El Destino de la Sangre Mestiza
En un mundo fracturado por una guerra milenaria entre criaturas de la noche, Selene es lo que todos temen y nadie debería existir: una híbrida. Heredera del fuego carmesí y la fuerza indomable de los lobos Alfa, vive escondiendo la mitad de su naturaleza en las sombras. Pero cuando una antigua profecía se desata y el Primer Híbrido despierta para devorar el continente, la única forma de salvar su hogar es pactar con el enemigo.
Valerius es el despiadado y letal príncipe de la Casa de las Sombras. Un vampiro noble que se mueve en la oscuridad con una fría elegancia, educado para odiar a la especie de Selene. Sin embargo, cuando la magia ancestral amenaza con destruirlo todo, se ve obligado a luchar codo a codo con la única mujer capaz de acelerar su frío corazón.
Entre batallas sangrientas contra dioses olvidados, traiciones de la Inquisición humana y secretos ocultos bajo el mar, una atracción peligrosa e inevitable florece entre la fiera y el vampiro.
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El sello roto y el enemigo invisible.
Capítulo 4: El Sello Roto y el Enemigo Invisible.
El cielo sobre la cima de la montaña se tiñó de un violeta enfermizo. El estruendo de la barrera al romperse retumbó en el pecho de Selene como un martillazo.
—¡Mamá! —gritó Selene, convirtiéndose en una ráfaga de velocidad pura hacia el refugio.
Lycan la seguía a pocos metros en su forma de lobo gigante, devorando el terreno a zancadas desesperadas. Quince años de paz oculta se habían desmoronado en un segundo.
Al llegar a la entrada de la cueva ancestral, la escena cortaba la respiración. La gruesa puerta de piedra mágica estaba reducida a polvo. En el centro del altar, Elena yacía tendida, consiente pero extremadamente débil, mientras una fina neblina de azufre rodeaba su cuerpo.
Pero no estaban solos.
Sobre una roca elevada, bañado por la luz de la luna, un joven de capa oscura y armadura de plata pulida observaba el lugar. Apenas aparentaba unos veinte años, de cabello azabache y unos ojos grises, fríos e hipnóticos. No llevaba insignias del Rey Vampiro, pero emanaba un aura de poder aplastante que hacía hervir la sangre de Selene.
—Llegan tarde —dijo el desconocido. Su voz era tranquila, casi melancólica, pero resonó por toda la cueva.
Selene dio un paso al frente, haciendo crujir las garras de sus manos mientras las llamas carmesí encendían sus ojos.
—Aléjate de mi madre si no quieres que te arranque el corazón —amenazó ella, lista para saltarle al cuello.
El joven descendió de la roca con la elegancia de una sombra, posándose a pocos metros de Selene. Su mirada gris se clavó en los ojos de la chica. Por un instante, el aire entre los dos pareció congelarse; una extraña electricidad recorrió la espina dorsal de Selene, haciéndola dudar por una fracción de segundo.
—Tranquila, fiera —dijo él, esbozando una leve sonrisa desafiante—. Si hubiera querido matarla, ya estaría muerta. Solo vine a comprobar si la leyenda del fruto prohibido era cierta. Y vaya que lo es...
Antes de que Lycan pudiera embestirlo, el joven levantó una mano, desplegando un abanico de sombras mágicas que bloquearon el paso del lobo Alfa. Luego, miró fijamente a Selene.
—Me llamo Valerius. Grábate ese nombre, mestiza. Porque el Rey ha desplegado a los siete generales para cazarlos... y yo soy el encargado de liderar la cacería.
Sin dar tiempo a un ataque, Valerius se disolvió en una niebla nocturna que atravesó la cueva y desapareció en el viento, dejando tras de sí un perfume a rosas secas y ceniza.
Selene corrió hacia su madre, quien intentaba incorporarse con esfuerzo.
—Selene... hijo mío... —susurró Elena, tomándole la mano a su hija—. Valerius no es un soldado cualquiera. Es el príncipe heredero del clan rival... y el guerrero más peligroso del mundo.
Selene miró hacia la entrada de la cueva, sintiendo cómo su corazón latía desbocado. No sabías si era por la furia de la amenaza... o por la mirada de ese misterioso enemigo.
—Que venga —murmuró Selene apretando los puños—. Esta cacería acaba de empezar.