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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

La bomba

La última calle de Suriya olía a cable quemado y a polvo de concreto.

Valentina aceleró la moto entre los escombros, esquivando un colchón reventado que alguien había arrojado desde un balcón. El motor tosía cada vez que pasaba sobre los baches, pero seguía respondiendo. Era su último día en Alepo. Su último día en Levante. Mañana a esta hora estaría en un avión de regreso a casa, con tres meses de material filmado y el zumbido de los bombardeos todavía pegado a los tímpanos.

Frenó en una intersección vacía. A la derecha, la fachada de un edificio mostraba los pisos como capas de un pastel cortado a la mitad: una cocina con la olla todavía en la estufa, un baño con la cortina de plástico ondeando al viento. Tres días atrás, alguien vivía ahí. Valentina había aprendido a no pensar en eso. Tres meses de guerra le habían enseñado a mirar sin imaginar, a filmar sin preguntar quién dormía en esa cama, quién cocinaba en esa olla. Si se lo preguntaba, no podía sostener la cámara.

Sacó el teléfono para tomar una foto. Encuadró la fachada reventada contra el cielo naranja de la tarde. El pie izquierdo bajó al suelo para equilibrar la moto.

El clic fue distinto al de la cámara.

Metálico. Seco. Debajo de su bota.

Valentina dejó de respirar. Bajó la mirada. La suela de su bota presionaba una placa de metal oxidado, del tamaño de un plato, semienterrada entre cascajo y arena. Un cable delgado salía del borde y desaparecía bajo los escombros.

No movió el pie. No podía mover el pie.

Un pitido comenzó a sonar —agudo, constante, como el de un monitor cardíaco en una sala de urgencias—. Venía de abajo.

"Si levanto el pie, explota."

La certeza le atravesó el cuerpo como una descarga eléctrica. Las piernas le temblaban, pero el pie izquierdo seguía clavado en la placa. La moto se inclinó hacia un lado y cayó al suelo con un golpe sordo que levantó una nube de polvo. Valentina no se movió. No miró la moto. No miró la calle. Miraba su propia bota contra la placa de metal y sentía cada latido del corazón en la planta del pie, como si el pulso pudiera detonar el mecanismo.

Una gota de sudor le bajó por la sien y se quedó colgando de la mandíbula. No se la limpió.

El pitido se aceleró.

—¡No muevas el pie!

La voz vino de arriba. Valentina levantó la cabeza. En el segundo piso del edificio destripado, en el hueco de lo que alguna vez fue una ventana, había un hombre. Chaleco táctico, guantes negros, pasamontañas que le cubría todo el rostro excepto los ojos.

Los ojos más oscuros que había visto en su vida.

—¿Me escuchas? —repitió él, con un acento que reconoció al instante. Latinoamericano. El español le salía limpio, sin titubeos—. Es un dispositivo de presión. Mientras tu pie esté sobre la placa, el temporizador avanza pero no detona. Si levantas el pie, se activa el mecanismo principal. ¿Entiendes?

Valentina asintió. La garganta se le había cerrado.

—Voy a bajar. No te muevas.

Él desapareció de la ventana. Valentina escuchó sus botas en la escalera destrozada, el crujido de los peldaños rotos, una pieza de concreto cayendo. El pitido seguía. Más rápido. Cada vez más rápido.

"¿Cuánto tiempo? ¿Treinta segundos? ¿Un minuto?"

Apretó los puños. Los nudillos le ardían por la fuerza.

Él apareció a su lado. De cerca era más alto de lo que había parecido desde la ventana —le sacaba una cabeza entera—. Olía a sudor, a metal y a algo que podría ser pólvora. Se arrodilló sin vacilar junto a su bota, sacó un cuchillo corto del chaleco y empezó a apartar los escombros alrededor de la placa con movimientos rápidos pero precisos. Como si hubiera hecho esto cien veces. Como si el pitido no existiera.

Valentina observó sus manos. Incluso a través de los guantes, se notaba la seguridad de cada gesto. Los dedos no temblaban. Los suyos, en cambio, estaban agarrotados contra sus propios muslos.

—Soy corresponsal de Canal 7 —dijo Valentina, sin saber por qué lo decía. Quizá necesitaba que alguien supiera quién era antes de volar en pedazos.

—Ya lo sé —respondió él sin levantar la vista. Con la punta del cuchillo levantó una esquina de la placa, dejando expuesta una caja verde del tamaño de un puño—. La moto tiene una calcomanía de prensa. Y ningún civil se mete solo en esta zona.

Los dedos enguantados abrieron la caja. Adentro, un nudo de cables —rojo, blanco, verde— rodeaba un cilindro metálico del que salía el pitido. Valentina podía sentir la vibración a través de la suela de la bota, subiendo por el tobillo, la pantorrilla, la rodilla.

—Hay un sensor de gravedad debajo del cilindro —dijo él, más para sí mismo que para ella—. Si desconecto el cable rojo, libero la placa. Pero necesito neutralizar el sensor primero, o la vibración del cambio de peso lo activa.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Él levantó la vista por primera vez. Los ojos oscuros se fijaron en los de ella. Sin pánico. Sin prisa. Con una calma que no tenía ningún derecho de existir en este momento.

