Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Cap 1: El enemigo en mi puerta
El teléfono sonó tres veces antes de que Dante lograra encontrarlo entre las sábanas revueltas.
—Señor Valderrama, le recordamos que la hora de checkout es a las doce del día. Son las once cuarenta y cinco.
—Sí, sí, ya voy —gruñó con la voz destrozada, y colgó sin esperar respuesta.
Se quedó boca arriba mirando el techo. Algo estaba mal. Todo estaba mal. Le dolía la cabeza como si le hubieran metido un taladro por la sien izquierda, tenía la garganta seca y un sabor amargo en la lengua que no era solo de alcohol. Pero lo peor —lo verdaderamente alarmante— era el dolor que le trepaba desde la cintura hacia abajo, un ardor sordo, profundo, que no tenía ninguna explicación razonable.
Levantó la sábana.
Su cuerpo parecía un mapa del desastre. Moretones en las caderas, marcas rojizas en el cuello que reconoció como chupetones aunque le costara admitirlo, y un par de rasguños largos que le cruzaban el pecho. Las piernas le temblaban con ese tipo específico de agotamiento muscular que solo conocía después de correr un maratón. Y Dante no había corrido ningún maratón.
"Mierda."
El piso contaba su propia historia. Ropa tirada sin ningún orden: su camisa negra hecha bola junto a la mesita de noche, un cinturón de cuero enredado en una pata de la silla, un par de zapatos que no eran suyos. Y ahí, entre la alfombra y el borde de la cama, tres condones usados alineados como evidencia forense.
Tres.
Dante cerró los ojos con fuerza, como si eso pudiera borrar lo que estaba viendo. El aire acondicionado le rozaba la piel desnuda y un escalofrío le recorrió la espalda. Entonces lo sintió: el peso tibio de otro cuerpo hundiendo el colchón a su lado.
Giró la cabeza.
Y el mundo se detuvo.
Sebastián Montero dormía boca abajo junto a él, con la cara medio enterrada en la almohada y el cabello negro cayéndole sobre la frente. La sábana le cubría apenas hasta la cintura baja, y toda la extensión de su espalda quedaba expuesta: piel morena clara, hombros anchos, y una constelación de arañazos rojos que le bajaban desde los omóplatos hasta las costillas, tan frescos que algunos todavía tenían un borde rosado e hinchado.
Arañazos. Hechos con uñas. Con sus uñas.
—No —dijo Dante en voz alta, como si verbalizarlo pudiera convertirlo en mentira—. No, no, no, no.
Se sentó de golpe en la cama y el movimiento le arrancó un quejido involuntario. Todo el cuerpo le reclamaba, especialmente la parte baja de la espalda, con una insistencia que hacía imposible ignorar exactamente qué tipo de actividad había ocurrido la noche anterior.
Los recuerdos llegaron en fragmentos desordenados, como un reel mal editado.
El bar. Las luces neón del baño. Él apoyado contra el lavabo con cinco tequilas encima, el pelo verde que se había teñido la semana pasada cayéndole sobre los ojos. Y Sebastián Montero —su rival desde la universidad, el hijo de perra que le había robado tres contratos el año pasado, el tipo que lo sacaba de quicio con solo respirar— entrando al baño con esa calma insoportable que siempre cargaba.
"¿Qué haces aquí?", le había preguntado Sebastián, levantando una ceja con esa expresión de superioridad que Dante quería borrarle a puñetazos.
Y Dante, con la lucidez de un borracho que cree que está teniendo la mejor idea de su vida, había sacado su tarjeta negra del bolsillo interior del saco, la había azotado contra el mármol del lavabo, y le había apuntado con el dedo.
"Te voy a mantener, Montero. Tú y tu pinche empresa en quiebra. Voy a ser tu sugar daddy y vas a tener que aguantarme."
Lo había dicho con la misma convicción con la que un borracho jura que puede manejar.
Sebastián no se había reído. Sebastián nunca se reía cuando podía sonreír, que era infinitamente peor.
"Trato hecho."
Y después... después todo era calor, piel, la puerta de un cuarto de hotel, y oscuridad.
Dante se pasó las manos por la cara y jaló su propio cabello con frustración. El pelo verde —que le habían quedado increíble, gracias— estaba hecho un nido de pájaros.
—Carajo, carajo, carajo.
