Julián deja su vida humilde y su familia al reencontrarse con Valeria, su amor millonario de la infancia, que lo manipula para separarlo de Mara y sus hijos Luca y Elena. Tras mudarse a la mansión, los conflictos, los secretos y los acosos en la escuela rompen la armonía. Mara se va con los niños, y Julián queda atrapado entre dos vidas hasta que el dolor de perderlos lo obliga a elegir. Al final, se aleja de Valeria, reconstruye su familia con honestidad, y los hijos también sanan y construyen relaciones sanas y respetuosas.
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— El vacío y la vuelta al pueblo
El auto avanzaba por la carretera, las ruedas girando sobre el asfalto que se perdía en la distancia, yendo cada vez más lejos de la ciudad, de la mansión, de todo lo que habían vivido ahí. Mara miraba por la ventana, sin decir nada, con las manos apretadas sobre el regazo, entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos. El paisaje pasaba veloz: árboles, campos, señales de tráfico que ya no le importaban. Luca iba al volante, en silencio, con la mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera, sin apartar la vista ni un instante. Elena miraba hacia atrás, pegada al cristal, siguiendo con la mirada la silueta de la mansión que se hacía cada vez más pequeña, hasta que desapareció por completo entre las curvas y los árboles.
—¿Volveremos alguna vez? —preguntó ella en un susurro, casi para sí misma, con la voz temblorosa.
Mara se giró hacia ella de inmediato, se inclinó y le acarició la mejilla con suavidad, limpiando con el dorso de los dedos una lágrima que se le había escapado.
—Volvemos a casa, mi amor. A la nuestra. Donde nadie nos mide ni nos compara. Dónde jamás debimos irnos. Allí estaremos bien. Ya lo verás.
Julián se quedó parado en la entrada, en el umbral de la puerta, viendo cómo se alejaban el auto y se perdía al final del camino. Por un momento pensó correr tras ellos, gritarles que esperaran, que él también iba a ir, que no se fueran sin él. Pero sus pies no se movieron. Se quedaron clavados en el suelo, como si algo invisible lo mantuviera atado a ese lugar. Valeria lo llamó por teléfono una y otra vez, le mandó mensajes que él no leyó, y como no le respondió decidió aparecer. Una mano le tocó el hombro, con un contacto que le resultó extrañamente frío a pesar de lo suave del gesto. Era Valeria. Viendo la situación, se notaba que se sentía feliz, como si todo estuviera saliendo exactamente como había imaginado.
—Ya volverán —le dijo con voz suave, acariciándole la espalda con movimientos lentos—. Solo están asustados. Tú eres su familia. Tú eres su futuro. Saben que contigo están a salvo.
Julián se giró y la miró fijamente. No había consuelo real en sus ojos, solo una satisfacción que intentaba ocultar tras una máscara de compasión.
—¿Segura? —preguntó él con voz ronca, como si le costara formar las palabras—. ¿De verdad crees que volverán?
—Completamente —respondió ella, acercándose para abrazarlo, pegando su cuerpo al suyo como si quisiera llenar todo el espacio—. Mientras estemos juntos, todo se arreglará. Ya lo verás.
Pero nada se arregló. Los días pasaron y el silencio desde el pueblo era absoluto. No había llamadas, ni mensajes, ni señales de que pensaran volver. Julián intentó escribir cartas, mensajes largos en el teléfono, pero borraba todo antes de enviarlo. Iba a conducir hasta allá, ponía las llaves en el contacto, arrancaba el motor… y se detenía a mitad de camino, dudando, dándose la vuelta y volviendo sobre sus pasos sin haber llegado. Valeria le decía que le diera tiempo, que Mara necesitaba darse cuenta de que sin él no podrían mantener ese nivel de vida, que extrañarían las comodidades y volverían. Pero en el fondo, él sabía que no se trataba de dinero. Se trataba de confianza. Y la había roto en mil pedazos que no sabía cómo pegar.
En el pueblo, la vida volvía a ser la de siempre, las calles conocidas, los vecinos saludando, pero ya no era igual. Luca volvió a su antigua escuela, donde conocía a todos, donde había crecido, pero ahora se sentía diferente, como si llevara una sombra encima que no se le iba a quitar. Caminaba por los pasillos con la mirada baja, sin ganas de hablar con nadie, sin saber cómo explicar lo que sentía. Elena ayudaba a Mara en la casa, barriendo, cocinando, tratando de animarla con bromas y sonrisas, pero la veía mirar el teléfono durante horas, esperando que sonara, que apareciera un mensaje, que alguien llamara.
—¿Va a venir? —le preguntó un día, sentándose a su lado en la mesa de la cocina.
Mara suspiró, profundamente, y le apartó un mechón de pelo de la cara con gesto cansado pero lleno de cariño.
—No lo sé, hija. Lo amo. Pero no puedo vivir esperando que cambie. No puedo darle más de lo que me pide dar. Y no puedo quedarme esperando a ver si un día me elige a mí.
Valeria en su mansión empezó a sentirse mal. Se sentía mareada, con náuseas, sin fuerzas. Llamó a Julián varias veces y como no respondía decidió ir al hospital por su cuenta. Desde ahí le insistió por teléfono hasta que él contestó, y con voz entrecortada le dijo que la fuera a buscar al hospital. Él, preocupado de verdad, corrió hacia allá, sin detenerse, pensando que podía ser algo grave. Mientras esperaban los resultados de los estudios, el médico los llamó a la sala de consulta y con una sonrisa amable los felicitó por el embarazo. Julián estaba entre el infarto y la felicidad, con el corazón a mil por hora, sin saber si reír o llorar. Valeria, sorprendida al principio, se puso feliz de inmediato, con los ojos brillantes y una sonrisa que se le iluminó el rostro por completo.