El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XXII Visita al templo
Punto de vista de Amelia
El templo ancestral era un lugar imponente, impregnado de una paz profunda y antigua que nunca antes había sentido en mi vida.
—Hasta aquí te acompaño —dijo Alexander, deteniéndose junto a las enormes columnas de piedra de la entrada.
—Tengo miedo de lo que esa mujer me vaya a decir... —confesé en un hilo de voz, sintiendo cómo el corazón me golpeaba el pecho de manera desbocada.
—Eres la mujer más valiente que he conocido, Amelia. No debes temer a nada —respondió él. Su voz, cargada de un orgullo sincero, me dio el empujón de valor que necesitaba para cruzar el umbral—. Aquí estaré esperándote.
Se acercó y me dio un suave beso en los labios, un toque cálido que calmó por un segundo mi tempestad interna. Tras despedirme, caminé a paso lento por el sendero de piedra que se adentraba en el santuario, dejando a Alexander atrás.
En el centro del recinto, la anciana Moira ya me estaba esperando. Al verme llegar, inclinó la cabeza con profundo respeto, un gesto solemne ante el cual no supe muy bien cómo reaccionar, aunque sabía que formaba parte de las costumbres de su pueblo.
—Luna, bienvenida a este sagrado santuario —expresó con voz pausada y serena.
—Gracias por recibirme, anciana Moira. Aunque, a decir verdad, estoy muy nerviosa —fui sincera. Sentía que los nervios me estaban devorando por dentro.
—No hay nada que temer, mi Luna. Por favor, sígame. La conversación que debemos tener es bastante larga e importante.
La seguí a través de un pasillo abovedado hasta salir a un jardín interior que parecía sacado de un cuento. El aire olía a tierra húmeda y flores silvestres, y el ambiente estaba cargado de una vibración casi palpable, como si el lugar estuviera vivo. Nos sentamos en una banqueta de piedra ubicada justo en el centro del jardín.
—Sé que te cuesta aceptar lo que eres, Amelia —comenzó Moira, clavando sus ojos grises y sabios en los míos—. Para tu mente de médica, todo esto parece una locura. Pero la Diosa Luna no elige a sus representantes por casualidad. Lo que ocurrió anoche en el bosque, la forma en que la tierra respondió a tu energía y cómo sanaste las heridas de nuestros guerreros... no fue obra de Alexander. Fue tu propia esencia.
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Qué soy realmente, Moira? —pregunté en un murmullo.
—Eres la portadora de la bendición de la Luna de Plata —reveló la anciana, extendiendo sus manos arrugadas para tomar las mías—. Un alma nacida cada cierto número de siglos con la capacidad de sanar no solo el cuerpo, sino la esencia misma de nuestra especie. Pero ese don tan sagrado es también un peligro mortal, porque hay quienes destruirán manadas enteras con tal de poseer tu sangre...
La conversación con Moira se extendió durante horas. Me explicó leyendas antiguas, responsabilidades que jamás imaginé tener y la verdadera razón por la que mi sola presencia alteraba la naturaleza a mi alrededor. Cuando salí del templo ancestral, la tarde comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y violetas.
Alexander me esperaba al pie de la escalinata de piedra, tal como lo había prometido. Al verme, sus ojos dorados se iluminaron y dio un paso al frente para tomar mis manos.
—¿Cómo te fue? —preguntó suavemente, buscando mi mirada.
—Tengo mucho que procesar... pero estoy bien —respondí, sintiendo un cansancio emocional enorme recorrer mi cuerpo.
Caminamos despacio hacia el centro del pueblo. La sola idea de regresar a la casa de los omegas esa noche y separarme de él me provocaba un vacío extraño e insoportable en el pecho. El vínculo estaba tirando de mí con más fuerza que nunca, y por primera vez, no quise luchar contra él.
—Alexander... —me detuve en medio del camino, mirándolo a los ojos—. No quiero volver a la casa de los omegas esta noche. Quiero quedarme contigo en la casa de la manada. No soporto la idea de estar lejos de ti.
Un destello de sorpresa y un brillo de pura devoción cruzaron el rostro del Alfa. Sin decir una sola palabra, apretó mi mano con firmeza y caminamos juntos hacia la gran mansión principal.
Al cruzar las enormes puertas de roble de la fortaleza, el ambiente en el gran vestíbulo se congeló de golpe. Alexander caminaba a mi lado sosteniendo mi mano con orgullo, entrelazando sus dedos con los míos a la vista de todos.
Las miradas de los habitantes de la mansión se clavaron en nosotros de inmediato. Algunos miembros de la servidumbre y guerreros jóvenes nos observaban con profunda curiosidad y respeto murmullando entre ellos; pero otros, en especial los leales al Alfa Gerard y la propia Sabrina, quienes nos miraban desde el balcón del segundo piso, mantenían rostros desencajados por la molestia y el veneno.
Alexander ignoró cada una de las miradas desafiantes, guiándome con seguridad hacia las escaleras que conducían a sus aposentos privados.
Sin embargo, antes de que pudiéramos dar el primer paso hacia el segundo piso, la pesada puerta principal del castillo se abrió de golpe con un estruendo ensordecedor.
Un guerrero de la guardia perimetral irrumpió en el vestíbulo corriendo, bañados en sudor, con el rostro pálido y la respiración agitada por el pánico.
—¡Alfa! ¡Alfa Supremo! —gritó el guardia, cayendo de rodillas ante la conmoción de todos los presentes en la sala—. ¡Atacaron la Cerca Este! ¡Los renegados irrumpieron en el pueblo!
El cuerpo de Alexander se tensó al instante y su agarre en mi mano se volvió protector.
—¿Dónde fue el ataque exactamente? —demandó Alexander con una voz cavernosa que hizo retumbar las paredes de piedra.
—¡En la casa de los omegas, mi lord! —informó el guerrero con voz temblorosa—. Derribaron las puertas... hay destrozos y se llevaron a una de las mujeres.
El mundo se detuvo para mí en ese preciso segundo. El aire desapareció de mis pulmones y la sangre se me congeló en las venas mientras el pánico se apoderaba por completo de mi corazón.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto