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DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

DE SUPER AGENTE A MARIDO MANTENIDO

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado / Fantasía épica / Aventura
Popularitas:412
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Victoria Hale tiene poder, dinero y un imperio millonario que defender. Lo último que realmente necesita es un marido mantenido, torpe y aparentemente inútil como Adrián Blake.
Para todos, Adrián es el hombre perfecto para una vida cómoda: cocina, hace bromas, come donas y deja que su esposa pague las cuentas. Victoria está convencida de que su mayor problema es tener que soportarlo.
Pero detrás de esa sonrisa ridícula existe otra verdadera realidad.
Adrián es un hombre audaz, estratega y peligrosamente inteligente. Su torpeza es una máscara. Sus accidentes son calculados. Y mientras Victoria intenta descubrir qué oculta su esposo, enemigos poderosos comienzan a acercarse a ellos.
Entonces, la máscara empieza a romperse.
Victoria descubre que el hombre que creyó mantener podría ser el único capaz de protegerla. Y que su matrimonio esconde un secreto mucho más peligroso de lo que jamás imaginó.
Porque Adrián no pertenece a este siglo.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un contrato peor que una cárcel

Lo primero que hice al despertar fue comprobar si seguía en la misma jaula. Seguía. Y esta vez, con una resaca tan brutal que sentía que alguien había usado mi cerebro como pelota de fútbol toda la noche. El cuerpo de Adrian Blake era un templo dedicado al abuso de sustancias, y mi conciencia —acostumbrada a la claridad absoluta de un milenio adelante— se sentía como un piloto de Fórmula 1 tratando de conducir un tractor oxidado. Pero había algo peor: no era solo el dolor, era la lentitud. Como si este cuerpo procesara todo medio segundo tarde. Me incorporé despacio; el equilibrio respondió, sí, pero con un desfase que no debería existir. Irónico, ¿no? En mi época la sincronización era perfecta. Aquí, hasta mis propios reflejos llegaban tarde a la cita.

Me quedé mirando el techo de seda de la suite, tratando de entender en qué desastre me había metido. Era un actor fracasado, un parásito social y el "esposo de adorno" de la mujer más poderosa de la ciudad. Un trato perfecto, si no fuera porque mi esposa me miraba con las mismas ganas con las que se mira una mancha de moho en una pared de mármol. Me levanté y, casi por instinto, mis ojos dieron con una carpeta de cuero negro sobre la mesita de noche. El escudo de la familia Hale brillaba bajo la luz de la mañana con una arrogancia que me resultaba casi cómica.

—Veamos cuánto vale mi dignidad —murmuré, abriéndola con una pereza que no significaba nada en particular.

Contrato de Matrimonio por Conveniencia. Las cláusulas eran un monumento al narcisismo corporativo. El matrimonio tenía una duración de 365 días, de los cuales ya habían pasado cuatro meses de pura humillación para el Adrian original. El objetivo era bastante obvio incluso para alguien como yo: limpiar la imagen de Victoria Hale tras un escándalo mediático del que yo —o mejor dicho, el dueño anterior de este cuerpo— había sido el chivo expiatorio ideal. Había prohibiciones para todo: no hablar con la prensa sin guion, no asistir a fiestas sin autorización, no beber en público y, la más importante, el contacto físico estaba estrictamente prohibido bajo pena de rescisión inmediata sin indemnización.

—Vaya, Adrian. No eras un marido, eras un escudo humano barato —murmuré, cerrando la carpeta con un golpe seco. Qué triste. Incluso en el papel, este hombre valía menos que el papel en el que estaba escrito.

Un impacto en la puerta interrumpió mi lectura. No esperaron respuesta. Martha, el ama de llaves que me odiaba con una disciplina envidiable, entró con un uniforme tan rígido como su expresión de asco.

—Señor Blake. La señora Hale lo espera en el comedor. Trate de no parecer un indigente; hoy vienen fotógrafos y no queremos que arruine el paisaje.

—Buenos días, Martha. ¿El desayuno incluye comida real o Victoria solo se alimenta de esperanzas rotas? —le dediqué una sonrisa torpe que la hizo bufar antes de salir dando un portazo. Cinco puntos para mí. Si la odias, lo estás haciendo bien.

Me puse una camisa limpia, sin plancharla del todo. Si querían a un inútil, les daría el mejor inútil que el dinero pudiera comprar. Bajé al comedor, una sala de mármol tan fría que parecía diseñada para conservar cadáveres en perfecto estado. Victoria estaba en la cabecera, bebiendo café negro mientras revisaba su tablet con una intensidad que habría derretido el acero. Parecía que dormía con el traje puesto; no había un solo cabello fuera de su lugar.

Me senté en el extremo opuesto de la larguísima mesa, arrastrando la silla con un ruido chirriante que la hizo arrugar el entrecejo sin levantar la vista.

—Llegas tarde —dijo ella con una voz que podría cortar diamantes—. El contrato exige puntualidad, incluso para alguien con tu limitado sentido del deber.

—El contrato también dice que somos un "matrimonio feliz", pero aquí estamos, desayunando en códigos postales diferentes —respondí, tomando una tostada—. ¿No hay mermelada? Un hombre necesita azúcar para aguantar tanto cariño matutino.