—El suficiente.

Sacó una herramienta pequeña del bolsillo del chaleco —una especie de pinza con punta de aguja— y la introdujo en el mecanismo. El pitido cambió de frecuencia. Se volvió intermitente. Más lento. Más lento.

Se detuvo.

—Desactivé el sensor de gravedad —dijo—. Cuando te diga, levantas el pie y corres. No mires atrás. ¿Entendiste?

—¿Y tú?

—Yo voy a cortar el cable rojo. Eso desactiva el temporizador, pero a veces el corte genera una chispa residual en el detonador secundario. Si eso pasa, tenemos cinco segundos.

—Cinco segundos para qué.

—Para correr.

Valentina tragó saliva. Él sujetó la pinza sobre el cable rojo con la mano izquierda. Con la derecha, se aferró al antebrazo de ella.

—Ahora.

Cortó.

Un chasquido seco. Luego otro sonido —un zumbido grave, subterráneo, que Valentina sintió más en los huesos que en los oídos—. La placa tembló bajo su bota.

—¡Corre!

Valentina levantó el pie y él la jaló del brazo con tanta fuerza que los pies de ella dejaron de tocar el suelo por un instante. Corrieron. La mano de él sujetaba su muñeca —firme, caliente, enguantada—. Los escombros crujían bajo sus botas. Valentina no sabía hacia dónde iba, solo seguía el tirón de su brazo, el ritmo de su respiración, el golpe de sus pasos.

A los tres segundos, él la empujó al suelo detrás de un muro bajo de concreto y la cubrió con su cuerpo. La espalda de él contra el cielo. Los brazos formando un arco sobre la cabeza de ella.

La bomba estalló.

El muro tembló. Valentina sintió la onda expansiva como un puñetazo en el pecho, un rugido que le llenó los oídos y le robó el aire. Fragmentos de metal y piedra llovieron sobre ellos. Algo golpeó el chaleco de él con un sonido seco —tac, tac, tac— como granizo sobre un techo de lámina. Polvo. Polvo en los ojos, en la boca, en la nariz. Todo se volvió gris.

Silencio.

No. No era silencio. Era el zumbido después de la explosión, esa frecuencia aguda que reemplaza todos los sonidos del mundo.

Valentina abrió los ojos. Él seguía encima de ella, con los brazos tensos a los lados de su cabeza. Respiraba. Los ojos oscuros la miraban a través de una máscara de polvo.

—¿Estás bien? —preguntó. La voz le llegó amortiguada, como desde el fondo de un pozo.

—Creo que sí.

Él se incorporó. Le ofreció la mano. Valentina la tomó y se levantó. Las rodillas le fallaron; él la sostuvo por el codo hasta que recuperó el equilibrio. Le dolía todo. Los hombros, la espalda, las costillas donde la onda expansiva la había golpeado. El sabor del polvo le raspaba la lengua. Pero estaba viva. El corazón le latía tan rápido que casi dolía, pero latía.

—No deberías andar sola por esta zona —dijo él. No era un reproche; era un dato.

—Lo sé.

Él asintió. Señaló con la cabeza hacia el sureste.

—El convoy de evacuación está a ocho cuadras en esa dirección. Si cortas por el callejón detrás de ese muro, llegas en diez minutos. No te desvíes.

Valentina quiso preguntarle cómo sabía dónde estaba el convoy, quién era, a qué unidad pertenecía. Pero la voz no le salió. Él ya estaba revisando su chaleco, tocando los bolsillos como quien repasa una lista mental. Profesional. Distante.

Entonces Valentina miró hacia abajo. En su muñeca izquierda —la misma que él había sujetado para correr— había una pulsera de hilo rojo. Trenzada, delgada, gastada por el uso. No era suya. Se la había arrancado a él sin darse cuenta, en el tirón de la huida. El nudo se había deshecho y ahora colgaba, enrollada entre sus dedos como si siempre hubiera estado ahí.

Levantó la vista para decírselo.

Pero él ya se estaba alejando. Caminaba entre los escombros con la misma calma con la que había desactivado la bomba. Como si la explosión no hubiera ocurrido. Como si ella fuera una más de las cosas que había salvado hoy y mañana ya no recordaría.

—¡Espera! —gritó Valentina.

Él no se detuvo. La silueta desapareció detrás de un edificio sin techo, y luego no hubo nada. Solo la calle destrozada, el esqueleto de la moto volcada, y el polvo asentándose en el aire como nieve sucia.

Valentina se quedó de pie en medio de la calle. La pulsera roja le colgaba de la muñeca. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las yemas de los dedos.

No sabía su nombre. No sabía su cara. Solo tenía sus ojos —oscuros, firmes, imposiblemente tranquilos— y este hilo rojo que no le pertenecía.

Y la certeza absurda, irracional, de que tenía que encontrarlo.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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