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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Capítulo 9: Alérgica Al Veneno

Damián Montero no se acercó.

Eso debió tranquilizar a Valentina.

No lo hizo.

Desde que él entró al salón, el Palacio del Gran Alfa parecía tener otro centro de gravedad. Las risas seguían, las copas chocaban, los Alfas menores seguían inclinándose ante quien convenía, pero una parte invisible de la sala giraba alrededor de aquel hombre de abrigo negro y ojos dorados.

Valentina volvió la vista a su plato.

Sebastián eligió ese momento para sentarse a su lado.

—La gente está mirando —dijo en voz baja.

—La gente siempre mira.

—Entonces ayuda a que vean algo correcto.

Antes de que ella pudiera apartar el plato, Sebastián tomó los cubiertos de servicio y colocó sobre su vajilla una porción de cordero en salsa oscura. La carne estaba brillante, tierna, perfumada con laurel, chile ancho y especias tostadas. Varias Lunas de mesas cercanas habían elogiado el platillo.

Valentina se quedó inmóvil.

Laurel.

Sofía, detrás de ella, inhaló apenas.

Sebastián sonrió hacia un Alfa que pasaba cerca.

—Mi esposa necesita recuperar fuerzas —dijo con voz suficiente para ser escuchado—. Come, Valentina.

El gesto era perfecto.

El esposo atento. La esposa obediente. La familia Reyes intacta bajo las luces del palacio.

Valentina miró la carne. Tres años y él no sabía. O no recordaba. Una vez, al inicio del enlace de curación, había tenido una reacción leve a una infusión con laurel. Lucía lo anotó. Sofía lo anotó. Valentina lo anotó en una libreta que Sebastián nunca abrió.

En una mesa cercana, Catalina observaba con los Brazaletes de la Luna brillando en las muñecas.

Valentina tomó un bocado pequeño.

La salsa le quemó la lengua antes de tragar.

—Así —murmuró Sebastián—. No era tan difícil.

No.

Morir en silencio nunca había sido difícil para las mujeres de esa casa. Lo difícil era dejar de hacerlo.

Valentina tomó un segundo bocado, más pequeño que el primero, y dejó los cubiertos.

—Suficiente.

Sebastián no perdió la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron.

—Apenas comiste.

—No tengo hambre.

—Valentina.

Su nombre, en esa voz, sonaba a advertencia.

Ella sostuvo la servilleta contra los labios. Ya sentía el primer ardor. Una hinchazón sutil, interna, en la boca. La garganta todavía estaba abierta, pero el cuerpo había reconocido el enemigo.

—No voy a comer más.

Al otro extremo del salón, Damián Montero sostenía una copa sin beber.

Emilio Lara le hablaba en voz baja sobre una frontera, un informe, una deuda militar pendiente. Damián escuchaba. O parecía escuchar. Su mirada recorría el salón con la precisión de un lobo que detecta movimiento entre árboles.

Se detuvo en Valentina.

No en su vestido. No en Sebastián. En su boca.

Los labios de la mujer se habían enrojecido de forma irregular. Una mano apretaba la servilleta. Su respiración era medida, demasiado medida para alguien sentado en un banquete.

—Mi Rey Alfa —dijo Emilio.

Damián movió apenas la copa.

—Continúa.

Pero su lobo ya no estaba escuchando a Emilio.

Marco Ávila, sentado un paso detrás, siguió la dirección de aquella mirada y vio a la mujer de Reyes bajar la servilleta con demasiado cuidado. No preguntó nada. Con Damián, las preguntas inútiles solían morir antes de nacer.

Valentina sobrevivió al resto de la cena con agua fría y la espalda recta.

En la carroza de regreso, la picazón se volvió fuego.

Sebastián subió frente a ella, cansado y molesto. Afuera, los cascos de los caballos golpeaban el camino de piedra. Sofía viajaba en el asiento trasero con los puños cerrados sobre el regazo.

Valentina esperó hasta que dejaron atrás las puertas del palacio.

Entonces se subió la manga.

La piel del antebrazo estaba cubierta de ronchas rojas, elevadas, extendiéndose desde la muñeca hasta el codo. La luz de la lámpara de la carroza las hacía parecer quemaduras.