Victoria bajó la tablet de golpe. Sus ojos de obsidiana se clavaron en los míos.

—No me tientes, Adrian. Lo de anoche no cambia nuestra dinámica. Sigues siendo un estorbo necesario.

—Fue suerte, Victoria. Ya sabes, los borrachos escuchamos cosas útiles entre náusea y náusea —mentí, estirándome con un bostezo ruidoso—. Por cierto, la asignación mensual… ¿me vendría bien un adelanto? He visto un reloj que grita mi nombre.

—¡Ni un centavo! —espetó ella, golpeando la mesa—. Limítate a comer y a no mancharte la camisa. Tenemos una gala el viernes y no quiero que parezcas un vagabundo.

—Entendido. Austeridad es mi segundo nombre —dije, encogiéndome de hombros—. Aunque… deberías mirar mejor a la gente que firma tus cosas. Tal vez el problema de tus cuentas no está en los hackers, sino en alguien que tiene un bolígrafo elegante y firma papeles todos los días aquí. A veces los números bailan cuando uno no los mira con atención.

Victoria apretó los labios. Su mandíbula se tensó de una forma que habría intimidado a cualquiera.

—Mi equipo de contabilidad es el mejor del país. No necesito que un actor fracasado me dé lecciones de administración. Vete a tu habitación y no salgas hasta que los fotógrafos se hayan ido. Me das dolor de cabeza.

Me levanté despacio, dejando la tostada a medio comer.

—Como ordene, mi reina. Iré a practicar mi cara de idiota para las fotos. Es importante dar una buena imagen, ¿no? —dije con una sonrisa vacía que no llegó a los ojos.

Pasé la tarde en la biblioteca, el único lugar donde el silencio no se sentía como una amenaza. Fingía mirar un libro de arte que estaba al revés, mientras mis oídos captaban cada movimiento de la casa. El personal me ignoraba con desprecio ensayado; los jardineros se reían cuando pasaba. Para todos ellos, yo era el chiste del día. Qué equivocados estaban. El bufón siempre es el último en ser vigilado… y el primero en verlo todo.

A media tarde, Victoria entró. No me vio en el rincón sombreado. Estaba hablando por teléfono, con el rostro encendido de furia.

—¡Si Miller se queda con esa licitación, perdemos el liderazgo del sector! —gritaba—. ¡Quiero el nombre del traidor que filtró nuestros márgenes! ¡Ahora!

Colgó y se dejó caer en un sillón, frotándose las sienes. Parecía humana por un segundo, una grieta en su armadura de hielo. Casi daba lástima. Casi. En cuanto notó mi presencia, su expresión volvió a ser de acero.

—¿Qué haces aquí? Vete a tu cuarto. La empresa está bajo ataque y lo último que necesito es que estés aquí respirando mi aire.

Me levanté lentamente, cerrando el libro.

—Ya me voy… Solo decía que… a veces, el malo siempre es el que mejor le sonreía al jefe. Esas personas que firman todo con prisa… suelen ser las más interesantes de observar. Pero bueno, ¿qué sabré yo? Soy un actor fracasado que apenas puede recordar sus líneas.

Por un segundo, sus ojos dudaron. Salí antes de que pudiera lanzarme el jarrón de porcelana que tenía a mano.

Esa misma noche, escuché unos golpes en la puerta. No fueron suaves. Eran urgentes, pesados, cargados de tensión. Alguien tenía miedo. Abrí y me encontré con Victoria. Sin chaqueta, cabello desordenado, ojos inyectados en sangre.

—Adrian —su voz era ronca, temblorosa—. Tenemos que hablar. Ahora.

Cerró la puerta de un golpe y se apoyó contra la madera, respirando de forma errática. El aire ya no era frío y distante. Era miedo. Real, puro.

—¿Qué pasa, Victoria? ¿Te has quedado sin hielo para el café o finalmente notaste que mi corbata no combinaba con las cortinas?

Ella se giró de golpe. Tenía un informe arrugado en la mano.

—Tenías razón —susurró, y el odio en su voz me dio escalofríos—. Los contadores. Alguien falsificó mi firma digital durante meses. Me robaron la mitad de mi capital y lo movieron a cuentas que no puedo rastrear.

Se acercó, me agarró de la camisa con fuerza.

—Dime la verdad, Adrian Blake. ¿Quién eres tú y cómo sabías lo de las firmas?

Me quedé en silencio. El teléfono empezó a vibrar con insistencia. Victoria miró la pantalla. Su rostro se volvió blanco ceniza. Era el número cifrado de su mayor enemigo. El mensaje decía: "¿Está hecho? Infórmame cuando ella pierda todo".

Me soltó como si hubiera tocado un cadáver. Retrocedió hasta chocar con la puerta.

—Tú… eres el traidor. Todo este tiempo… has trabajado para él.

Miré el teléfono. Demasiado limpio. Demasiado perfecto. Como si alguien hubiera querido que ella lo viera exactamente así.

—Vaya —murmuré con calma—. Parece que la fiesta apenas comienza. Y yo que pensaba irme a dormir temprano.

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