Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
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Capítulo 3
Cinco años después. Una mañana de martes.
Desperté con el mismo vacío de siempre, ese que ningún café llenaba, ese hueco que se instalaba en el pecho apenas abría los ojos y no terminaba de irse en todo el día. Me quedé un momento mirando la mancha de humedad en el techo, la misma que llevaba semanas prometiéndome descifrar qué forma tenía —¿un pájaro?, ¿una nube?— sin llegar nunca a ninguna conclusión, como si ese pequeño misterio doméstico fuera lo único manejable en una vida hecha de preguntas más grandes.
Cinco años. Los médicos dijeron que estuve cuatro años y medio en coma —cuatro años y medio, un cuerpo respirando por su cuenta en una cama de hospital mientras el mundo seguía girando sin mí— y que desperté hace apenas seis meses, y que era un milagro que caminara, un milagro que hablara, un milagro simplemente que siguiera existiendo. Lo que no me dijeron —lo que nadie pudo devolverme, ni con terapia ni con paciencia ni con las fotografías borrosas que alguna vecina me prestó sin explicar de dónde las había sacado— fue todo lo que había antes del accidente. Un hueco negro, perfecto, sin bordes, donde deberían estar mis recuerdos de los meses previos al accidente y de todo lo ocurrido después. Ni un nombre. Ni un rostro. Ni una razón para el dolor sordo que a veces me subía por el pecho sin avisar, como una ola que rompe contra una playa que no reconozco.
A veces sueño con lluvia y con un llanto que se aleja, y despierto con la cara mojada sin saber por qué, con las sábanas empapadas de sudor frío y el corazón latiéndome como si hubiera corrido kilómetros dormida. Esta madrugada había sido igual: el mismo sueño de siempre, borroso, hecho de sombras y de un frío que no correspondía a ninguna estación del año que yo recordara.
Me levanté, me lavé la cara en el espejo rajado del baño —una grieta que le atravesaba la mitad, herencia del inquilino anterior, que nunca había tenido dinero para arreglar— y conté, otra vez, los sobres que se acumulaban sobre la mesa de la cocina como una pequeña montaña de mal augurio. Deudas del hospital. Renta atrasada, dos meses ya, con la dueña del departamento tocando la puerta cada viernes con la misma sonrisa tensa. Un préstamo que un tal licenciado me recordaba cada semana con una amabilidad que daba escalofríos, esa cortesía de quien sabe exactamente cuánto tiempo te queda antes de que algo malo pase.
Necesitaba trabajo. Ya. Del que fuera.
Me serví el último resto de café de la cafetera, ya tibio, y me senté un momento en la única silla de la cocina que no cojeaba, la que tenía una pata reforzada con cinta canela desde antes de que yo me mudara. Por la ventana entraba el ruido de siempre: el camión de la basura, un perro ladrando dos pisos abajo, alguien discutiendo por teléfono en la calle sobre una deuda de renta que sonaba dolorosamente parecida a la mía. Sonidos ajenos, sonidos de una vida que sentía prestada, igual que si yo fuera una inquilina en mi propia existencia. La trabajadora social del hospital me lo había dicho con delicadeza, hacía meses: "Es normal sentirse desconectada, Ximena. Reconstruir una identidad después de algo así lleva tiempo." Como si una identidad fuera algo que se reconstruye con paciencia, ladrillo por ladrillo, y no algo que simplemente se tiene o no se tiene.
Encendí la tele por costumbre —siempre es bueno saber qué pasa allá afuera, en el mundo al que no termino de pertenecer del todo, como si yo fuera una visitante recién llegada a mi propia vida— y dejé que el noticiero matutino hablara solo, de fondo, mientras revisaba en el celular, con el café enfriándose junto al codo, la lista de entrevistas que había marcado la noche anterior con círculos rojos, como quien marca fechas de examen. Había rechazado tres para quedarme con una sola: médica de planta para una familia en Valle de Bravo. Pagaban el doble que cualquier hospital público. El doble. Con eso podía empezar a respirar, podía dejar de sentir que cada mes era una carrera contra un reloj que solo yo veía correr, podía quizás hasta comprarme un espejo nuevo.
La dirección me llevó fuera de la ciudad, por una carretera de montaña que me apretó el pecho sin razón aparente, una opresión física, casi náusea, que no supe explicarme —será el hambre, me dije, aunque sabía que no era eso—, hasta un portón de hierro negro que se abría a un jardín más grande que la colonia entera donde yo vivía, con setos recortados en formas geométricas perfectas y una fuente que en ese momento no funcionaba, seca, con hojas amontonadas en el fondo de piedra.
