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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 22

Capítulo 22 — Con buena intención

Melina, recobrada del susto, señaló a Adrián y le gritó:

—¿Cómo te atreves, un simple soldado, a golpear al señor Mora? ¿De dónde sacaste tanto valor?

La mirada gélida de Adrián se clavó en ella. Sin responderle, llamó hacia la puerta con voz cortante:

—Rafael.

No golpeaba a mujeres, pero eso no significaba que fuera a dejarla en paz.

Bajo esa mirada, a Melina le recorrió un escalofrío. ¿Quién era ese hombre? Daba verdadero miedo.

Rafael entró a paso firme, vestido de negro, seguido de varios hombres igualmente uniformados de oscuro. Un gesto suyo bastó para que sometieran a los tres Cruz y los pusieran de rodillas en fila. A Mora también lo levantó como a un pollo y lo dejó arrodillado junto a Genaro.

Mora, sujetándose el brazo roto, rugió entre muecas de dolor:

—¡Un soldado atreviéndose a ponerme la mano encima! ¿Sabes quién soy yo? Me las vas a pagar.

Adrián bajó la vista un instante hacia la mujer que tenía en brazos y luego miró a los cuatro arrodillados, con la voz sombría:

—Me llamo Adrián Guerrero. El esposo de Amelia Cruz.

—¿A-Adrián… Guerrero? —Mora se sobresaltó de golpe—. ¿Qué relación tienes con los Guerrero?

Hacía un par de días había oído que doña Leonor le había cedido el Grupo Guerrero a su principal heredero, y creía recordar que se llamaba, precisamente, Adrián.

Los Guerrero tenían la capital en un puño. Al oír aquel apellido, Genaro también lo miró aterrado. ¿No tendría de verdad algo que ver con ellos? Y encima, Amelia se había casado con él.

Adrián no respondió de frente. Solo dijo, glacial:

—Qué relación tenga yo con los Guerrero no es asunto tuyo.

Cintia soltó una risita.

—Imposible que tenga que ver con los Guerrero. Si es un soldado muerto de hambre.

Al oír a esa mujer difamar a su jefe, Rafael tomó un trapo del sofá y se lo metió en la boca para hacerla callar.

—¡Cintia! —Melina, viendo a su hija así tratada, se le llenaron los ojos de angustia y le gritó a Amelia, alzando la voz—: ¡Amelia, no te hagas la muerta! Dile ya a tu hombre que nos suelte, o llamo a la policía.

Amelia frunció el ceño. La droga ya hacía efecto; sentía todo el cuerpo como mordido por hormigas. Aferró la camisa de Adrián a la altura del pecho y murmuró:

—Me siento muy mal.

Al verla así, el rostro de Adrián se ensombreció aún más. Adivinó lo que le habían hecho.

Su mirada cayó sobre Genaro y Melina. Con la yema del pulgar acarició el anillo del dedo anular y pronunció, palabra por palabra:

—Soy un hombre de naturaleza fría y de los que protegen sin límite lo suyo. Cada gota de daño que hoy ha recibido mi esposa, me la van a devolver multiplicada. ¿No querían llamar a la policía? Los ayudo.

Y le ordenó a Rafael:

—Cuando terminen, entrégalos a la policía.

Dicho esto, se inclinó, alzó a Amelia en brazos y se marchó.

Los cuatro, obligados a permanecer de rodillas, vieron alejarse la espalda de Adrián con la piel erizada de sudor frío, y miraron temblando a Rafael.

Al poco, la mansión se llenó de alaridos de dolor.

...

Adrián llevó a Amelia al auto, la acomodó en el asiento del acompañante y le abrochó el cinturón. Cuando iba a cerrar la puerta, ella todavía le aferraba el borde de la ropa sin soltarlo.

Adrián se detuvo, le desprendió la mano con delicadeza y dijo con dulzura:

—No tengas miedo. Vamos a casa.

