Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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EL PESO DE LA CORONA
Pasaron los meses y la paz se asentó sobre el reino, pero no fue una paz tranquila. Fue una paz tensa, vigilada, como el silencio que precede a la tormenta. Yo caminaba por los pasillos de la Ciudadela y notaba las miradas: unas de respeto profundo, otras de temor, algunas de desconfianza. La gente me veía gobernar con mano firme, tomar decisiones rápidas, dictar leyes sin dudar… y muchos empezaron a susurrar que yo tenía demasiado poder. Que el rey era sombra y yo la luz. Que la loba que llegó al trono por la fuerza nunca dejaría de ser peligrosa.
Una tarde, entré al salón del consejo y el murmullo se cortó de golpe. Kaelen estaba sentado en el trono, con la frente apoyada en una mano, mirando unos pergaminos. Al verme entrar, levantó la vista, y su expresión no era de bienvenida. Era de cansancio.
—Lyanne —dijo, sin entusiasmo—. Llegas tarde.
—Me detuve en las fronteras —respondí, acercándome a la mesa—. Los aldeanos temen que los clanes del norte vuelvan. He hablado con ellos, les he dado grano, les he prometido protección.
—¿Sin consultarme? —preguntó él, con voz baja y tensa—. Distribuiste provisiones sin pasar por el tesoro. Prometiste soldados sin preguntarme.
Me detuve, sorprendida por su tono.
—El pueblo pasaba hambre. El miedo crece cuando el estómago está vacío. No había tiempo para esperar a que los consejos debatieran. Hice lo que debía hacerse.
—¿Lo que debías tú? —Se puso de pie de un golpe—. ¿O lo que querías? Lyanne, cada día tomas más decisiones sin mí. Cada día te escuchan a ti antes que a mí. Los capitanes te obedecen a ti. Los ancianos te piden consejo a ti. ¿Cuánto tiempo más hasta que me olviden por completo? ¿Hasta que yo sea solo un adorno en mi propio trono?
El dolor y la rabia se mezclaron en su voz, y comprendí de golpe: no era solo celo de poder. Era miedo. Miedo a que yo lo superara, a que lo reemplazara, a que él fuera el segundo en todo, incluso en su propia casa.
—Nunca te he reemplazado —dije, con calma pero con firmeza—. Estoy a tu lado, no en tu lugar. Pero si yo actúo es porque hay cosas que no pueden esperar. Porque el pueblo necesita respuestas ahora, no mañana. Si eso te ofende… lo siento. Pero no dejaré de hacer lo correcto por miedo a que te sientas desplazado.
—¿Correcto? —repitió él, acercándose con paso pesado—. Tu versión de lo correcto es que todo gire a tu alrededor. Que todos te miren a ti. Que yo… yo desaparezca poco a poco. ¿Es eso lo que quieres, Lyanne? ¿Ser reina en nombre y en hecho, y yo solo ser tu marido?
—Quiero que seamos fuertes juntos —respondí, sintiendo cómo la ira empezaba a subirme, pero la contuve—. Quiero que este reino sea invencible. Pero si tú ves mi fuerza como una amenaza… entonces ya hay algo roto entre nosotros. Y no lo rompí yo sola.
Se giró bruscamente, alejándose hacia la ventana.
—La gente habla. Dicen que eres demasiado poderosa. Demasiado fría. Que cuando decides algo, no hay vuelta atrás. Que incluso… que quizás lo de Wynne… que quizás tú la empujaste a irse. Que la amenazaste.
Sentí como si me hubiera golpeado. Me quedé helada, sin palabras al principio.
—¿Tú también lo crees? —susurré—. ¿Después de todo lo que vivimos? ¿Después de que yo di a luz a tu hijo, de que defendí este reino con mis propias manos… crees que soy una cobarde que amenaza a mujeres en la sombra?
