Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 23
En la oficina, Tania trabajaba concentrada, sumergida en un océano de bocetos y diamantes imaginarios dentro de su sala acristalada de una sola dirección. Su concentración se quebró cuando unos golpes sonaron en la puerta.
—Adelante —dijo Tania, ligeramente sorprendida.
Un mensajero de la empresa entró a su despacho llevando un paquete pulcramente envuelto.
—Disculpe, señora Tania, le traen comida.
—¿Ah, sí? ¿De parte de quién?
—De la gerencia, señora. Para su almuerzo —respondió el mensajero con cortesía.
Tania se extrañó ante aquel envío que venía a nombre de la gerencia.
—Muchas gracias —contestó Tania con amabilidad, aunque su mente se llenó de signos de interrogación.
Tras la partida del mensajero, Tania caminó hasta la puerta de su oficina para asegurarse de que se hubiera alejado lo suficiente. Volvió a cerrar la puerta. Ya frente a su escritorio, abrió el paquete con cuidado. Sus ojos se entrecerraron con extrañeza.
Tania habló consigo misma, la voz apenas audible, cargada de asombro.
—Pero si es Spaghetti Aglio e Olio con jugo de fresa... mi comida favorita —contempló lo que tenía delante.
—¿Cómo es posible que en gerencia sepan cuál es mi comida favorita? Esto es rarísimo. Aunque... —Tania se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa.
—Ya qué, mejor me lo como. Justo tengo hambre.
* * *
Tras el encuentro en la cafetería, Rey y Renzo ya se encontraban dentro del auto, avanzando por las calles de la ciudad. El ambiente en el vehículo se sentía más relajado; fuera de la oficina, Renzo se despojaba de su máscara de profesionalismo y le hablaba a Rey como lo que era: un buen amigo.
—Con razón, Rey, me pediste que investigara a Tania —comentó Renzo con una sonrisa burlona—. Resulta que es la mujer de tus sueños —soltó una risa breve—. La verdad me quedo algo aliviado; pensé que tenías alergia a las mujeres, porque todo el tiempo que estuviste en el extranjero mantuviste una distancia absoluta con ellas.
Rey se limitó a una sonrisa discreta, la mirada fija al frente, aunque sus ojos irradiaban una calidez poco habitual en él.
Renzo retomó la palabra, esta vez con tono serio.
—Pero tu Tania ya está casada, Rey. Lo mejor sería que no te metieras en eso.
—Renzo... tú mismo lo escuchaste hace un rato —respondió Rey, la voz serena pero firme—. El matrimonio de Tania no está nada bien. Su marido la engaña descaradamente, metió a la amante en su propia casa.
—Sí, Rey, pero Tania tampoco es ninguna tonta, ¿verdad? Es una mujer astuta. Yo creo que puede resolver sus problemas sola —replicó Renzo con genuina preocupación—. Me preocupa que si nos involucramos, podamos echar a perder el plan que Tania ya tiene armado.
Al escuchar las palabras de Renzo, Rey adoptó una expresión reflexiva, la mirada perdida en el horizonte. En el fondo, coincidía con su amigo. No debían perturbar la concentración de Tania.
—Podemos ayudar a Tania desde lejos, Renzo —dijo Rey finalmente, mientras una idea tomaba forma en su mente—. Por ejemplo, podrías poner a alguien a vigilar todos los movimientos de Diego. Creo que eso sería seguro; ni tú ni yo tendríamos que intervenir directamente.
—Pon a alguien a averiguar dónde trabaja Diego, o pregúntale a Luna. Después, coloca a uno de nuestros informantes dentro de esa empresa.
Al escuchar la idea de Rey y el nombre de Luna, Renzo se estremeció de inmediato, recordando su hilarante interacción en la cafetería.
—Mmm, Rey —se quejó Renzo con una mueca cómica—. No sé de qué está hecha esa Luna, la amiga de Tania. No tiene ni un gramo de elegancia; es todo lo contrario a Tania.
Rey soltó una carcajada genuina al oír las quejas de Renzo, una risa abierta que rara vez se le escuchaba. Al instante recordó lo marimacha que era Luna en la universidad. Los dos continuaron el trayecto, con un plan nuevo que empezaba a tomar forma en sus mentes.
* * *
Esa tarde, el ambiente en la casa de Diego se sentía diferente. El sol comenzaba a inclinarse hacia el poniente, tiñendo el cielo de anaranjado. Diego había llegado antes del trabajo, mientras Tania —que a propósito se demoró— seguía en la oficina.
El auto de Diego entró a la propiedad. Farah, que ya lo esperaba, lo recibió en la puerta con una sonrisa radiante. Su expresión era de felicidad pura; le encantaba darle la bienvenida a Diego como si fuera una verdadera esposa, el papel que siempre había anhelado.
—Amor, ¿ya llegaste? —lo saludó Farah con voz melosa y sincera.
Diego al principio mantuvo la distancia, mirando de reojo hacia los rincones de la casa, temeroso de que Tania hubiera vuelto.
—Sí, cariño —respondió, algo rígido.
Farah, que advirtió la inquietud de Diego, sonrió y le susurró:
—Tania no ha llegado, amor. Parece que se quedó trabajando hasta tarde.
Al escuchar eso, la expresión de Diego se transformó por completo. Su preocupación se esfumó, reemplazada por una mueca de satisfacción. De inmediato empezó a ponerse cariñoso con Farah. Se abrazaron con complicidad y entraron a la casa, disfrutando de su momento de "marido y mujer" bajo una vigilancia que desconocían. Farah saboreaba cada instante, convencida de que su sueño se hacía realidad.
Sin que ninguno de los dos lo supiera, Tania observaba todo desde su celular en la oficina. A través de las cámaras ocultas que había instalado, veía cada gesto, cada caricia y cada mentira que Diego exhibía sin pudor.
El rostro de Tania se endureció; sus ojos despedían una rabia gélida. Contuvo la respiración, apretó los puños, pero mantuvo la calma. Grabó todas las pruebas, dejando que la hipocresía de ambos quedara registrada con nitidez.
* * *
Diego y Farah caminaron hacia la sala. Allí, Doña Carmen descansaba leyendo una revista. Se puso de pie de inmediato, el rostro endurecido, al ver a su hijo entrar abrazando a otra mujer en la casa de Diego y Tania.
—¡Diego, no tienes vergüenza! —lo reprendió Doña Carmen con voz cargada de decepción—. ¡No porque Tania no esté van a hacer lo que les dé la gana!
Diego soltó a Farah, el rostro crispado de irritación.
—Ay, mamá, por favor, no hagas escándalo. Estoy agotado. Ya quedamos en algo, ¿no? Tú te limitas a guardar silencio y a seguir toda esta farsa. Si no, ¿todavía te acuerdas de lo que te dije? —Su tono destilaba amenaza.
—¡El deseo te tiene completamente cegado, Diego! ¿Tú crees que una mujer como Farah seguiría contigo si no tuvieras nada, eh? —Doña Carmen fulminó a Farah con una mirada despectiva—. No lo olvides, Diego: tu éxito tiene la huella de Tania, las oraciones de una esposa.
Diego no volvió a contestarle a su madre; la furia le hervía en la coronilla. Se marchó sin más, caminando a paso rápido junto a Farah hacia la habitación de ella en la planta alta.
Doña Carmen estaba profundamente indignada ante la conducta intolerable de su hijo; la desesperanza le inundaba el pecho.
Diego y Farah llegaron al cuarto de huéspedes que ocupaba Farah. Diego azotó la puerta; la rabia del enfrentamiento con su madre aún le corría por las venas.
Farah, intentando calmarlo y desviar su atención, le lanzó una mirada traviesa.
—Amor, déjame quitarte el cansancio, ¿sí?
—Cariño... ahora no es buen momento —se resistió Diego—. Aunque me muero de ganas, me preocupa que Tania aparezca de pronto y nos agarre. La situación aquí está cada vez más tensa.
Farah bufó, molesta.
—Ay, ándale, Tania seguro tarda un buen rato todavía. Hace mucho que no estamos a gusto así. Siempre es a medianoche, y ni siquiera puedes relajarte. Este es el momento perfecto, amor —insistió, acercándose a Diego.
—Vamos a hacerlo en el cuarto de Tania —propuso Farah, tratando de manipularlo.
Diego se puso nervioso de golpe.
—¡No, cariño! ¡Eso no!
—¿Por qué no, amor? Tú me prometiste que podía entrar al cuarto de Tania. ¡Quiero que lo hagamos en la cama de Tania! —exigió Farah, los ojos encendidos de rabia.
—¡Que no, cariño! —la frenó Diego, presa del pánico—. ¡Todavía no es el momento! Ya llegará el día en que lo hagamos allí, pero ahora no. —Diego intuía que algo raro había con la habitación de Tania, o simplemente le aterraba que los descubrieran.
Farah resopló con fastidio, consciente de que Diego era demasiado cobarde.
Continuará...