CONTINUACIÓN DE POLVO Y PROMESAS Veinte años después de que Valentina y Ethan Blackwood encontraran el amor entre polvo, caballos y promesas, la historia de los Blackwood continúa. Mike Blackwood nació y creció entre los campos de su familia , no imagina una vida lejos de aquellas tierras. Alessandra es una estudiante universitaria de tercer año que llega al pueblo como parte de un intercambio académico para continuar sus estudios Inteligente, decidida y apasionada por los animales, no está dispuesta a dejarse impresionar por un cowboy engreído que parece creer que sabe absolutamente todo ( de quien lo habrá heredado?) Su primer encuentro no podría salir peor. Pero enamorarse no estaba en los planes de ninguno. Mucho menos cuando ambos están convencidos de que el otro es exactamente la clase de persona que deberían evitar. Porque algunas historias de amor comienzan con una promesa. Y otras… comienzan con una discusión. Mike Blackwood y Alessandra están a punto de descubrir que el destino también sabe ensuciarse las botas. Una nueva generación. Un nuevo amor. El mismo rancho donde todo comenzó.
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Una pequeña competencia
Los días en el rancho comenzaron a pasar más rápido de lo que Alessandra esperaba.
Ya no necesitaba que alguien le indicara dónde estaban los corrales.
Sabía qué animales necesitaban más atención, dónde encontrar las herramientas y hasta cuál de los caballos tenía la costumbre de intentar morder cuando alguien se acercaba demasiado rápido.
También había aprendido algo más importante.
Mike Blackwood era competitivo.
Muchísimo.
Y parecía que tenía un problema particular con aceptar que alguien pudiera saber algo que él no.
Aquella mañana estaban revisando a los caballos cuando Alessandra se detuvo frente a uno de ellos.
—Este está inquieto.
Mike, que estaba revisando una de las monturas, levantó la mirada.
—¿Cuál?
—El marrón.
—Siempre está así.
Alessandra negó con la cabeza.
—No.
Mike se acercó.
—¿Qué quieres decir?
Ella observó al caballo unos segundos.
—Mueve constantemente la oreja izquierda.
Mike miró al animal.
Después a ella.
—¿Y?
—Está escuchando algo.
—Probablemente los otros caballos.
—No.
Mike cruzó los brazos.
—¿Y cómo estás tan segura?
Alessandra sonrió.
—Porque lleva varios minutos mirando hacia el mismo lugar.
Mike guardó silencio.
El caballo volvió a mover la oreja.
Alessandra señaló hacia el campo.
—Mira.
Mike siguió su mirada.
Había un grupo de trabajadores al otro lado de la cerca.
Uno de ellos estaba utilizando una máquina que producía un sonido bastante agudo.
Mike volvió a mirar al caballo.
—Bien.
Alessandra sonrió.
—¿Eso fue una admisión de que tenía razón?
—No exageres.
—La tuve.
—Una vez.
—Cuenta.
Mike soltó una risa.
—Te estás acostumbrando demasiado rápido.
—¿A tener razón?
—A desafiarme.
Alessandra se encogió de hombros.
—Quizás porque es divertido.
Mike la miró durante unos segundos.
Y entonces sonrió.
—¿Quieres competir?
Ella frunció el ceño.
—¿Competir en qué?
Mike señaló los caballos.
—Ensillar.
Alessandra soltó una pequeña carcajada.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué gano?
—La satisfacción de vencerme.
—Eso no parece un premio.
—Porque no vas a ganar.
Alessandra lo miró fijamente.
—¿Estás seguro?
Mike sonrió.
—Completamente.
—Bien.
Ella dejó su libreta a un lado.
—Acepto.
⸻
Cinco minutos después, ambos estaban preparando sus caballos.
Mike lo hacía con una facilidad desesperante.
Alessandra intentaba ignorarlo.
—¿Nerviosa? —preguntó él.
—No.
—Estás apretando demasiado la correa.
Alessandra revisó la montura.
—No.
Mike se acercó.
—Sí.
—Mike…
Él se agachó y ajustó la correa.
—Ahora está bien.
Alessandra lo miró.
—Podría haberlo hecho.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Mike se levantó.
—Porque estabas a punto de hacerlo mal.
Ella lo empujó suavemente.
—Arrogante.
—Eso ya me lo dijiste.
—Y seguiré diciéndolo.
Mike sonrió.
—Perfecto.
Montaron.
El caballo de Alessandra avanzó unos metros.
Mike la siguió.
—¿Lista?
—Sí.
—No te quedes atrás.
—No pienso hacerlo.
Mike hizo avanzar a su caballo.
Alessandra lo siguió.
Durante unos segundos estuvieron igualados.
Después Mike aceleró.
Alessandra sonrió.
—¡Eso no vale!
—¿Qué?
—¡Dijiste que era una competencia!
—Lo es.
—¡Y estás haciendo trampa!
—No hay reglas.
Alessandra negó con la cabeza.
Entonces aceleró también.
Mike giró la cabeza.
La vio acercarse.
—¿En serio?
—Te dije que no me iba a quedar atrás.
Mike soltó una carcajada.
—Está bien.
Aceleró un poco más.
Pero Alessandra no se quedó atrás.
Por primera vez, Mike dejó de sonreír con arrogancia.
Ahora estaba realmente sorprendido.
Cuando finalmente regresaron al establo, ambos bajaron casi al mismo tiempo.
Alessandra respiraba agitada.
Mike también.
Se miraron.
—Empate —dijo ella.
Mike negó con la cabeza.
—Ganaste por poco.
Alessandra abrió los ojos.
—¿Acabas de admitir que gané?
—No hagas una fiesta.
Ella sonrió.
—Voy a hacerlo.
Mike soltó una carcajada.
—Eres insoportable.
—Mira quién habla.
Desde la puerta del establo, una voz interrumpió.
—¡Mike!
Era Elliot.
Mike se giró.
—¿Qué?
Elliot miró a Alessandra.
Después a su hermano.
Y sonrió.
—Mamá quiere que vayas a almorzar.
Mike suspiró.
—Voy.
Elliot no se movió.
—Dijo que fueras con Alessandra.
Mike frunció el ceño.
—¿Por qué?
—No sé.
Elliot sonrió aún más.
—Pero Rose sí sabe.
Y salió corriendo.
Mike se quedó mirándolo.
—Mis hermanos están conspirando.
Alessandra se rio.
—Parece que sí.
Mike la miró.
—Esto no va a terminar bien.
—Por primera vez estamos de acuerdo en algo.
Y mientras caminaban hacia la casa, ninguno de los dos vio a Rose observándolos desde una ventana.
La niña sonrió.
Después se giró hacia Valentina.
—Mamá.
—¿Sí?
—Creo que Mike ya tiene un problema.
Valentina levantó una ceja.
—¿Qué problema?
Rose señaló hacia afuera.
—Ella.