Dinámica entre un Duque con doble personalidad (Alistair y Vane), el sanador dulce pero fuerte que lo cautiva
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La Marca de Sangre Eterna
A su regreso a la fortaleza de Cima Blanca, la conexión entre Julian y el Duque había alcanzado una cota casi mística. La magia de sanación de Julian y la magia de sangre del Duque ya no solo coexistían, sino que comenzaban a comunicarse a través del pensamiento y las sensaciones físicas.
Esa noche, en la penumbra de su alcoba matrimonial, Vane y Alistair decidieron sellar un pacto que la antigua magia del Norte solo permitía entre almas gemelas verdaderas: El Ritual de la Marca Eterna.
—No dolerá, pajarillo... —prometió Vane, acostado sobre Julian, aprisionándolo con la masa firme de su cuerpo desnudo—. Pero significará que nuestras almas estarán enlazadas para siempre. En esta vida y en las que vengan.
—¿Aceptas ser nuestro de manera definitiva, Julian? —preguntó Alistair con voz suave desde la misma mirada.
—Acepto... con cada gota de mi sangre y cada latido de mi corazón —respondió Julian sin la menor duda, acariciando la mejilla del hombre a quien amaba por encima de su propia existencia.
El Duque se inclinó sobre el hombro de Julian, justo donde la nuca se une con la espalda. Vane abrió una pequeña herida en su propio labio con la punta de un estilete de plata, dejando que una gota de su sangre divina manchara sus labios.
Acto seguido, el Duque mordió suavemente la piel del hombro de Julian.
Julian dejó salir un gemido entre dolor dulce y éxtasis puro cuando la magia de sangre del noble penetró su piel. La mordida no era una herida común; la magia canalizada por Alistair y Vane comenzó a trazar un intrincado tatuaje mágico debajo de la epidermis de Julian: una hermosa runa en forma de rosa envuelta en alas de dragón que brillaba con un tono dorado deslumbrante.
Al mismo tiempo, en el hombro del Duque, una marca idéntica floreció espontáneamente, conectando sus flujos vitales.
El impacto sensorial de la unión mágica desató una ola de lujuria incontrolable entre ambos. El Duque no esperó a que la runa terminara de asentarse; se hundió en el cuerpo de Julian con una pasión desenfrenada y voraz que superó todas las noches anteriores.
Las estocadas eran potentes, rítmicas, sincronizadas con los latidos de la nueva marca que ardía con un calor delicioso en sus hombros. Julian gritaba el nombre de Alistair y el nombre de Vane en un solo lamento de éxtasis absoluto, sintiendo la mente del guerrero y del erudito fusionadas directamente con la suya. Podía sentir el amor desmedido del Duque, su posesividad, su adoración y su deseo infinito.
—¡Somos uno! ¡Alistair! ¡Vane! ¡Somos uno! —clamaba Julian, retorciéndose en las sábanas de seda mientras el clímax conjunto explotaba en sus venas.
El flujo de magia que desencadenó su liberación iluminó los ventanales de la fortaleza con un resplandor dorado y azul que todos los habitantes de Cima Blanca contemplaron con veneración desde la distancia.
Cuando la calma retornó, el Duque yacía abrazado a Julian, cubriéndolos a ambos con las pieles. Las marcas en sus hombros latían suavemente con una luz dorada en la penumbra.
Julian apoyó la cabeza en el pecho del Duque, escuchando el pulso firme y perfecto de su señor.
—Te amo, Alistair. Te amo, Vane —susurró el sanador, quedándose plácidamente dormido.
El Gran Duque sonrió, besándole la frente con una devoción que desafiaba al tiempo y al espacio.
—Y nosotros te amaremos por toda la eternidad, mi pequeño sanador.
es mentira