Amelia alzó los ojos anegados en lágrimas. Tenía las mejillas encendidas y murmuró, con la conciencia nublada:

—Tengo mucho calor.

—Aguanta un poco. Tranquila.

Adrián cerró la puerta, se sentó al volante y arrancó a toda velocidad.

Al llegar al departamento del cerro, Nicolás Ríos ya esperaba en la puerta. El Dr. Nico era médico del hospital de la familia y, además, su médico de cabecera. Echó una mirada a la mujer en brazos de Adrián. Con que era la esposa secreta de su amigo; con razón le había pedido que acudiera a toda prisa.

Adrián la llevó a su habitación y la recostó en la cama. Luego se volvió hacia el Dr. Nico.

—Tiene la mano herida. Y le dieron esa clase de droga.

El médico se acercó y frunció el ceño.

—¿Quién se atrevió a darle a tu esposa una sustancia así?

—Su padre.

Aquellas dos palabras sonaron heladas.

El Dr. Nico volvió a mirar a Amelia, atónito. Que un padre tratara así a su propia hija era ser peor que una bestia.

—Primero le curo la herida. Pero contra esa droga, con las agujas solo puedo atenuar el efecto; no eliminarlo del todo.

Adrián frunció el entrecejo.

—¿Qué quieres decir?

Conocía de sobra la destreza del Dr. Nico. Si él decía que no podía, ningún otro médico podría.

El Dr. Nico no respondió. Se sentó al borde de la cama, le aplicó con rapidez unas agujas, le limpió la herida y se la vendó con gasa. Todo en menos de diez minutos.

Al terminar, se puso de pie y dijo despacio:

—El efecto ya está más débil, pero ella va a seguir sintiéndose muy mal. Si quieres liberarla por completo de la sustancia… creo que sabes qué hay que hacer.

Tras una pausa, añadió:

—O puedes meterla en agua fría; también le aliviará el malestar.

Salió de la habitación, recorrió con la vista el reducido departamento y le palmeó el hombro a Adrián con doble intención:

—Amigo, esta casa es más chica que la cocina de tu mansión y aquí vives tú. Cuánto sacrificio. No me acompañes, me voy.

Si no se equivocaba, Adrián y Amelia dormían en cuartos separados; aquel dormitorio todo en tonos rosados era, sin duda, solo de ella.

Matrimonio en secreto, identidad en secreto… Al principio, el Dr. Nico había creído que Adrián se había casado sin más para taparle la boca a doña Leonor y su insistencia con los bisnietos. Pero hacía un momento había visto en sus ojos una ternura dolorida y desbordante, de la que quizá ni el propio Adrián era consciente.

Al parecer, Adrián no era del todo indiferente a esta tal Amelia. Y, siendo así, el Dr. Nico decidió para sus adentros darles un empujoncito discreto.

Con su pericia, con un poco más de tiempo podría haber eliminado la droga por completo. Pero le había dicho aquello a Adrián a propósito, para que la chispa prendiera y el matrimonio ganara algo de calor. Con buena intención, faltaba más.

...

Después de que el médico se fue, Adrián volvió al cuarto de Amelia. Descubrió que la cama estaba vacía; del baño llegaba el ruido del agua.

Entró de prisa y la encontró bajo la regadera, empapándose con agua fría. Tenía la ropa pegada al cuerpo. La cerró de inmediato y la envolvió con una toalla.

En esa época del año, la capital ya refrescaba; ducharse así con agua fría era resfriarse seguro.

El roce de Adrián le reavivó el ardor en el cuerpo, y un anhelo que no pudo contener la hizo recostarse contra él. Levantó los párpados y lo miró con ojos febriles.

—Adrián, ayúdame. Me siento muy mal.

Con el cabello húmedo cayéndole sobre los hombros y el rostro encendido, resultaba de una fragilidad que desarmaba.

La mirada de Adrián se ensombreció. No quería aprovecharse de nadie en semejante estado. Pero, recordando lo que había dicho el Dr. Nico…

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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