⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 13
...AITANA ...
El silencio en el comedor era tan incómodo que quería desaparecer.
Lo único que sonaba era el choque metálico y torpe del tenedor de Henrry contra el plato, mezclado con la respiración pesada que le delataba la resaca.
Ahí estaba él, sentado a nuestra mesa como si tuviera algún derecho de estarlo.
Anoche llegó hecho un demonio, gritándome y reclamándome cosas sin sentido, para después desmoronarse en un patético llanto pidiéndome perdón.
Estaba tan borracho que apenas podía mantenerse en pie. Me dio verdadero pánico dejarlo irse así, sabiendo que se iba a matar en el carro o a matar a alguien más en el camino, así que no me quedó de otra que dejarlo quedarse.
Ahora, la factura de esa decisión la estábamos pagando todas.
A su lado, mi mamá ni siquiera tocaba su café. Mantenía la espalda rígida como una vara, fijando en Henrry una mirada helada que prometía una tormenta en cuanto el tipo cruzara la puerta. A mi otro lado, Paola, jugaba nerviosa con el borde de su servilleta, clavando los ojos en su plato sin atreverse a subir la vista, sintiendo la tensión sofocante que se sentía en el comedor.
Henrry se pasó una mano temblorosa por la cara, despeinándose el cabello. Se notaba a leguas que no encajaba en nuestra casa, pero lo peor no era su aspecto miserable, sino la incomodidad aplastante que nos tenía a todas con el estómago encogido.
—Aitana… ¿tienes algo para el dolor de cabeza? —siguió Henrry, pasándose de nuevo la mano por la cara, completamente ajeno —o ignorando a propósito— el aire sofocante de la mesa.
—En el botiquín del baño hay analgésicos —le contesté con la voz más fría y neutra que pude proyectar, evitando cruzar miradas con él.
Mi mamá soltó un suspiro pesado, un sonido cargado de desaprobación que resonó en todo el comedor. Dejó la taza de café sobre el plato con un golpe seco, suficiente para hacer saltar a Paola en su asiento.
—Paola, termina rápido que se te va a hacer tarde para el trabajo —dijo mi mamá, rompiendo por fin el hielo.
—Ya terminé, ma —murmuró mi hermana de inmediato. Se levantó de la silla casi en cámara lenta, tomó su bolso y su plato a toda prisa, lanzándome una mirada de auxilio antes de desaparecer hacia la cocina.
Henrry pareció notar por fin la hostilidad que flotaba en el ambiente. Se acomodó en la silla, enderezando la espalda con torpeza mientras intentaba componer esa postura de hombre importante que le salía tan natural cuando no estaba ahogado en alcohol.
—Señora, lamento las molestias de anoche —empezó a decir, carraspeando para aclarar su voz rasposa—. No fue mi intención interrumpir en su casa de esa manera, pero…
—No se preocupe, Señor Montenegro —lo cortó mi mamá en el acto, mirándolo de frente con una serenidad implacable que daba más miedo—. Lo importante es que no tuvo un accidente en la carretera. Pero mi hija no es su paño de lágrimas ni su refugio de emergencia cuando decide perder el control.
Sentí un vacío en el estómago. Henrry se sintió algo apenado, había entendido que no era bienvenido en esta casa.
Me miró a mí, esperando que dijera algo para defenderlo o para suavizar el ambiente, pero me quedé en silencio, manteniendo la vista fija en mi taza de café.
—Aitana —murmuró él, esta vez en un tono más bajo, casi demandante—. Necesito que hablemos a solas.
Mi mamá no dudó un segundo. Agarró su bolso y, tras lanzarme una última mirada llena de advertencia, salió de la casa detrás de Paola, cerrando la puerta con fuerza.
El eco del portón al cerrarse retumbó en el comedor, dejándonos a Henrry y a mí en un silencio tenso y sofocante.
Henrry dejó caer los hombros, deshaciéndose por completo de esa postura rígida que intentaba mantener. Se pasó las manos por la cara con frustración y bajó la vista hacia la mesa antes de mirarme directamente a los ojos.
—Aitana, de verdad lo siento... —murmuró, y por primera vez en toda la mañana su voz sonó sincera, despojada de ese ego insoportable—. Sé que anoche fui un desastre, pero es que no puedo más. Te extraño. Te extraño demasiado, Aitana.
Lo quedé mirando fijo, sintiendo cómo se me apretaba el pecho, pero mantuve la expresión completamente dura.
—Bueno —le solté en un tono seco, plano.
Él parpadeó, desconcertado por mi frialdad.