—No sé qué creer —murmuró él, sin mirarme—. Todo sucedió muy rápido. Tú siempre un paso adelante. Ella siempre un paso atrás. Y ahora… ahora no hay nadie que te iguale. Nadie que te cuestione.
—Si no hay nadie que me cuestione —dije, con voz quebrada pero firme—, no es porque yo lo prohibí. Es porque todos ven que hago lo que hay que hacer. Si te sientes opacado, Kaelen, es porque tú te quedaste quieto. Yo no te robé nada. Tú lo dejaste caer.
Salí de la sala con el corazón golpeándome con fuerza. No me detuve a llorar. Caminé directa a los aposentos de Elian, necesitando verlo, necesitando recordar por qué hacía todo esto. Al entrar, lo encontré jugando con su caballo de madera, y al verme, corrió hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Madre! ¡Me has traído algo?
Lo alcé en brazos, abrazándolo con fuerza, respirando su olor a limpio y a vida nueva.
—Te he traído algo mejor que un regalo, pequeño. Te he traído la verdad. Y la verdad es que no siempre es fácil ser fuerte. A veces duele. A veces te quedas solo. Pero vale la pena.
—¿Estás triste, madre? —preguntó él, acariciándome la mejilla con su manita.
—A veces —admití—. Pero no por mucho tiempo. Porque la tristeza no construye reinos. Y tú y yo… tenemos mucho que construir.
Esa noche, Elara entró en mi habitación con una expresión preocupada.
—Señorita… hay rumores. Dicen que el rey está pensando en limitar vuestro poder. Que va a prohibiros asistir a los consejos. Que dicen que sois una influencia peligrosa para el príncipe.
Me senté en el borde de la cama, sintiendo el frío de la verdad.
—Lo sé. El miedo es más fuerte que el amor, Elara. Y cuando la gente tiene miedo, busca a quién culpar. Y yo… soy la más fácil. Soy la extranjera que llegó y tomó todo. La esposa que no lloró. La mujer que no pide permiso.
—¿Qué haréis? —preguntó ella, asustada—. ¿Dejaréis que os quiten todo?
—No —respondí con firmeza—. Pero tampoco pelearé contra él con espadas. Pelearé con la verdad. Con el tiempo. Con los hechos. Si me prohíben los consejos… gobernaré desde el pueblo. Si me cierran las puertas del palacio… abriré las de las aldeas. El trono no está en una silla de piedra. Está en el pueblo que te sigue. Y si él olvida eso… no será yo quien lo destruya. Será él mismo quien se caiga.
Me acerqué al espejo y me miré. No era la muchacha que llegó años atrás. Tenía cicatrices invisibles, mirada de acero, y un peso en los hombros que nadie más podía llevar.
—Me llaman peligrosa —susurré a mi reflejo—. Me llaman ambiciosa. Me llaman fría. Que lo hagan. Pero que no se atrevan a decir que no he dado todo por este reino. Que no se atrevan a decir que no los protejo incluso de ellos mismos.
Tomé mi cuaderno y escribí, con trazo firme pero con la mano ligeramente temblorosa:
El trono no pesa lo que creía. No pesa por el oro ni la corona. Pesa por la soledad. Porque cuando subes lo suficiente alto, ya no hay nadie a tu altura. Kaelen me teme. Los ancianos me vigilan. El pueblo me admira… pero también me teme. Y en medio de todo, estoy yo. Con mi hijo y mi deber. Nadie me dijo que gobernaría significar estar siempre sola. Nadie me dijo que la victoria dejaría un sabor tan amargo en la boca. Pero no volveré atrás. No puedo. La corona ya está puesta. Y aunque me corte la frente… no la dejaré caer.
Cerré el cuaderno y me acosté. No dormí mucho. Pero cuando salió el sol, me levanté con la misma determinación de siempre. Si la guerra ya no era contra un ejército del norte… ahora era contra la duda, el miedo y los celos de quienes debían ser mis aliados. Y esa batalla… sería mucho más difícil de ganar.