó.

La expresión de Leslie no cambió. O tal vez sí, en algún micro-movimiento que la oscuridad devoró.

—¿Información útil de Pike antes de que lo sacaran?

—Carter está moviendo mercancía por Tamaulipas. Marcus lo confirmó.

—Lo sabemos. —Leslie sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta. Un sobre manila, delgado—. El informe de ADN. Alguien lo alteró antes de que llegara a Anderson. Los marcadores genéticos fueron modificados para que coincidieran parcialmente con los de Marcus Yang.

—¿Anderson lo sabe?

—Sospecha. No ha actuado todavía, lo cual es peor. Significa que está esperando el momento adecuado para usar esa información. —La micro-sonrisa de Leslie apareció y desapareció como un parpadeo—. Mientras tanto, sigues vivo. Considéralo un plazo, no un perdón.

Dante dejó caer la cabeza entre sus manos. El peso de las identidades superpuestas —Dante Lam, Dean Yang, agente encubierto, posesión de Anderson, peón en el tablero de Carter— lo aplastaba.

—Leslie.

—¿Sí?

—Quédate hasta que me duerma. Después puedes irte.

El silencio se extendió entre ellos. Dante pensó que Leslie diría que no, que era poco profesional, que comprometía la operación. En cambio, Leslie se levantó de la silla y se sentó en el borde de la cama, a medio metro de distancia.

—Está bien.

Dante se recostó. Cerró los ojos. Sintió los dedos de Leslie deslizarse por su cabello, lentamente, con un cuidado que contradecía todo lo que Leslie representaba. No era un gesto clínico. Era algo que Leslie se permitía solo en la oscuridad, solo cuando Dante no podía verlo.

Los dedos recorrieron su frente, apartaron un mechón. Dante sintió la respiración de Leslie acercarse, el calor de sus labios suspendidos sobre el puente de su nariz, tan cerca que podía sentir el aire tibio contra la piel.

Leslie se detuvo.

—Hay una línea que no se cruza —murmuró, más para sí mismo que para Dante.

Se apartó. Los dedos volvieron al cabello de Dante, manteniendo esa distancia imposible entre la ternura y el deber. Dante no abrió los ojos. Si los abría, Leslie se detendría. Ambos lo sabían.

Minutos después, cuando la respiración de Dante se volvió profunda y regular, Leslie sacó una memoria USB del bolsillo y la dejó sobre la mesita de noche junto a un papel doblado. Tres líneas escritas a mano, con la caligrafía impecable que Dante conocía de memoria:

"Puerto de acceso: terminal 4, oficina norte. Insertar. Noventa segundos. Extraer. No hay margen de error."

Leslie se puso de pie. Miró a Dante dormido durante tres segundos exactos —se los contó, porque Leslie Avis contaba todo lo que no podía controlar—, y salió por la ventana sin hacer ruido.

La brisa nocturna de Ciudad de México entró a llenar el espacio que dejó.

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