—¿"Bueno"? —repitió, entreabriendo los labios—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—¿Y qué quieres que te diga, Henrry? —solté una risa amarga, apoyando los codos sobre la mesa para encararlo—. ¿"Intentémoslo de nuevo"? ¿Que ahora no solo sea la madrastra de tus hijos sino también tu amante? Estás loco. De verdad ya perdiste la cabeza.
Henrry negó rotundamente con la cabeza, estirando la mano sobre la mesa en un intento desesperado por tocar la mía, aunque me aparté de inmediato.
—¡No estoy con Norma! —exclamó con rabia y desesperación en la voz—. ¡No estoy con ella! Entiéndelo, solo sigo ahí por mi hijo... pero a la que quiero es a ti.
Me puse de pie de golpe, encarándolo con toda la frialdad de la que fui capaz.
Se me acabó la paciencia.
—¿Tu hijo, Henrry? No me hagas reír —dije, bajando la voz a un tono peligroso y firme—. No metas a tu hijo de escudo para no hacerte cargo del desastre que es tu vida. Aceptaste a Norma de vuelta en tu casa, compartes techo con ella y pretendes que yo me quede en las sombras esperando a que te me dé la gana de tomarme en serio. Es patético. Se acabó, entiéndelo bien: entre tú y yo no hay absolutamente nada más. Ni como novia, ni como nada.
La mandíbula de Henrry se tensó tanto que los músculos le temblaron. El intento de disculpa se le evaporó del rostro en un segundo, sustituido por esa furia que le salía cada vez que le tocaban el orgullo. Se levantó bruscamente de la silla, haciendo que esta se arrastrara con un chirrido horrible contra el piso.
—¡Haz lo que se te dé la gana, Aitana! —bramó, clavándome la mirada—. Claro, como siempre, la perfecta Aitana lavándose las manos. Ya veo que es completamente inútil intentar llegar a algo contigo... ¡siempre ha sido así! Eres inflexible, calculadora y no te importa un carajo todo lo que he hecho por ti.
—¿Lo que has hecho por mí? —solté una carcajada amarga, dando un paso hacia él sin dejarme amedrentar por su tamaño—. ¡Por favor! Todo lo que haces es por ti y por tu maldito ego. Viniste a mi casa ebrio, a montar un espectáculo frente a mi familia, ¿y pretendes que te reciba con los brazos abiertos? ¡Estás demente!
—¡Vine porque me importas, carajo! —gritó él, golpeando la mesa con la palma de la mano, haciendo que las tazas vibraran—. Pero a ti nunca nada te alcanza. Te encanta hacerte la víctima y ponerme a mí como el villano de la historia.
—¡Es que eres el villano de la historia, Henrry! —le grité en la cara, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta—. No le pones límites a tu familia, no dejas ir a Norma, no me dejas en paz a mí... ¡No sabes qué mierda hacer con tu vida y quieres arrastrarme contigo al hoyo! Así que agarra tus cosas y lárgate de mi casa ahora mismo.
—¡No me voy a ir a ninguna parte hasta que me escuches! —rugió Henrry, dándole un paso encima.
—¡Que te largues de mi casa! —le grité, empujándolo del pecho con todas mis fuerzas para apartarlo de mí.
Pero Henrry ni se movió. La diferencia de fuerza era aplastante. Me agarró de las muñecas de un tirón, apretando con rabia mientras yo forcejeaba desesperada para soltarme, clavándole las uñas en los brazos y retorciéndome para liberarme.
El ambiente en la sala se volio horriblemente denso, cargado de la adrenalina de la pelea, la frustración acumulada y esa atracción tóxica que nunca lográbamos apagar por completo.
—Suéltame, Henrry... ¡suéltame! —jadeé, sintiéndome acorralada contra la pared del pasillo.
—Mírame, Aitana... —exigió él, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos por la rabia y el deseo—. Mírame y dime en la cara que realmente no me quieres cerca de ti.
Abrí la boca para escupirle otra maldición, pero se abalanzó y me estampó la boca en un beso brusco, desesperado, lleno de furia y posesión.
Un beso que empezó como un castigo y que, en cuestión de segundos, hizo que se me quebrara toda la resistencia.
El choque del dolor, el rencor y esa familiaridad peligrosa que nos conectaba hizo estallar algo violento dentro de mí.
Solté un gemido ahogado contra sus labios y, en lugar de empujarlo, lo agarré del cuello de la camisa con ferocidad, tirando de él hacia mí mientras él me alzaba del suelo por los muslos, pegándome del todo a la pared sin romper el contacto de nuestras bocas.
La discusión se convirtió en una entrega rabiosa e inevitable en mitad del pasillo.