«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
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Caminos que se cruzan
La semana transcurrió con normalidad para Vittoria.
Entre las visitas a su madre, las llamadas de sus amigas y los preparativos para la fiesta donde anunciarían oficialmente su compromiso, los días parecían pasar demasiado rápido.
Alexander también había comenzado a visitarla con mayor frecuencia.
Aquella tarde, ambos estaban sentados en el jardín de los Moreau. Él leía unos documentos mientras Vittoria sostenía una taza de té entre las manos.
—¿Siempre trabajas tanto? —preguntó ella.
Alexander levantó la mirada.
—¿Siempre haces tantas preguntas?
—Solo cuando alguien me ignora en mi propia casa.
Él soltó una risa y dejó los documentos a un lado.
—Perdona. Mi padre quiere que me ocupe de algunos asuntos antes de la próxima semana.
—No tienes que disculparte. Solo quería conversar contigo.
Alexander se acomodó en el asiento.
—Entonces tienes toda mi atención.
Vittoria sonrió y comenzó a contarle una anécdota sobre Clara, quien había intentado preparar un pastel y terminó provocando un pequeño desastre en su cocina.
Alexander se rio más de lo esperado.
Era fácil hablar con él. No necesitaba medir cada palabra ni fingir que todas sus conversaciones eran interesantes. Aunque todavía no existía amor entre ellos, Vittoria comenzaba a considerarlo alguien con quien podía sentirse cómoda.
Y eso le daba cierta tranquilidad.
Después de todo, pronto serían prometidos oficialmente ante toda su sociedad.
Quizá sus padres tenían razón y el cariño podía crecer con el tiempo.
—¿En qué piensas? —preguntó Alexander.
Vittoria parpadeó.
—En nada importante.
—Eso significa que es algo importante.
—¿Siempre eres tan insistente?
—Solo cuando alguien me ignora en mi propia conversación.
Ella soltó una carcajada.
—Me estás copiando.
—Estoy aprendiendo de mi futura esposa.
La palabra esposa la tomó desprevenida.
Vittoria bajó la mirada hacia su taza, ocultando una sonrisa algo tímida.
Alexander no insistió. Se limitó a tomar nuevamente sus documentos.
Y, sin saber por qué, aquel gesto hizo que ella se sintiera agradecida.
Él no la presionaba para que sintiera algo que todavía no existía.
Más tarde, mientras Alexander atendía una llamada de trabajo en el interior de la casa, Vittoria se quedó sola en el jardín.
Sus dedos encontraron automáticamente el colgante que llevaba siempre al cuello.
Lo acarició distraídamente mientras observaba las flores.
Entonces, sin ninguna razón aparente, recordó al hombre del hotel.
Nikolai.
Hacía una semana que no lo veía y, aun así, su recuerdo aparecía en los momentos más inesperados.
Se preguntó cómo estaría.
¿Seguiría saliendo por las noches?
¿Habría conocido a otra mujer?
¿Recordaría siquiera su sonrisa?
Vittoria frunció los labios.
—Qué curiosidad tan innecesaria —murmuró.
No sabía su apellido, no tenía su número y ni siquiera sabía a qué se dedicaba.
En realidad, no sabía prácticamente nada de él.
Excepto que tenía una sonrisa preciosa.
Y una manera de besar que, definitivamente, no necesitaba recordar con tanta frecuencia.
—Vittoria Moreau, compórtate —se reprendió en voz baja.
Miró hacia la casa para asegurarse de que nadie la hubiera escuchado.
—Tienes un prometido encantador que te visita, te trata con respeto y hasta se ríe de tus chistes. ¿Por qué estás pensando en un desconocido?
Hizo una pausa.
—Porque el desconocido también era encantador.
Cerró los ojos.
—¡No ayudes!
Se llevó una mano a la frente, avergonzada de estar discutiendo consigo misma en medio del jardín.
Lo cierto era que no se arrepentía de aquella noche. Había sido una decisión suya, un momento espontáneo que no necesitaba convertirse en una historia más grande.
Pero sentía curiosidad.
Una curiosidad sencilla, casi infantil, por saber qué habría sido de aquel hombre después de despedirse de ella sin dejar siquiera una nota.
Quizá algunas personas aparecían en nuestras vidas por unas horas y nada más.
Se conocían, compartían un momento y después seguían caminos distintos.
No todos los encuentros estaban destinados a durar.
Y estaba bien.
Vittoria se obligó a dejar el recuerdo a un lado.
No iba a buscarlo.
No tenía motivos para hacerlo.
Además, su vida estaba a punto de cambiar, y debía concentrarse en lo que tenía delante.
—¿Hablando sola?
La voz de Alexander la hizo sobresaltarse.
Él había regresado al jardín y la observaba con una sonrisa divertida.
—Estaba pensando.
—Eso parece peligroso.
—Muchísimo. Deberías tener cuidado conmigo.
Alexander rio y volvió a sentarse a su lado.
Vittoria lo miró de reojo.
No sentía por él la atracción inesperada que había experimentado con Nikolai, pero tampoco quería reducir su relación a una obligación impuesta por sus familias.
Quería conocerlo de verdad.
Y esperaba que él también quisiera conocerla a ella.
—Alexander, ¿puedo preguntarte algo?
—Por supuesto.
Vittoria dudó un instante.
—¿Estás contento con nuestro compromiso?
Él guardó silencio durante unos segundos antes de responder.
—Creo que podemos llegar a entendernos muy bien.
No era exactamente una respuesta.
Pero tampoco era una mentira evidente.
Vittoria asintió despacio.
—Yo también lo creo.
Alexander le ofreció una sonrisa y, después de un momento, tomó su mano para besarle suavemente los labios.
Fue un beso breve, delicado, casi formal.
Vittoria volvió a notar aquella extraña sensación: como si él estuviera intentando convencerse de que aquello era lo correcto.
Sin embargo, no quiso presionarlo.
Tal vez Alexander también tenía dudas que todavía no sabía cómo expresar.
Ella no era la única atrapada entre las expectativas de sus familias.
Así que le devolvió la sonrisa y entrelazó sus dedos con los de él.
Por ahora, eso era suficiente.
Y mientras ambos permanecían en el jardín, conversando sobre asuntos cotidianos, Vittoria dejó de pensar en el desconocido del hotel.
Al menos durante un rato.
Porque hay personas que entran en nuestras vidas sin pedir permiso y desaparecen antes de que podamos comprender qué significaron.
Lo que Vittoria todavía ignoraba era que algunos caminos no se separan para siempre.
A veces, simplemente necesitan tiempo antes de volver a cruzarse.
y la de los futuros reyes también