Durante cinco años viví convencida de que el amor entre mi esposo y yo era indestructible. En el camino dejé atrás mi carrera, mis amigos y a mi propia familia, volcando todas mis fuerzas en sostener un hogar que hoy lo entiendo, solo existía en mi imaginación. Mis dos hijos son mi mundo entero y mi mayor orgullo. Sin embargo, nunca imaginé que en cuestión de días todo lo que construí con tanto sacrificio se vendría abajo, ni que el hombre con quien compartí mi vida terminaría mostrando su verdadero y frío rostro. Ahora me toca descubrir que el amor no lo es todo... y que es momento de reconstruirme.
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Capítulo IX Abogada de renombre
Punto de vista de Elena
Tras terminar el almuerzo, regresé con los gemelos al despacho. Por las tardes, después del colegio, los niños solían acompañarme a la oficina. Sabía que para ellos resultaba agotador pasar horas entre escritorios y carpetas, pero en este momento de mi vida no confiaba en ninguna persona para dejarles el cuidado de mis pequeños. Prefería tenerlos bajo mi mirada, dibujando en la pequeña mesa de juegos que les había acondicionado en un rincón de mi privado, mientras yo trabajaba.
El caso del señor Vargas consumía cada segundo de mi atención. Era un expediente complejo y delicado: Vargas, un próspero empresario textil, estaba a punto de perder su compañía tras ser acusado falsamente por su propio socio de una malversación de fondos millonaria. El socio había falsificado actas de asamblea y estados financieros para declararlo en quiebra y arrebatarle las acciones. Era un caso difícil, pero ni mucho menos imposible.
Estuve revisando las auditorías incluso después de regresar a casa. Cuando la noche cayó, acosté a Mateo y a Ethan, quienes quedaron profundamente dormidos tras un día agotador. Sofía se había ido conmigo a casa para ayudarme; se había convertido en mi pilar operativo y en una aliada incondicional.
—Si encontramos la discrepancia en los libros contables antes de la audiencia de mañana, el juez no tendrá más remedio que ordenar una peritaje que finalmente dé con la verdad —comentó Sofía, pasándome una taza de té caliente mientras revisaba la montaña de anexos sobre la mesa del comedor.
—La clave no está en los saldos finales, Sofía, sino en las fechas de las transferencias —respondí, pasando la punta del bolígrafo por una línea de código bancario—. Mira esto... La firma de autorización tiene fecha del catorce de marzo, pero el certificado digital del banco demuestra que el socio estaba fuera del país esa semana y operó desde una IP no autorizada.
Sofía ahogó un grito de sorpresa al entender el hallazgo.
—Falsificación de documentos mercantiles y fraude procesal —susurró con los ojos bien abiertos.
Gritar victoria antes de tiempo no era mi estilo, pero esa noche supe que teníamos la estocada final. Ganar este caso no solo salvaría el patrimonio del señor Vargas; catapultaría la firma a un nivel superior. Necesitaba construir un nombre tan sólido y respetado que ni el apellido Fábregas ni las sombras de mi pasado pudieran volver a tocarme jamás.
Cuarenta y ocho horas después, me encontraba de pie en el estrado del Tribunal Mercantil.
Vestía un traje sastre azul marino, con la postura erguida y la voz firme. Frente a nosotros, el socio demandante y su costoso equipo de abogados mostraban una sonrisa arrogante que se desvaneció en cuanto presenté la prueba pericial de la IP bancaria y la falsificación de la firma en las actas de la asamblea.
—Su Señoría —expuse con serenidad y contundencia, mirando fijamente al juez—, la evidencia demuestra que no existió tal malversación por parte del señor Vargas. Lo que aquí presenciamos es un intento deliberado de despojo corporativo mediante la simulación de actos jurídicos y el uso de documentación falsa.
El silencio en la sala era sepulcral. Los abogados de la contraparte intentaron objetar con evasivas, pero los argumentos técnicos que presenté eran aplastantes.
Tres horas más tarde, el juez emitió su fallo: no solo desestimó todas las acusaciones en contra del señor Vargas, sino que ordenó la restitución inmediata de sus acciones, la congelación de las cuentas de la parte demandante y el inicio de un proceso penal por fraude mercantil contra el socio.
Al salir de la sala de audiencias, el señor Vargas me tomó las manos con lágrimas en los ojos.
—Usted no solo salvó mi empresa, Doctora Elena... Salvó el sustento de más de cincuenta familias que dependen de este negocio. No tengo cómo pagarle semejante hazaña.
La noticia del veredicto no tardó en circular en los círculos empresariales y en la prensa económica local. Para el final de la semana, las llamadas en la recepción de la firma no paraban de sonar.
Grandes corporaciones, emprendedores y comerciantes buscaban mi asesoría para blindar sus negocios.
Mi nombre finalmente pesaba por sí mismo. Había dejado de ser una sobreviviente para convertirme en la abogada mercantil más codiciada de la ciudad. Y lo mejor de todo era saber que, al llegar a casa esa noche, podría mirar a mis hijos a los ojos y decirles que el futuro que les prometí ya era una hermosa realidad.