Un imperio construido sobre el control. Una atracción que amenaza con destruirlo todo.
En el piso cuarenta y dos de Vance Financial, la regla es simple: la eficiencia se premia y las emociones no existen. Alexander Vance es un CEO implacable, calculador y distante, un hombre que ha convertido su vida en un mecanismo perfecto para sepultar la culpa de un pasado oscuro y un secreto familiar que podría arruinarlo.
Elena Ross llegó a su oficina solo para pagar las deudas de su familia, pero su resiliencia y templanza la convierten en la única asistente capaz de soportar la frialdad de Vance. Sin embargo, detrás de la fachada profesional, una química sofocante e innegable comienza a desgastar las barreras de ambos.
Cuando una serie de amenazas anónimas y un juego de poder corporativo ponen en riesgo la vida de Elena, el control de Alexander se fractura. Obligados a protegerse en medio de un nido de traiciones, la línea entre la lealtad, el deseo y el peligro empieza a borrarse.
NovelToon tiene autorización de Dannyperezok para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1: El pulso del control
El aire en el piso cuarenta y dos de la torre Vance Financial poseía una densidad particular. No olía al papel gastado de las oficinas convencionales ni al aroma amargo del café matutino que solía rondar en los cubículos de los pisos inferiores; olía a roble tratado, cristal impoluto y al perfume sobrio, con notas metálicas y de pimienta oscura, de Alexander Vance. Un ambiente diseñado de forma deliberada para recordar a cualquiera que pisara esa alfombra gris que la emoción era una falla de cálculo y la debilidad, un lujo impagable.
Elena Ross ajustó los bordes de la carpeta de cuero negro contra su pecho mientras el ascensor privado marcaba los pisos en una carrera ascendente sin vibraciones. Ajustó su falda tubo, verificó que la discreta blusa de seda no tuviera una sola arruga e inspiró hondo. Llevaba exactamente seis meses ocupando el cargo de asistente ejecutiva principal de la presidencia. Para el resto del personal corporativo, aquello era una hazaña rozando lo milagroso: sus tres predecesoras inmediatas habían durado un promedio de tres semanas antes de presentar renuncias irrevocables, víctimas de crisis de ansiedad o de la frialdad implacable de un jefe que no toleraba el más mínimo margen de error humanos.
Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo imperceptible.
—Está de un humor glacial hoy, Elena —murmuró Julian Riva desde el puesto de seguridad ubicado en el pasillo principal.
El hombre, un exmilitar de hombros anchos y mirada quirúrgica que vestía un traje oscuro impecable, cruzó los brazos sobre el pecho. Era la única persona en todo el edificio que trataba a Alexander con una mezcla de lealtad absoluta y tuteo implícito, aunque en la oficina mantenían una distancia milimétrica.
—Llegó a las cuatro y media de la mañana —añadió Julian, bajando el tono de voz apenas un matiz—. No ha apagado la pantalla de la terminal desde entonces.
—Como todos los primeros de mes —respondió Elena, dedicándole una sonrisa breve y tranquila, aunque en el fondo de su estómago sintió el familiar nudo de advertencia—. Gracias por la alerta, Julian.
Elena avanzó con pasos firmes. El sonido de sus tacones quedaba amortiguado por la gruesa moqueta del pasillo. Al cruzar la puerta dobles de cristal esmerilado que daba acceso al despacho presidencial, la imagen que la recibió parecía sacada de un cuadro diseñado para transmitir poder absoluto.
Alexander Vance estaba de pie frente al ventanal de piso a techo que dominaba la silueta financiera de la ciudad. Se había quitado la chaqueta del traje, revelando una camisa blanca ajustada con precisión a la amplitud de sus hombros y el contorno tenso de su espalda. Las mangas estaban arremangadas hasta la mitad de sus antebrazos, dejando al descubierto la piel firme y las venas marcadas de sus manos, que descansaban profundamente hundidas en los bolsillos del pantalón. Tenía la corbata de seda gris ligeramente desatada, el único indicio de que llevaba más de cuatro horas librando una batalla silenciosa contra los mercados internacionales.
—Llegas dos minutos tarde, señorita Ross —dijo sin girarse. Su voz, una barítono grave y perfectamente modulada, carecía de cualquier inflexión de enojo; era simplemente la constatación de un hecho.
Elena miró de reojo el reloj de pared de cuarzo.
—El ascensor de servicio tuvo una demora en el piso treinta debido al ingreso del equipo de mantenimiento, señor Vance —contestó colocándose a la distancia reglamentaria del escritorio de caoba: tres pasos por detrás de la silla de visitas—. Tengo el informe de riesgos proyectado para la junta de las diez y la confirmación de la ruta de su vuelo a Zúrich para la próxima semana.
Alexander se giró despacio. Sus rasgos parecían esculpidos a cincel: una mandíbula marcada, labios finos habitualmente apretados en una línea severa y unos ojos de un gris tan claro que resultaban inquietantes. Sombras oscuras y tenues bajo sus pestañas delataban su insomnio crónico, pero su postura erguida no mostraba el menor rastro de fatiga. Recorrió a Elena con una mirada calculadora, un escaneo metódico que no buscaba intimidar por mero capricho, sino medir el grado de temple con el que ella encararía el día.
—Cancela Zúrich —ordenó, caminando hacia el centro del despacho. Cada uno de sus pasos era medido, lento, imprimiendo una presencia física abrumadora—. Mueve la reunión con el comité de auditoría a mi oficina privada a las ocho de la noche. Sin prensa, sin asesores externos y sin secretarios adicionales. Solo tú y yo para revisar las cifras reales de la división de inversiones.
Elena parpadeó, aunque no permitió que su rostro traicionara la sorpresa.
—Señor, la junta directiva, en especial su tío Marcus, exigió estar presente en esa revisión. Enviaron tres memorandos recalcando que los balances de este trimestre deben ser convalidados por el consejo antes de medianoche.
En un movimiento fluido y desprovisto de brusquedad, Alexander acortó la distancia que los separaba. Se detuvo a escasos centímetros de Elena. El calor sobrio que emaba de su cuerpo y su aroma penetrante rompieron de inmediato la barrera del aire acondicionado. Elena apretó con más fuerza la carpeta contra sus costillas, rehusándose a dar un solo paso atrás o a bajar la mirada.
—En esta empresa no manda mi tío, Elena. Mando yo —dijo en un susurro grave, bajando la voz hasta convertirla en una orden privada. Por un segundo imperceptible, sus ojos descendieron hacia los labios de ella antes de volver a clavarse en sus pupilas—. Y si usted no es capaz de mantener el contenido de esa reunión en absoluta y rigurosa reserva, buscaré a alguien que sí pueda.
La cercanía era sofocante. Elena podía contar las pequeñas esquirlas oscuras en el iris gris de Alexander y notar la tensión reprimida en el cuello de su camisa. Sin embargo, sostuvo la respiración y respondió con una firmeza que sorprendió al propio CEO.
—Mi discreción no está en duda, señor Vance. Si estuviera en duda, no llevaría seis meses ocupando este escritorio.
Alexander la observó en completo silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Por un instante casi invisible, la coraza impenetrable de su rostro pareció ceder a una sombra de cansancio antiguo y denso, una brecha en la muralla que volvió a cerrarse tan rápido como había aparecido.
—El café. Negro, sin azúcar. En cinco minutos —sentenció, dándole la espalda de forma tajante para regresar a la mole de caoba de su escritorio.