El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...
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Capítulo 17: Sombras en el San Martín
El sábado amaneció con un sol pálido que apenas lograba quebrar la bruma sobre el Río de la Plata. La calle Alsina olía a tierra mojada tras dos días de diluvio, pero dentro del taller la vigilia continuaba. Nadie había dormido más de tres horas seguidas; las tazas de café vacías se acumulaban sobre la mesada de la cocina y las siete fundas de lona negra reforzada descansaban cerradas con candados de equipaje sobre la mesa de corte principal.
Caleb verificaba los precintos de seguridad de cada funda con la minuciosidad de quien transporta lingotes de oro. Llevaba una chaqueta de cuero gastada sobre una remera oscura y las ojeras marcadas en el rostro, pero sus movimientos eran ágiles, tensos y precisos.
—Beltrán sabe que la inspección técnica fracasó —dijo él, sin levantar la vista de la última cremallera—. El informe de Rossi ya está en la mesa de presidencia de la Bienal. La única ventana que le queda para dejarnos fuera de combate es el traslado. Un camión utilitario cruzando el centro un sábado por la mañana es un blanco regalado para un choque provocado o un robo fingido.
Victoria se colocó el abrigo largo de lana y se ajustó los guantes de cuero. Tenía el pelo recogido en una trenza baja y los ojos encendidos por esa frialdad de combate que la sostenía desde el jueves.
—No vamos a contratar un flete ordinario, Caleb. Hablé con la cooperativa de fleteros del puerto; nos mandan dos furgones cerrados con choferes del gremio.
Antes de que Caleb pudiera responder, el sonido pausado de un motor diesel de alta gama se detuvo frente a la puerta del edificio. No era el traqueteo de un furgón portuario.
Victoria se asomó por el ventanal industrial. Un furgón blindado de transporte de caudales y obras de arte, de color gris grafito y sin inscripciones visibles, estaba estacionado junto al cordón. Detrás, el sedán negro de Julián Larrea aguardaba con el motor en marcha.
Caleb se asomó a su lado. La mandíbula se le tensó al instante y una sombra de recelo cruzó sus ojos dorados.
—¿Tu amigo patricio otra vez? —soltó en un murmullo seco, aunque el veneno de los días anteriores había perdido fuerza, reemplazado por una fatiga alerta.
—Yo no lo llamé —respondió Victoria con sinceridad, frunciendo el ceño.
Los pasos en la escalera fueron rápidos y ligeros. Julián Larrea apareció en el umbral del taller vistiendo una campera impermeable oscura, sin la formalidad de la galería pero con la misma calma resolutiva de siempre. Detrás de él, dos hombres corpulentos de traje sobrio y credenciales de seguridad privada permanecieron en el descanso de la escalera.
Julián recorrió la sala con la mirada hasta encontrar a Victoria. Respiró con visible alivio.
—Me alegra ver que el taller sigue en pie —dijo Julián, dando un paso adentro—. Supe lo de la comitiva municipal anoche a última hora. Mi padre se comunicó con el ministro de Seguridad esta madrugada; la orden de allanamiento quedó formalmente desestimada en el fuero contencioso.
Victoria dio un paso al frente, con un gesto de gratitud sincera.
—Gracias, Julián. Logramos frenarlos en la vereda antes de que subieran, pero saber que el juzgado cerró el expediente nos da aire.
Julián asintió y luego clavó sus ojos grises en Caleb. No hubo altanería en su mirada; hubo una evaluación sobria entre dos hombres que sabían qué terreno pisaban.
—Beltrán está desesperado, Rinaldi —dijo Julián, dirigiéndose directamente a él—. Anoche convocó a una reunión de urgencia con los accionistas minoritarios de Vanguardia en el Jockey Club. Sé cómo opera cuando se le acaban las vías legales. Si intentan mover esas siete piezas en un transporte común, no van a llegar a la prueba general de luces en el Palacio San Martín.
Caleb se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada sin bajar la guardia.
—¿Y qué propones, Larrea? ¿Un convoy de museo?
—Exactamente eso —respondió Julián, señalando hacia la calle con naturalidad—. Ese blindado transporta habitualmente lienzos para la feria de arte de Recoleta. Tiene custodia satelital, peritaje de temperatura y un equipo de seguridad que no responde a los comisarios que Beltrán tiene en el bolsillo. Las prendas van directo al subsuelo del Palacio San Martín bajo mi póliza personal.
El silencio cayó sobre la mesa de corte.
