Angélica Martins murió soñando con ser emperatriz y despertó en el cuerpo de Antonia Paccioli, la heredera perdida de un ducado renacentista plagado de intrigas, bastardos, matrimonios forzados y pretendientes peligrosamente atractivos.
El problema es que Angélica conoce demasiado bien estas historias.
Sabe cuándo llegará la prueba de sangre, quién intentará empujarla por las escaleras y cuándo aparecerá el inevitable banquete envenenado.
Pero esta vez hay un pequeño inconveniente:
Tony no piensa seguir el guion.
Cada cliché que intentan usar contra ella termina convertido en un arma contra sus enemigos. Sin embargo, cuanto más altera la historia, más feroz responde el mundo.
Y pronto descubrirá algo mucho peor:
alguien más conoce las reglas.
Y quizá fue quien las escribió.
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La lealtad que cuesta dinero
La puerta se abrió con un empujón decidido, antes de que Giulia pudiera anunciarlo. Entró Serafino, el mayordomo principal del palacio —hombre de hombros anchos, cuello rígido, y una expresión de dignidad ofendida que llevaba cultivando desde que Tony llegó. Llevaba un libro de cuentas bajo el brazo, caminó hasta el escritorio con la autoridad de quien cree que el palacio es suyo por antigüedad, y se detuvo con las manos entrelazadas delante del pecho.
Tony estaba revisando una lista de suministros, pluma en mano, y no levantó la vista de inmediato.
—Serafino. Qué… entrada tan vigorosa. ¿Se le cayó la llave o viene a pedirme un aumento antes de que me dé los buenos días?
El hombre frunció el ceño, sin sonreír.
—Vengo a hablar de lealtad, señora. De servicio. De reconocimiento. Cosas que parecen olvidarse en este palacio desde que usted regresó.
Tony dejó la pluma con suavidad, se recostó en el sillón y lo miró con una atención educada y excesiva.
—¡Maravilloso tema! Me encanta la lealtad. Cuénteme. ¿Cuánto cuesta la suya? ¿Se paga mensual, por temporada, o con tierras y títulos? Quiero saberlo desde el principio para no confundirme con la factura.
Serafino se sonrojó levemente, ofendido.
—No es cuestión de dinero. Es cuestión de respeto. De posición. Yo sirvo a esta familia desde hace veinte años. Vi nacer a su madre. Vi morir a su abuelo. Y ahora… ahora veo a una heredera que no consulta a nadie, que no sigue las tradiciones, que… que no valora a quienes mantienen este lugar en pie.
—Ah, ya entiendo —asintió Tony, con tono de quien descifra un acertijo—. Usted no quiere dinero. Quiere influencia. Quiere que yo le pida permiso para mover la silla. Quiere que cuando yo hable, usted esté ahí para corregirme. Y a eso le llama "lealtad". Qué definición tan curiosa. Yo siempre creí que la lealtad era hacer el trabajo bien y apoyar a quien manda. No dar órdenes desde la sombra.
—No estoy dando órdenes —replicó él, con voz más alta—. Estoy exigiendo el trato que merezco. Mis antepasados sirvieron a los Paccioli durante tres generaciones. Yo merezco un estatus. Unas tierras. Un título menor. Que se me consulte antes de tomar decisiones sobre el personal. No es mucho pedir por veinte años de fidelidad.
Tony lo miró un momento, en silencio. Luego abrió el libro de cuentas que él había dejado sobre la mesa, lo hojeó con calma, y señaló una línea con la punta de la pluma.
—Aquí dice que su sueldo es el doble del de un capitán de la guardia. Que tiene casa propia, leña gratuita, cuatro vestidos al año y caballo asignado. Aquí dice que recibió tres aumentos en los últimos cinco años. Y aquí… dice que el año pasado le regalaron un terreno de dos fanegas por "servicios distinguidos". Casi parece que ya le están pagando esa lealtad, ¿no cree?
Serafino apretó los dientes.
—Eso es sueldo. Esto es reconocimiento. Son cosas distintas.
—¡Ah, qué útil distinción! —exclamó Tony, con una sonrisa brillante—. Así que el dinero que recibe cada mes es sueldo, pero la lealtad que presta… es algo aparte que hay que comprar por separado. Qué negocio tan inteligente. Primero cobra por trabajar, y luego cobra otra vez por no traicionar. ¿Y cuánto sube el precio si decido quedarme con el título de duquesa también? ¿Tiene tarifa por servicios completos o voy a tener que pagar por cada cosa por separado?
—Usted se burla —dijo él, rígido—. Pero le advierto: el personal me respeta. Los sirvientes me escuchan. Si yo no estoy contento… nadie está contento. Y un palacio descontento… es un palacio que no funciona.
La amenaza quedó flotando en el aire, clara y descarada. Tony soltó una risa suave, sin malicia, pero que lo hizo encogerse levemente.
