Valentina Ruiz tiene veintiocho años, un diagnóstico de infertilidad que carga en silencio y un empleo en la Fundación Horizontes que lo es todo para ella. Hasta que su jefa, la influyente Doña Mercedes, le hace una propuesta que cambiará su vida: casarse con su hijo, Sebastián Herrera, un joven viudo que no ha logrado soltar a su esposa muerta y padre de cinco hijos que ya hicieron renunciar a treinta y dos candidatas antes que ella.
Valentina acepta. No por amor, sino por una mezcla de presión, miedo a perder lo poco que tiene y una esperanza que ni ella misma se atreve a nombrar. Lo que encuentra al cruzar esa puerta es un hogar en guerra silenciosa: un marido que la trata con cortesía gélida, una niña de dos años que no para de llorar, un adolescente que lidera la resistencia contra ella y tres hermanos que la observan con desconfianza. Treinta y dos mujeres ya se rindieron. Valentina decide no ser la número treinta y tres.
Día tras día, con paciencia y sin pedir nada a cambio, Valentina se abre paso entre el rechazo, las trampas de los niños y el muro emocional de Sebastián. Pero cuando por fin la familia empieza a sanar, un secreto médico enterrado durante años amenaza con destruir todo lo que construyó. Alguien en quien confió toda la vida le mintió. Y la verdad, cuando salga a la luz, pondrá a prueba cada promesa, cada vínculo y cada "mamá" que tanto le costó ganarse.
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21
Junto a la puerta, Valentina agachó la cabeza. Porque sabía que esas palabras no estaban dichas para herirla. Todo lo contrario. Eran las palabras que Diego necesitaba escuchar. Y ella misma nunca había tenido la intención de reemplazar a nadie.
—Pero... —Diego susurró—. Si tú quieres a Valentina...
Sebastián guardó silencio un momento. Después respondió con honestidad.
—Eso no le quita ni un poco al cariño que les tengo a ustedes.
Diego volvió a llorar.
Valentina terminó llamando a Lucía esa noche. Estaba sola en la habitación porque Sebastián le pidió permiso para dormir en el cuarto de los niños; después de lo que había pasado, era mejor que pasara un poco más de tiempo con ellos. Y después de que Valentina descubriera que ser madrastra resultaba mucho más agotador que dar clases a un salón entero de alumnos durante todo un día.
Se sentó en el pequeño balcón del piso de arriba contemplando el cielo nocturno. Luego presionó el botón de llamada. No llegaron a sonar tres timbrazos. Lucía contestó de inmediato.
—¿Hola? ¿La Maestra del Año sigue viva?
Valentina soltó una risita. La primera en todo el día.
—Sigo viva.
—Gracias a Dios. Pensé que ya te habías escapado de la casa de Sebastián.
—Sigue burlándote.
—Bueno, cuéntame. —Lucía fue directo al grano—. ¿Quién te hizo llorar hoy?
Valentina se quedó callada unos segundos. Después dijo en voz baja:
—Diego. El hijo mayor.
—¿Qué hizo esta vez?
Valentina soltó un suspiro largo. Y le contó todo. Lo del examen que dejó en blanco a propósito. Lo del enojo de Sebastián. Lo del llanto de Diego. Lo del miedo a que lo mandaran a un internado. Y al final, lo de la frase que más se le había quedado grabada.
—Tiene miedo de que yo le quite el lugar a su madre.
Del otro lado de la línea, Lucía se quedó callada. Esta vez no bromeó. No interrumpió. En el fondo, las dos lo sabían: eso pasaba con frecuencia cuando uno de los padres volvía a casarse.
—¿Y sabes qué? —La voz de Valentina sonó agotada—. Yo nunca, ni una sola vez, tuve la intención de hacer eso. Ni siquiera les he pedido que me digan mamá. Tampoco los obligué a olvidar a su madre. —Los ojos de Valentina empezaron a arder—. Pero aun así, siento que siempre soy la villana en su historia.
Lucía dejó que su amiga vaciara todo lo que tenía adentro antes de decir nada. Porque en ocho años de amistad había aprendido una cosa: Valentina no era de las que se quejaban fácil. Si se estaba quejando, era porque la carga ya le pesaba demasiado.
—Valen, ¿a quién crees que Diego tiene miedo de perder?
—A su madre.
—No.
Valentina frunció el ceño.
—¿Entonces?
—A sí mismo. —Lucía siguió hablando—. Los niños no solo tienen miedo de que olviden a la persona que murió. También tienen miedo de que los recuerdos de ellos mismos desaparezcan. Miedo de que la casa cambie. De que las costumbres cambien. De que la gente que quieren cambie.
Valentina escuchó. Despacio.
—Diego no te está enfrentando a ti. Está enfrentando su propio miedo.
La frase dejó a Valentina callada un buen rato. Porque cuanto más lo pensaba, más cierta le parecía.
