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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

Cap 21: Corazón de Rosas

Abajo, en el estacionamiento subterráneo, Fernando metía a Lili al auto. Ella seguía lloriqueando, pero cambió de estrategia en cuanto la puerta se cerró y quedaron solos. Se secó las lágrimas, se compuso, sacó del bolso un documento doblado y se lo puso a Fernando en las manos.

—Ya no importa lo que digan de mí allá arriba, Fer. Que me odien. Yo solo quiero estar contigo, empezar de cero. Mira. —Fingió una sonrisa valiente, temblorosa—. Ximena ya firmó. El acuerdo de divorcio. Aquí está, con su firma y todo. Ya somos libres tú y yo. Por fin.

Fernando desdobló el papel bajo la luz mortecina del estacionamiento. En la línea del cónyuge, con la letra inconfundible, redondeada, de Ximena, decía: "Ximena Salazar".

Y a Fernando se le heló hasta el último hueso del cuerpo.

Porque él sabía una cosa que Lili no sabía: nunca hubo matrimonio. Él y Ximena jamás se casaron por lo civil. Se había echado atrás en el registro, años atrás, por cobardía y por Lili. No existía acta que firmar. No existía vínculo legal que disolver. Un "acuerdo de divorcio" firmado por Ximena era, sencillamente, imposible. No se puede divorciar de lo que nunca existió.

Aquella firma era falsa.

Pasó el pulgar por encima del nombre, despacio. La tinta se corrió apenas, se emborronó bajo la yema. Pluma borrable. Alguien había imitado a mano la letra de Ximena, la había calcado con paciencia, y la había falsificado sobre un papel inútil.

Y de golpe, como una puerta que se abre de una patada en un cuarto oscuro, se le juntaron todas las piezas a la vez.

El diario.

Aquel diario de la universidad "lleno de maldiciones", escrito con la letra de Ximena, por el que él se había ido al extranjero, por el que la había despreciado y odiado durante tres años enteros. También pudo haberlo falsificado la misma mano. La misma pluma paciente. La misma mujer que ahora lloraba a su lado con una barriga por delante.

Tres años. Tres años de rencor construidos, ladrillo por ladrillo, sobre una mentira escrita a mano.

—¿Tú escribiste esto? —La voz le salió temblando, ronca de una furia que crecía—. El diario de la universidad. ¿Tú lo escribiste también? ¿Todo este tiempo, todos estos años...?

—Fer, mi amor, no sé de qué me hablas, yo...

—¡¿Fuiste tú, Liliana?!

La agarró del cuello con las dos manos, ciego de rabia, apretando.

—¡El bebé! —chilló Lili, arañándole las muñecas, pataleando—. ¡Me vas a matar al bebé, Fernando, suéltame!

Fernando la soltó como si le quemara la piel. Se echó hacia atrás contra la puerta del auto, jadeando, con las dos manos abiertas frente a su propia cara, horrorizado de lo que había estado a punto de hacer y de todo lo que empezaba a comprender. La verdad completa todavía no le cabía en la cabeza, pero ya no había marcha atrás. Abrió la puerta, se bajó del auto y se quedó de pie en el estacionamiento vacío, bajo las lámparas frías, entendiendo por fin qué clase de mujer había elegido, y a cuál había tirado a la basura con sus propias manos.

Arriba, en el piso ochenta y ocho, bajo la gran cúpula de cristal, una orquesta tocaba en vivo.

Adrián le tendió la mano a Ximena en el centro del salón, ante todos los invitados que habían abandonado la otra fiesta.

—¿Bailas conmigo?

Era un tango. Lento, tenso, de cuerpos que se buscan y se retan y se rinden. Adrián la guiaba con una firmeza que no admitía la menor duda: la giraba, la quebraba hacia atrás sobre su brazo hasta casi rozar el suelo, la volvía a levantar de un tirón contra su pecho. Y Ximena, mejilla contra mejilla, la respiración de él en su oreja, sintió de pronto algo absurdo, imposible: que ese cuerpo lo conocía desde antes. Desde mucho antes de Villaverde, de la primera noche, del primer cheque. Un contorno borroso le cruzó la mente —una niña de coletas, un conejo de peluche apretado contra el pecho, un destello azul junto a un río— y se disolvió como humo antes de que pudiera atraparlo.

—¿En qué piensas? —le murmuró Adrián al oído, sin dejar de moverla.

—En nada. —Sacudió la cabeza, espantando la sombra—. En que bailas demasiado bien para haber sido un simple mantenido.

Él se rió, bajo y ronco, contra su pelo.

Cuando la última nota del tango se apagó, el salón entero estalló en aplausos. Adrián, todavía con ella sujeta entre los brazos, alzó la voz sobre la ovación:

—El que suba a felicitar a la señorita Salazar por su cumpleaños se hace socio vitalicio del Cumbre. Cortesía de la casa.