—¿Ya terminaste? —dijo una voz a su lado, tan tranquila que podría haber estado comentando el clima—. Llevas como tres minutos insultándote solo. Es entretenido, pero tenemos que hablar.
Dante volteó. Sebastián ya tenía los ojos abiertos y lo miraba desde la almohada con esa media sonrisa que solo le levantaba el lado izquierdo de la boca, marcándole el hoyuelo que tenía en una sola mejilla. Un hoyuelo. Singular. Como si la genética hubiera querido joder a Dante específicamente diseñando una cara irritantemente atractiva para su peor enemigo.
—No tenemos nada de qué hablar —dijo Dante, levantándose de la cama.
Se arrepintió inmediatamente. Las piernas casi no lo sostuvieron y tuvo que agarrarse del buró para no caerse. Sebastián observó todo el espectáculo sin moverse.
—Tienes un chupetón en la nalga izquierda, por cierto —dijo con la misma tranquilidad—. No sé si lo habías notado.
—¡Cállate!
Dante agarró lo primero que encontró en el suelo —que resultó ser el bóxer de Sebastián— y lo lanzó de vuelta al piso con un gesto de asco. Encontró el suyo debajo de la silla y se lo puso con movimientos torpes mientras intentaba no hacer muecas de dolor.
Sebastián se incorporó lentamente, sentándose en el borde de la cama. La sábana se le deslizó hasta los muslos y Dante apartó la vista con la mandíbula apretada. Montero se estiró con la calma de un gato, y los arañazos de la espalda se le tensaron con el movimiento.
—Entonces —dijo Sebastián, como si estuvieran en una junta de negocios—, ¿a qué hora empezamos con lo del mantenimiento?
—¿Qué?
—Anoche dijiste que ibas a mantenerme. La tarjeta, el discurso, todo. Fue bastante dramático, la verdad. Aprecié la producción.
—Estaba borracho.
—Estabas borracho —concedió Sebastián, inclinando la cabeza—. Pero también estabas muy seguro. Y después subimos, y estuviste todavía más seguro. Tres veces seguro, si quieres ser exactos.
Dante sintió que la sangre se le subía a la cara con tanta fuerza que probablemente combinaba con su pelo.
—Eso no va a pasar. Fue un error. Punto.
Sebastián lo miró un momento largo, con esos ojos oscuros que no revelaban nada, y luego se levantó de la cama sin ninguna prisa por cubrirse. Caminó hasta donde estaba su ropa y empezó a vestirse con movimientos lentos, metódicos.
—De acuerdo —dijo, abotonándose la camisa—. Fue un error. Tú y yo nunca estuvimos aquí. Puedo vivir con eso.
Algo en su tono hizo que Dante entrecerrara los ojos.
—¿Pero?
—Pero si me dejas salir por esa puerta sin cumplir tu palabra, voy a tener que contarle a la gente lo que pasó anoche. Y no me refiero a la parte del bar.
Dante se quedó helado.
—No te atreverías.
—No quiero hacerlo —dijo Sebastián, y por un instante, solo un instante, su expresión pareció genuina—. Pero estoy en quiebra, Dante. Literal. Mi empresa se fue al carajo y tengo acreedores que me van a comer vivo. Tu oferta, borracha o no, es lo único interesante que me ha pasado en semanas. Así que o cumples, o me convierto en un problema mucho más grande que un dolor de espalda baja.
El silencio duró exactamente cuatro segundos. Dante los contó.
—Perfecto —dijo entre dientes—. Quieres jugar así, vamos a jugar. Pero bajo mis reglas.
Sebastián se cruzó de brazos, esperando.
—Primera: nadie sabe de esto. Si alguien pregunta, tú y yo no somos nada. Segunda: yo decido cuánto, cuándo y cómo. Tercera —levantó un dedo con énfasis—, si alguien, quien sea, llega a insinuar algo sobre lo de anoche, la versión oficial es que yo fui el de arriba. ¿Entendiste? Yo. Arriba.
Sebastián parpadeó.
Y entonces sonrió.
No la media sonrisa. La sonrisa completa. La que le marcaba el hoyuelo de la mejilla izquierda como una puñalada perfecta.
—¿La versión oficial? —repitió, saboreando cada sílaba—. ¿Quieres que le diga a la gente que tú me cogiste a mí?
—Exactamente.
