A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
NovelToon tiene autorización de DulceSilencio para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Capítulo 10: El visitante nocturno
Valentina se despertó porque alguien estaba sentado en su ventana.
No encendió la luz. Se quedó inmóvil bajo la sábana, con los ojos entrecerrados y el corazón golpeándole las costillas. La silueta recortada contra la luna era delgada, con los hombros relajados y una pierna colgando fuera del alféizar. Olía a tabaco dulce y a colonia de madera.
—Santiago —dijo Valentina. Su voz salió más calmada de lo que se sentía.
—Tardaste en reconocerme. —La sonrisa de Santiago era visible incluso en la oscuridad—. La próxima vez podría ser Sebastian. ¿Cómo sabrías la diferencia?
—Sebastian toca la puerta. —Valentina se incorporó en la cama y encendió la lámpara de noche—. Tú entras por la ventana como un ladrón.
Santiago se bajó del alféizar con un movimiento fluido. Llevaba una camiseta negra, pantalones de lino y los pies descalzos. En la mano derecha sostenía algo envuelto en un pañuelo de tela.
—Te traje algo —dijo, y puso el pañuelo sobre la cama.
Valentina lo abrió. Adentro había una barra de metal dorado, pesada, del tamaño de un dedo índice. La superficie era lisa y fría, con un número de serie grabado en un extremo.
—¿Esto es oro? —preguntó.
—Un lingote de cien gramos. Suficiente para un boleto de avión a cualquier parte del mundo y seis meses de renta en una ciudad donde nadie te conozca. —Santiago se sentó en la orilla de la cama sin pedir permiso—. Por si necesitas huir.
Valentina miró el lingote. Luego miró a Santiago.
—¿Por qué me das esto?
—Porque mi hermano te tiene atrapada y Alejandro te está convirtiendo en una pieza de su tablero. Y los dos van a seguir usándote hasta que no les sirvas. —Santiago la miraba con una intensidad que no correspondía al tono casual de sus palabras—. Sebastian te controla con miedo. Alejandro te controla con generosidad. Los dos son jaulas, solo que una tiene barrotes y la otra tiene cortinas de seda. Yo soy el único que te está dando una salida sin condiciones.
—Todo tiene condiciones, Santiago. Tu hermano me lo enseñó y Alejandro me lo confirmó.
Santiago sonrió. La media sonrisa de siempre, la que curvaba un lado de la boca y dejaba el otro quieto.
—Eres lista. Me gusta eso.
—No estoy tratando de gustarte.
—Lo sé. Por eso me gustas.
El silencio se espesó. Valentina era consciente de que estaba en camisón, en su cama, a las dos de la mañana, con un hombre sentado a medio metro de sus piernas. El medallón de jade le pesaba en el cuello. La barra de oro le pesaba en las manos.
—Sé que hablaste con el comité de UNAM —dijo Santiago, cambiando el tono—. El programa de reserva política de Alejandro. PNCC.
A Valentina se le secó la boca.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque sé todo lo que pasa en esta ciudad que tenga que ver con los Montero o con los Reyes. —Santiago se inclinó hacia adelante. Sus rodillas casi tocaban las de ella—. No te lo digo como amenaza. Te lo digo para que sepas que no estás sola en esto. Y para que sepas que Alejandro no te está ayudando por bondad. Te está preparando para algo.
—¿Para qué?
—Todavía no lo sé. Pero lo voy a averiguar. —Santiago levantó la mano derecha y le tocó la mejilla con la punta de los dedos. El contacto fue lento, deliberado, como si estuviera trazando un mapa en su piel—. Acércate más a él. Es tu mejor carta. Pero no confíes en todo lo que te diga.
Valentina no se movió. Los dedos de Santiago bajaron por su mejilla, por la línea de la mandíbula, y se detuvieron en el borde de su labio inferior. Su pulgar descansó ahí, apenas tocándola, como una pregunta que no necesita palabras.
—¿Puedes distinguirme de él? —murmuró Santiago. Su voz era un susurro—. Si cerrara los ojos y te tocara así, ¿sabrías que soy yo y no Sebastian?
El corazón de Valentina latía en su garganta. Le costaba respirar. Cada terminación nerviosa de su cara estaba encendida donde los dedos de Santiago la tocaban. Sabía que debía apartarse. Sabía que esto era exactamente lo que él quería: confundirla, enredarla, crear una dependencia que luego pudiera usar.
Le agarró la muñeca y le apartó la mano. Los dedos de Valentina se cerraron con fuerza alrededor de su muñeca —podía sentir el pulso de Santiago bajo la piel, lento, controlado, como el de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.
—No me toques —dijo. Pero su voz tembló, y los dos lo notaron.
Santiago retiró la mano sin resistencia. No pareció ofendido. Pareció satisfecho.
—Buenas noches, Valentina.
Se levantó de la cama, caminó hasta la ventana y salió por donde había entrado. Sus pies descalzos no hicieron ningún ruido contra las tejas del alero. Desapareció en la oscuridad del jardín como si nunca hubiera estado ahí.
Valentina se quedó sentada en la cama con el lingote de oro en una mano y el corazón desbocado. La habitación conservaba el olor de Santiago —tabaco dulce, madera, algo cítrico debajo de todo— como si su presencia hubiera dejado una mancha en el aire que tardaría horas en disiparse. Se tocó el labio donde Santiago había puesto el pulgar. La piel todavía le hormigueaba. Se odió por eso. Se odió por la forma en que su cuerpo había respondido antes de que su mente pudiera intervenir, como un perro que mueve la cola ante cualquiera que le ofrezca comida.
Maldijo en voz baja.
Luego, sin saber exactamente por qué, tomó el teléfono nuevo —el que Sebastian le había dejado en la puerta— y abrió la galería de fotos. No esperaba encontrar nada. No recordaba haber tomado fotos de nada ni de nadie.
La galería tenía veintidós imágenes.
Todas eran de Santiago.
Santiago en el pasillo de la hacienda, caminando con las manos en los bolsillos. Santiago en la cocina, revolviendo pasta con un tenedor de madera. Santiago recargado contra una columna en la gala, con la copa de whisky y la media sonrisa. Santiago dormido en la terraza, con un libro abierto sobre el pecho y la luz de la tarde dibujándole sombras en los pómulos. Santiago de espaldas en el jardín, con la camisa de lino pegada al cuerpo por el sudor de la tarde, el pelo revuelto, los pies descalzos sobre el pasto. Santiago mirando directamente a la cámara en una foto que parecía accidental —o que él había dejado que pareciera accidental.
Valentina se quedó mirando las fotos. No recordaba haberlas tomado. No recordaba haber abierto la cámara, haber encuadrado, haber presionado el botón. Pero ahí estaban. Veintidós pruebas de que su mirada buscaba a Santiago incluso cuando su cabeza le decía que no lo hiciera.
Cerró la galería. La abrió de nuevo. Miró la última foto —Santiago de frente, los ojos directos a la cámara, la media sonrisa— y la borró. Luego borró las otras veintiuna, una por una, como si al eliminarlas pudiera eliminar también lo que significaban.
La galería quedó vacía. Apagó la pantalla. Se recostó en la almohada con los ojos abiertos y el lingote de oro en la mesita de noche, junto al medallón de jade.
Dos regalos de dos hombres distintos. Uno le ofrecía raíces. El otro le ofrecía alas.
Y Valentina no sabía cuál de los dos era más peligroso.