—Si de verdad te odiara... —Lucía soltó una risa suave—. Le daría igual que estuvieras cerca de su padre. La gente que odia se aleja. Diego, en cambio, no deja de observarte.
Valentina hizo memoria. Era cierto: Diego siempre estaba observándola. Estudiándola. Evaluándola. Pensando. Como si cada movimiento que ella hacía quedara registrado.
—Tiene miedo. —La voz de Lucía se volvió amable—. Y un niño asustado muchas veces parece un niño enojado.
Las lágrimas que Valentina había estado conteniendo se le escaparon al fin. No de tristeza. Sino porque sintió que alguien la comprendía.
—¿Estás cansada? —preguntó Lucía.
Valentina se rio mientras se secaba los ojos.
—Muerta.
—¿Quieres rendirte?
—Un poco.
—Mentira.
—¿Por qué?
—Porque si de verdad quisieras rendirte, no me habrías llamado.
Valentina volvió a reírse. Esta vez de verdad. Lucía siempre era así. No siempre daba soluciones. Pero siempre conseguía que Valentina viera el problema desde otro ángulo. Por eso su amistad había durado tanto.
Antes de colgar, Lucía le dijo:
—Valen. No intentes ser su madre.
Valentina se quedó callada.
—¿Qué?
—Porque ellos ya tienen una madre. —La frase le apretó el pecho un instante. Pero Lucía continuó—. Sé Valentina. Solo eso. Si algún día te aceptan, no será porque hayas logrado sustituir a su madre. Será porque hayas logrado ser tú misma.
Valentina cerró los ojos. Absorbió cada palabra.
Esa noche, después de que la llamada terminó, Valentina se quedó sentada sola un largo rato. Pero esta vez el corazón le pesaba mucho menos. Porque por primera vez se dio cuenta de que su objetivo no era ganarse a los hijos de Sebastián. No era ocupar el lugar de nadie. No era convertirse en la madre que reemplazara a la otra. Su objetivo era mucho más sencillo. Ser la adulta que se quedara. Hasta que esos niños creyeran que no todo el mundo iba a irse de sus vidas.
Esa mañana la casa se sentía más tranquila de lo habitual. Sebastián se había ido desde muy temprano porque tenía un asunto importante fuera de la ciudad. Antes de marcharse, alcanzó a desayunar rápido y a despedirse de los niños. De Valentina también. Aunque todavía con cierta torpeza. Pero al menos ya no se trataban como desconocidos.
Ahora solo quedaban Valentina y los cinco niños en la casa. Diego estaba sentado a la mesa del comedor con un libro abierto. O al menos fingía leer. Porque desde lo del examen del día anterior, se había vuelto mucho más callado.
Mateo le lanzaba miradas de vez en cuando. Nicolás intentó entablar conversación, pero no lo logró. Camila estaba entretenida coloreando. Sofía se pegaba a Valentina como siempre.
Valentina puso un vaso de leche frente a Diego.
—Toma, bebe un poco.
Diego asintió apenas. No protestó. Pero tampoco habló.
—¿Sigues enojado conmigo? —preguntó Valentina con cuidado.
Diego no contestó.
—Si sigues enojado, no pasa nada.
Silencio.
—Pero no vayas a saltarte el desayuno.
Diego terminó tomando el vaso. Y bebió. Sin decir una palabra. Pero para Valentina eso ya era un avance. Al menos el niño había dejado de tratarla como enemiga a la vista de todos.
A las nueve de la mañana sonó el timbre. Ding dong. Ding dong. Ding dong. Varias veces seguidas. Como si la persona de afuera no tuviera la menor paciencia. Valentina, que estaba doblando ropa, caminó hacia la entrada. Sofía la seguía detrás.
Cuando abrió la puerta, frente a la casa había dos mujeres.
La primera tendría unos cincuenta años. De rostro severo. Mirada afilada. Y Valentina la reconoció al instante por una foto familiar que había visto alguna vez. Graciela. La hermana de la difunta esposa de Sebastián. A su lado estaba una mujer mayor. El cabello completamente blanco. El cuerpo ligeramente encorvado. Pero la mirada todavía penetrante. Doña Elvira. La madre de la difunta. La abuela de sangre de los niños.
El ambiente cambió de inmediato. Se volvió incómodo.
Graciela sonrió. Pero la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Ah. Así que tú eres Valentina.
Valentina respondió con cortesía.
—Adelante, pasen.
Graciela entró sin decir mucho más. Como si la casa todavía fuera suya. Doña Elvira la siguió. En cuanto llegaron a la sala, Diego se puso de pie de un salto.
—¡Tía!
Graciela lo abrazó enseguida. Con calidez.
Camila corrió hacia ellas.
—¡Tía Graciela!
—Mi niña...
Nicolás y Mateo también se acercaron. Hasta Doña Elvira se le humedecieron los ojos al abrazar a cada uno de sus nietos.
Valentina se quedó a cierta distancia. Observándolo todo.