Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8
Luz volvió al departamento con Tina y Ciro.
—¿Tienen hambre? Les preparo algo.
—Sí, mami.
Los dos contestaron demasiado obedientes.
Luz se cambió los zapatos y entró a la cocina.
Tina agarró a Ciro de la mano y lo metió en el cuarto.
Cerró la puerta con mucho cuidado.
—Ya decidí algo —dijo, con las manos en la cintura—. Bruno va a ser nuestro papi.
Ciro frunció apenas el ceño. Tomó su libreta.
Bruno no parece querer a mami.
Lo que había pasado en la casa de Bruno todavía le dolía. Esa frialdad hacia Luz le había dejado una tristeza rara, una tristeza que no sabía nombrar.
—Eso es porque todavía no vio lo buena que es mami —dijo Tina, segura—. Cuando la conozca bien, va a quererla.
¿Seguro?
—Obvio. A ver, Tronquito. ¿Mami es linda?
Ciro asintió sin dudar.
—¿Mami es capaz?
Volvió a asentir.
—Entonces ya está. Es linda, cocina rico, cura gente, nos cuida. ¿Quién no va a quererla? Bruno solo está medio ciego todavía.
Ciro pensó un momento. Después escribió:
¿Cómo hacemos para que vea lo buena que es?
Tina apoyó el mentón en la mano, como una adulta con un plan complicado.
—Ahí entramos nosotros.
Ciro la miró, perdido.
—Tina, Ciro, a comer —llamó Luz desde afuera.
Los dos salieron corriendo.
En la mesa, Tina olió la comida y abrió los ojos.
—Mami, sos increíble. Curás gente y encima cocinás riquísimo.
Luz la miró con sospecha.
—¿Qué estás tramando?
Tina puso cara inocente.
—Nada. Solo digo la verdad. Aunque... Bruno salvó a Ciro dos veces. ¿No deberíamos invitarlo a comer para agradecerle bien? Vos siempre decís que hay que devolver los favores.
Ciro miró a Luz. En sus ojos había una esperanza chiquita, pero no presión.
—Bruno habrá comido en restaurantes mejores que esta casa —dijo Luz.
—Pero nunca comió comida hecha por vos. Y si lo invitamos, somos educados. Si él no viene, es su decisión. Si no lo invitamos, los maleducados somos nosotros.
Luz se quedó sin argumentos.
Su hija tenía una habilidad irritante para convertir cualquier capricho en principio moral.
—Después vemos. Primero coman.
Para Luz, eso fue una forma de cortar el tema.
Para Tina, fue una autorización.
En la cabeza de la nena, el plan quedó armado.
La televisión siempre decía que para llegar al corazón de alguien primero había que conquistarle el estómago.
Si Bruno probaba la comida de Luz, quedaba un paso más cerca de ser papi.
Mientras tanto, en la residencia Acosta, Osvaldo estaba hecho una furia.
—¿Para qué les pago? ¿No pueden encontrar a una sola mujer?
Los custodios bajaban la cabeza.
Sissi entró con una sonrisa tranquila.
—Papá, ya no hace falta buscar a Luz.
Osvaldo la miró.
—¿Qué querés decir?
—¿Te acordás de los César?
—Claro que me acuerdo. Si Don César no hubiera trabajado para los Ferrer, esa familia no estaría donde está.
—Me enteré de que Ynua está tratando a Don César.
Osvaldo se enderezó.
—¿Ynua?
La sonrisa de Sissi creció.
—Lara César es amiga mía. Si le pido que me la presente, puedo verla. Dicen que Ynua resuelve casos que nadie más puede. Si ella trata a Lautaro, ya no necesitamos a Luz.
La cara de Osvaldo cambió.
—Si podés traerla, tu hermano tiene esperanza.
—Dejálo en mis manos.
Sissi bajó los ojos con falsa modestia.
Si lograba llevar a Ynua a la casa y salvar a Lautaro, su lugar en la familia quedaría más firme que nunca.
Luz volvería a ser una pieza descartada.
A la mañana siguiente, Luz dejó a los chicos instalados y fue a la casa de Bruno.