Hacienda Nocedal, decía la placa, en letras de bronce que alguien pulía con demasiada frecuencia. El nombre no me dijo nada, y sin embargo algo en el sonido de esas dos palabras juntas me hizo detenerme un segundo de más frente al taxímetro, igual que si mi cuerpo esperara reconocer algo que mi mente no alcanzaba.
Bajé del taxi alisándome la blusa —la única que no tenía manchas visibles— con el currículum apretado contra el pecho como si fuera un escudo capaz de detener algo. Del otro lado de la reja, un guardia con cara de pocos amigos, brazos cruzados sobre un pecho ancho, me cerró el paso antes de que yo dijera una sola palabra.
—El puesto cambió —soltó, sin mirar siquiera mi carpeta, sin mirarme casi a mí—. Hoy no se contrata médica. Hoy se entrevista para niñera de los gemelos del señor.
—¿Cómo que cambió? —Sentí que la sangre se me subía a la cabeza, un calor rápido que me quemó las orejas—. Ayer confirmé la cita por teléfono, con una secretaria que me repitió la dirección dos veces, letra por letra. Por venir hasta acá rechacé otras tres entrevistas, tres, y ahora estoy sin ninguna. ¿Y a nadie se le ocurrió avisarme? ¿Una llamada, un mensaje, algo? El taxi hasta acá me costó lo que como en tres días.
—Ese ya no es mi problema, señorita. —Extendió el brazo para apartarme, con el mismo gesto que usaría para espantar a un perro callejero—. Circule.
—Al menos déjeme hablar con quien tomó la decisión. Cinco minutos, eso es todo lo que pido. Ni siquiera necesito el puesto original, solo que alguien me explique qué pasó.
—Aquí no se negocia, señorita. Esta es propiedad privada, y usted ya no tiene ningún asunto pendiente del otro lado de esta reja.
Miré más allá de él, hacia la casa que se alzaba al fondo del jardín, enorme, blanca, con ventanales que reflejaban un cielo que empezaba a nublarse. Por un segundo tuve la sensación extraña, física, de que ya conocía ese jardín, esos setos, ese camino de grava que serpenteaba entre las jacarandas, como si mis pies recordaran un trayecto que mi cabeza jamás había recorrido. Imposible. Nunca he estado aquí. Aun así, el pecho se me apretó con algo que no era solo desesperación por el trabajo perdido, algo más parecido a un vértigo, breve y punzante, que se fue tan rápido como llegó.
Ahí, con la reja de por medio, con seis meses de deudas encima y el orgullo colgando de un hilo tan delgado que casi podía oírlo tensarse, entendí dos cosas con una claridad que me sorprendió a mí misma.
La primera, que no me iba a ir sin pelear ese trabajo, fuera cual fuera. Que había caminado demasiado, rogado demasiado, contado demasiados sobres sobre esa mesa como para dejarme correr por un guardia con cara de aburrido que ni siquiera se dignaba a mirarme dos veces.
Miré el reloj: apenas eran las nueve de la mañana. Todavía me quedaba el día entero, y una determinación que ni yo sabía que tenía hasta que la sentí instalarse en el pecho, firme, casi terca. Repasé mentalmente el saldo de mi cuenta —los tres mil doscientos pesos que apenas alcanzaban para la renta del mes—, el sobre del hospital que llevaba tres semanas sin abrir por miedo a la cifra que encontraría adentro, la voz cansada del licenciado repitiéndome "entiendo su situación, señorita, pero los plazos son los plazos" con esa paciencia que sonaba más a amenaza que a comprensión. No. No me iba a ir así, sin más, después de gastar el último efectivo que tenía en un taxi hasta la montaña, después de haber ensayado frente al espejo, la noche anterior, cada posible pregunta de la entrevista que ya no iba a existir.
Y la segunda —aunque entonces no podía saberlo, aunque no tenía forma de adivinarlo mirando ese portón de hierro negro—: del otro lado, en el comedor de esa mansión enorme, dos niños de cinco años acababan de rechazar a su candidata número novecientos noventa y nueve, entre gritos y un plato de cereal volcado sobre un mantel bordado a mano, y un hombre de hielo firmaba, sin ganas, sin creer en absoluto que fuera a servir de algo, la convocatoria que iba a poner mi vida entera de cabeza.