Hubo una pequeña avalancha hacia ellos. Todos querían el privilegio. En la fila, un empresario mayor levantó su copa y, para quedar bien con el magnate, brindó a voz en cuello:

—¡Por la señorita Salazar! ¡Y que muy pronto nos den la buena noticia de un bebé!

Adrián sonrió, peligroso y encantado a la vez.

—Ese deseo me gusta. A ese caballero, además de la membresía, palco permanente. —Y el salón entero, captando de inmediato hacia dónde soplaba el viento, cambió los "felicidades" por "que sean muy felices", "que se casen pronto", "los queremos ver en el altar", como si la boda ya estuviera más que decidida.

Ximena le pisó el pie por debajo, con disimulo.

—Compórtate —siseó, sonriendo a los invitados.

—Nunca. Contigo, nunca.

Entonces se apagaron las luces del salón, y afuera, contra la noche entera de Monteverde, reventó el cielo.

Fuegos artificiales. Rojos. Enormes. Flores de fuego que se abrían, se extendían y se deshacían en una lluvia de pétalos ardientes sobre la ciudad. "Corazón de Rosas", los mismos que tres años atrás habían ardido dos horas seguidas sobre el cielo de la Capital y costado una fortuna que se comentó durante meses en todos los salones.

Adrián la llevó de la mano a la terraza abierta. La abrazó por la espalda, la barbilla apoyada en su hombro, mientras el cielo entero se incendiaba de rojo sobre los dos.

—¿Cuánto costó todo esto? —preguntó Ximena, con la mirada perdida en las flores de fuego—. Dime el número, Adrián. Te lo pago. La fiesta, el salón, los fuegos, el collar. Quiero quedar a mano contigo. No me gusta deber.

Adrián la giró de golpe, sujetándola por los hombros. Ya no sonreía.

—Siempre igual. Siempre con tu contabilidad. Cheques, membresías, "quedar a mano", "no deber nada". —La atrajo por la cintura, la voz baja, casi herida—. Yo no quiero tu dinero, Ximena. Nunca lo quise, ni cuando no tenía dónde caerme muerto y tú me pusiste casa. Quiero un nombre. Quiero que esto que hay entre tú y yo tenga un nombre. Que tú y yo tengamos un nombre delante del mundo.

—Un nombre. —Ximena repitió la palabra como si la sopesara en la mano, con el cielo ardiendo detrás—. ¿Sabes lo que pasa cuando le pones nombre a las cosas, Adrián? Que dejan de ser un juego. Que empiezan a doler cuando se rompen. Un contrato se cancela. Un nombre se entierra.

—¿Y quién dijo que este se va a romper?

—Todos se rompen. —Lo dijo sin dramatismo, como quien enuncia una ley de la física—. El mío ya se rompió una vez. No tengo prisa por repetirlo.

Adrián le sostuvo la cara entre las dos manos, obligándola a mirarlo, la luz roja resbalándole por los pómulos.

—Entonces déjame ser la excepción. Una sola vez en tu vida. Apuéstale a mí.

Y bajo la lluvia de fuego rojo, la besó.

No fue un beso suave. Fue largo, hondo, hambriento; un beso que reclamaba y suplicaba al mismo tiempo, con las manos de él enredadas en su pelo y la espalda de ella arqueándose contra su cuerpo, el corazón golpeándole las costillas sin pedirle permiso. Ximena se dejó besar, lúcida y perdida a la vez, con el sabor del vino y del humo de los fuegos en la boca, sabiendo perfectamente que aquello ya se había salido de los renglones del contrato —sin hablar de amor, cada quien lo suyo, sin ataduras— y sin poder, ni querer ya, detenerlo.

Abajo, en el estacionamiento, Fernando levantó la cara hacia la terraza iluminada de rojo. Vio la silueta de Ximena recortada contra el fuego, entre los brazos de otro hombre. Vio el beso largo bajo los pétalos ardientes.

Y por fin lo entendió del todo: nadie se la había quitado. Él la había echado. Con sus propias manos, tres años atrás, la había empujado hacia la salida y le había abierto la puerta.

Se acordó de la niña de doce años que se hincó junto a su cama del hospital y le juró cuidarlo toda la vida. Se acordó de todas las veces que ella lo había defendido, y de la única vez que él debió defenderla y eligió creerle a un diario falso. La había tenido entera, en las manos, y la había cambiado por una mentira escrita con pluma borrable.

Se quedó ahí, solo, en el frío del estacionamiento, mientras el "Corazón de Rosas" se apagaba pétalo a pétalo sobre una ciudad que ya no era suya y sobre una mujer que ya nunca volvería a serlo.

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