—Qué interesante. Así que su lealtad no es un regalo. Es… un contrato de alquiler. Y si no renuevo el precio… se lleva el servicio. Muy bien. Entonces hablemos como lo que es: un proveedor. Yo no pago por lealtad, Serafino. Porque la lealtad que se compra… se puede vender a la primera oferta mejor. Yo pago por trabajo. Por puntualidad. Por limpieza. Por discreción. Esas cosas sí tienen precio. La lealtad no. O es gratis… o no es.
Se inclinó hacia adelante, firme pero sin gritar.
—Así que aquí tiene su elección. Sigue trabajando como mayordomo, recibiendo su sueldo, sus beneficios y su respeto… sin pedir poder que no le corresponde. O decide que su lealtad vale más de lo que yo puedo pagar… y entonces le haré una recomendación excelente para el palacio de Lucrezia. Dicen que ella paga muy bien por gente que le ayude a que la heredera no pueda gobernar. Seguro que ahí encontrará el reconocimiento que busca. ¿Qué prefiere? ¿Trabajo… o lealtad de mercado?
Serafino se quedó mudo. No esperaba que le ofreciera la alternativa tan clara, tan directa, y tan… incómoda. Si elegía quedarse, admitía que su demanda era injusta. Si se iba, admitía que su lealtad siempre había sido negocio.
—No me está dando opción —murmuró, al final.
—Le estoy dando la única opción que existe para un hombre de honor —corrigió Tony—. Trabaja por su sueldo y sirve con lealtad sin precio… o se va. No hay tercera vía. No porque yo sea dura. Porque la tercera vía no existe. Usted la inventó para intentar cobrar dos veces por lo mismo.
El hombre respiró hondo, apretó los puños, y al final bajó la cabeza, vencido no por la fuerza, sino por la lógica.
—Me quedaré —dijo, con voz pesada—. Cumpliré con mi deber.
—Excelente —asintió Tony, volviendo a sus cuentas como si nada hubiera pasado—. Entonces cierre la puerta al salir. Y la próxima vez que quiera hablar de lealtad… tráigame un ejemplo, no una factura.
Cuando se marchó, Giulia entró conteniendo la risa.
—¡Señora! ¡Lo dejó sin palabras! ¡Parecía que le habían quitado el discurso de las manos!
—Porque su discurso era mentira —dijo Tony, sin levantar la vista—. Cuando alguien empieza diciendo "no es por dinero"… siempre es por dinero. Si lo fuera por lealtad, empezaría diciendo "¿cómo puedo ayudarla?". Pero no. Empiezan por el pasado, por los antepasados, por lo que merecen. Todo para que te sientas culpable de no darles lo que quieren sin que tengan que pedirlo abiertamente. Es el chantaje más antiguo del mundo. Y el más aburrido.
—¿Cree que cambiará? —preguntó Giulia, sirviendo agua—. ¿Que de verdad será leal ahora?
—No lo sé —respondió Tony con sinceridad—. Pero ahora él lo sabe. Él sabe que yo sé que su lealtad tenía precio. Y eso… eso pesa más que cualquier promesa. No le gané porque supiera qué iba a decir. Le gané porque no acepté su definición de las cosas. Lealtad no es "no te traiciono mientras me pagues". Lealtad es "estoy aquí aunque no me pagues". Y él nunca estuvo dispuesto a eso.
Miró por la ventana, donde el personal del palacio cruzaba el patio con sus tareas, ajenos a la conversación.
—La gente que pone precio a su lealtad siempre se sorprende cuando alguien se niega a comprarla. Creen que todos valoran lo mismo. Y se equivocan. Yo no compro personas. Yo contrato trabajo. Y si alguien quiere darme su lealtad… que venga sin la lista de precios. Entonces sí le escucharé. Con el corazón en la mano. Hasta entonces… que sigan cobrando su sueldo y callando. Eso ya lo pago.
En el pasillo, la sombra conocida se detuvo un instante. Esta vez no hubo risa. Hubo un gesto de aprobación silencioso, casi solemne. Alguien sabía que esa lección era la más difícil de aprender en la corte. Y alguien veía que ella la había aprendido sin esfuerzo.
Tony terminó su lista. No se sintió victoriosa. Se sintió cansada. Cada día alguien más venía a exigirle algo que creían merecer simplemente por estar ahí. Y cada día tenía que explicarles que el mundo no funciona así.
«Me pidieron lealtad a cambio de dinero», pensó, cerrando el libro de cuentas. «Y yo les dije: la lealtad no se vende. Se gana. Y si la quieren ganar… empiecen por no ponerle precio. Es lo mínimo que se puede pedir, ¿no?»
Suspiró. Y tomó otra pluma. Había mucho trabajo. Y muy pocas personas dispuestas a hacerlo sin cobrar por adelantado.