—A pesar de que... —Sebastián bajó la mirada hacia Dante con una lentitud calculada, deteniéndose en su postura rígida, en la forma en que se había sentado en el borde de la silla en vez de estar de pie, en cómo no había dejado de cambiar el peso de una pierna a otra— ...la evidencia física sugiere lo contrario.
—La evidencia física no va a hablar.
—No, pero yo sí podría. —Sebastián dio un paso hacia él, y Dante retrocedió por instinto hasta que la pared le golpeó la espalda—. ¿Quieres que cuente cómo temblabas? ¿Que no podías ni hablar al final? ¿Que me pediste que no parara? Di que soy muy bueno, Dante. Di que te dejé temblando.
La voz de Sebastián era baja, controlada, casi íntima, y le pasó por la piel como una corriente eléctrica. Dante apretó los puños tan fuerte que las uñas —las mismas que habían dejado esos arañazos— se le clavaron en las palmas.
—Yo no te pedí nada —siseó.
—Tres veces —dijo Sebastián, levantando tres dedos frente a su cara—. No me pediste nada tres veces.
Dante lo empujó por el pecho con ambas manos. Sebastián ni siquiera se tambaleó. Solo dio un paso atrás con elegancia, como si hubiera decidido moverse por voluntad propia.
—Voy a matarte —dijo Dante con absoluta sinceridad.
—Primero el contrato, después el homicidio. Prioridades.
Dante cruzó la habitación hasta su saco, tirado sobre el respaldo de un sillón, y sacó su cartera. La tarjeta negra estaba ahí, brillante y pesada como siempre. La misma tarjeta que había azotado borracho contra el lavabo de un baño la noche anterior como un idiota con delirios de grandeza.
La aventó sobre la cama.
—Quinientos mil pesos. Es el límite mensual. No me pidas más. No me llames. No me busques. Si necesitas algo, mandas mensaje y yo decido si contesto. Y si en algún momento se te ocurre abrir la boca sobre lo de anoche, te juro por mi madre que te destruyo. ¿Quedó claro?
Sebastián recogió la tarjeta con dos dedos, la examinó por ambos lados y se la guardó en el bolsillo de la camisa con la naturalidad de quien guarda una servilleta.
—Clarísimo —dijo—. Una cosa más.
—¿Qué?
—¿Incluye seguro social?
El cerebro de Dante tardó dos segundos en procesar la pregunta. Cuando lo hizo, algo detrás de sus ojos se rompió.
—¡LÁRGATE!
—Es una pregunta válida. Las prestaciones de ley...
—¡QUE TE LARGUES, MONTERO!
Sebastián agarró sus zapatos y caminó hacia la puerta con la misma calma con la que había hecho todo esa mañana. En el umbral se detuvo, giró la cabeza y le dedicó una última mirada por encima del hombro. El hoyuelo de la mejilla izquierda. Siempre el maldito hoyuelo.
—Fue un placer hacer negocios contigo, Dante —dijo, y cerró la puerta detrás de él.
Dante agarró la almohada más cercana y la estrelló contra la pared. Luego la otra. Luego el control remoto de la televisión. Se quedó parado en medio de la habitación, jadeando, con el pelo verde cayéndole sobre los ojos y todo el cuerpo ardiéndole de una combinación de furia, vergüenza y algo más que se negaba a nombrar.
Afuera, en el pasillo del hotel, Sebastián Montero caminó hacia el elevador con las manos en los bolsillos. Adentro del izquierdo, sus dedos rozaban el borde de la tarjeta negra.
Quinientos mil pesos al mes. Nada mal para una noche de trabajo.
La sonrisa se le borró cuando las puertas del elevador se cerraron y se quedó solo con su reflejo. Por un segundo —solo uno— la compostura perfecta se agrietó. Algo oscuro y cansado le cruzó la mirada, algo que Dante no había visto y que Sebastián no tenía intención de mostrarle.
Sacó su teléfono. La pantalla mostraba diecisiete llamadas perdidas, todas del mismo número. Todas de un abogado cuyo nombre aparecía junto a una sola palabra en el último mensaje:
"Embargo."
Sebastián guardó el teléfono, se acomodó el cuello de la camisa para cubrir el chupetón que le marcaba la clavícula, y cuando las puertas se abrieron en la planta baja, la sonrisa ya estaba de vuelta.
Perfecta. Impenetrable. Ensayada.
Como si no le costara nada en absoluto.