Facundo abrió la puerta.
—¿Luz?
—Vengo a cambiarle la venda.
Facundo dudó, pero Bruno no había dado una prohibición concreta. La dejó pasar.
Bruno estaba sin camisa, retirándose la gasa del brazo.
—Lo hago yo —dijo Luz.
No necesitó verlo para saber quién era.
La mirada de Bruno se volvió cortante.
—¿Quién te dejó entrar?
Luz respiró hondo y se acercó igual.
Bruno le apartó la mano con brusquedad. Ella perdió el equilibrio y cayó al piso. El codo golpeó contra la madera.
—Bruno, ¿qué te pasa?
La frase se le quedó a medias cuando levantó la vista.
Estaban demasiado cerca.
La cara de él, perfecta y fría, parecía tallada. Y ese aroma a bosque húmedo volvió a golpearle la memoria.
Bruno la miró con desprecio y se sentó.
—Decime cuánto querés.
Luz parpadeó.
—¿Qué?
—Te acercás a mí, usás a tus hijos, venís a mi casa. Todo por plata, ¿no? Decí la cifra.
La burla, la sospecha y el asco estaban escritos en su cara.
Luz soltó una risa seca.
—Señor Ferrer, usted también tiene delirio persecutorio.
Bruno frunció el ceño.
La expresión de ella, entre furia y desprecio, le dejó una presión incómoda en el pecho.
—Si mis hijos o yo hicimos algo que lo llevó a pensar mal, le pido disculpas —dijo Luz—. Vine a cambiarle la venda porque usted se lastimó salvando a mi hijo. Nada más.
Sacó un frasco pequeño y lo dejó sobre la mesa.
—Use esto. Dos veces al día. Y no se preocupe: no voy a volver.
Salió de la casa con la rabia en la garganta.
Había madrugado para ayudarlo y él la trataba como una cazafortunas.
En la vereda pateó una piedrita con fuerza.
El celular sonó.
—Doctora Ynua, mi padre despertó. ¿Puede venir?
—Voy para allá.
Don César había despertado antes de lo que esperaba.
Luz fue hasta la entrada del complejo y esperó un taxi. Pasaron casi diez minutos sin que apareciera uno.
En una Rolls-Royce detenida cerca, Facundo la vio.
—Jefe, debe ir a lo de los César. Seguro le avisaron que Don César despertó.
Bruno miró por la ventana.
La figura delgada de Luz, sola bajo la luz de la mañana, le movió algo que no quiso mirar.
—Jefe —se animó Facundo—, ¿no será que nos equivocamos con ella? Ynua cobra fortunas por sus tratamientos. No parece alguien que necesite acercarse a usted por dinero.
El aire se enfrió.
Facundo cerró la boca.
El auto pasó frente a Luz sin detenerse.
Ella reconoció la patente y murmuró una puteada.
En la residencia César, Sissi la interceptó apenas bajó del taxi.
—¿Luz? ¿Qué hacés acá?
Qué rápido había mordido el anzuelo.
Luz sonrió.
—¿Y vos?
—¿Viniste porque sabés que Ynua está acá? No pierdas tiempo. No es alguien a quien puedas ver cuando quieras.
Sissi pensó de inmediato en Lautaro.
Si Luz lograba usar a Ynua para curarlo, Osvaldo volvería a mirarla.
No podía permitirlo.
Luz se acercó un paso.
—Yo soy la verdadera y vos la falsa. Si yo no tengo derecho a entrar, vos menos.
La cara de Sissi se endureció.
—¿Todavía creés que sos la hija de los Acosta? Sos apenas el banco de sangre que trajeron para Lautaro. Cuando dejaste de servir, Osvaldo te tiró. Ya lo viviste una vez. ¿Querés repetirlo?
—Tenés razón en algo —dijo Luz—. Para Osvaldo, las dos somos piezas. Pero, ¿cómo sabés que la próxima pieza descartada no vas a ser vos?
Dejó a Sissi clavada y caminó hacia la entrada.
Los guardias la dejaron pasar.
Sissi, en cambio, quedó afuera.