Sebastián se inclinó.

—¿Qué es eso?

—Laurel.

Él tardó demasiado en entender.

—¿Eres alérgica?

Sofía soltó una risa sin alegría.

Valentina se bajó la manga con calma.

—Sí.

—¿Por qué no lo dijiste?

La pregunta quedó entre ambos como un animal muerto.

Valentina lo miró.

—¿Cuándo preguntó?

Sebastián abrió la boca. No salió nada.

—No terminé el plato porque no quería morir en la mesa del Gran Alfa —continuó ella—. No porque quisiera humillarlo.

—Yo no sabía.

—Eso ya lo sé.

No había reproche en su voz. Esa era la peor parte. Sebastián habría preferido lágrimas, enojo, cualquier cosa que le permitiera responder con autoridad. La calma de Valentina lo dejaba sin lugar donde poner su defensa.

Por primera vez, sintió que algo se alejaba.

No era amor. Él no podía llamarlo así. Era más pequeño y más incómodo: la certeza de que Valentina siempre estaría donde él la dejara. Que resistiría. Que cubriría los huecos. Que volvería a mirarlo, aunque fuera con tristeza.

Ahora lo miraba como se mira una puerta ya cerrada.

—Mañana enviaré un sanador —dijo.

—No hace falta.

—No seas orgullosa.

—No es orgullo. Es experiencia. Cuando necesité uno, no llegó.

La carroza siguió avanzando.

En otra parte de la ciudad, semanas atrás, Lucía había esperado bajo la lluvia frente a una puerta lateral de Hacienda Montero.

No llevaba ropa de gala. No llevaba carta de presentación de ninguna manada. Solo una carpeta con contratos comerciales, una bolsa de monedas y la desesperación cuidadosamente escondida bajo una voz práctica.

Emilio Lara fue quien la recibió.

—Solano Holdings pidió una audiencia comercial —dijo él, revisando el sello del documento—. A esta hora.

—El negocio no puede esperar.

—¿Qué negocio?

Lucía levantó los ojos.

—La vida de Valentina Solano.

Emilio no cambió de expresión, pero la llevó adentro.

Damián Montero escuchó todo sin interrumpir. La fiebre. Los sanadores bloqueados. La herida de la sien. El cachorro de Catalina atendido primero. Lucía habló rápido, con precisión, sin pedir piedad hasta el final.

—No vengo en nombre de Hacienda Reyes —dijo—. Vengo en nombre de una mujer que no sabe que necesita ayuda de usted.

Damián permaneció en silencio tanto tiempo que Lucía pensó que había fracasado.

Luego abrió un gabinete privado y sacó un frasco oscuro.

—Tres gotas —dijo—. Si le das cuatro, su corazón no lo resistirá.

Lucía tomó el frasco.

—¿Cuánto cuesta?

Los ojos dorados de Damián no se movieron.

—Su vida, por ahora, la anoto yo.

Valentina no supo nada de eso cuando volvió a Hacienda Reyes.

Solo supo que tenía la boca hinchada, el cuerpo cansado y una claridad nueva en la cabeza.

—Sofía.

—Sí, mi señora.

—Ve a la cocina.

Sofía pareció prepararse para otra instrucción amarga.

—¿Qué necesita?

—Caldo de pescado. Con cilantro. Sin laurel.

Los ojos de Sofía se llenaron de lágrimas tan rápido que tuvo que girarse.

—Ahora mismo.

El caldo llegó humeante, sencillo, con trozos de pescado blanco, arroz suave y limón al lado. Valentina lo sostuvo entre las manos. Durante tres años no lo había pedido porque Sebastián odiaba el olor del pescado. Ella había cambiado cenas, infusiones, horarios, gustos y silencios alrededor de un hombre que no sabía nombrar su alergia.

Tomó la primera cucharada.

Luego otra.

No comió por deber. No por imagen. No para sanar a nadie.

Comió porque quería.

Cuando terminó el tazón, dejó la cuchara con cuidado.

—Desde ahora —dijo—, voy a comer lo que yo quiera.

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Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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