Victoria miró a Caleb. Sabía cuánto le costaba a su orgullo aceptar la ayuda del hombre que representaba todo lo que ellos no eran: la riqueza heredada, los contactos ministeriales, la vida sin costuras rotas.
Caleb miró las fundas negras sobre la madera de pino. Miró las manos de Victoria, marcadas por el trabajo febril de la madrugada. Luego, en un gesto que a Victoria le cortó el aliento por la madurez que revelaba, Caleb dio dos pasos al frente y le extendió la mano a Julián.
—Acepto el blindado —dijo Caleb con voz baja y firme—. Pero yo viajo adentro, con las piezas.
Julián aceptó el apretón con firmeza, asintiendo sin vacilar.
—Me parece lo más prudente. El box asignado en el palacio ya está bajo llave.
El operativo de traslado fue rápido como un despliegue militar. En menos de quince minutos, las siete prendas, los maniquíes de modista acolchados y los dos maletines de herramientas —incluida la muñequera imantada de Caleb y el viejo dedal de plata de Victoria— fueron estibados en el interior reforzado del vehículo. Clara y las costureras de la cooperativa abordaron un segundo auto para instalarse en el backstage con la acreditación técnica de la Bienal.
A las nueve y media de la mañana, el Palacio San Martín los recibió bajo un operativo de prensa ensordecedor.
El imponente edificio de estilo academicista francés, con sus verjas de hierro forjado y sus explanadas de adoquines, bullía de actividad. Camiones de transmisión satelital, fotógrafos acreditados de revistas de Milán y Nueva York, y asistentes corriendo con planillas ocupaban las escalinatas principales.
El furgón blindado ingresó por el portón trasero que daba a la calle Basavilbaso, descendiendo directamente hacia la zona de carga subterránea. Los custodios de Larrea descargaron las fundas bajo la supervisión directa de Caleb, subiéndolas por el montacargas de servicio hasta el primer piso, donde se ubicaba el ala este de los camarines.
El espacio asignado al binomio Textil Vanguardia & Atelier Victoria era el Box 4: una habitación amplia de techos altos, molduras doradas desgastadas, espejos de cuerpo entero con iluminación de camerino y dos percheros rodantes de acero cromado.
En cuanto la última funda fue colgada bajo llave, Caleb cerró la puerta doble del box y apoyó la espalda contra la madera, soltando un suspiro que le desinfló el pecho.
—Estamos adentro, Vic —murmuró, cerrando los ojos por un segundo—. Estamos adentro del palacio.
Victoria se quitó el abrigo y lo dejó sobre un sillón de terciopelo verde. Recorrió el espacio con una sensación de irrealidad: después de diez años de trabajar en la sombra, sus puntadas estaban a punto de presentarse bajo la cúpula dorada más importante del país.
—Todavía falta la prueba general de luces y el ajuste final sobre las modelos —recordó ella, sacando su cinta métrica del bolsillo y colgándosela del cuello con ese gesto ritual que le devolvía el control—. El ensayo de pasarela empieza a las dos de la tarde.
—Voy a buscar las fichas de iluminación a la mesa de control técnico —dijo Caleb, desabrochándose la chaqueta de cuero—. Quiero asegurarme de que los reflectores sigan la temperatura cálida que pedimos para resaltar el tono ceniza de la lana virgen. Si nos ponen luz fría, matan el reflejo de la seda.
—No te tardes —le pidió ella, apoyando una mano en su antebrazo y dedicándole una mirada breve y cargada de una ternura que ya no se molestaban en ocultar.
Caleb le acarició los nudillos con el pulgar y salió al pasillo central del palacio.
Apenas diez minutos después de que Caleb se marchara, unos golpes secos y nerviosos sonaron en la puerta del box.
Victoria abrió pensando que era Clara con los termos de café.
En el umbral estaba Camila Soria, la modelo principal elegida personalmente por Victoria para abrir el desfile y portar el saco insignia con la falda al bies. Camila era una muchacha joven, alta, de mirada expresiva y un caminar poderoso que rompía con la languidez aburrida de las modelos de catálogo.
Pero ahora Camila estaba pálida como un lienzo crudo. Llevaba una gabardina cerrada sobre ropa de calle, las manos le temblaban visiblemente y tenía los ojos enrojecidos de haber llorado en el taxi.
—Victoria... tenemos un problema gravísimo —dijo la modelo en un susurro entrecortado, mirando a ambos lados del pasillo antes de entrar casi a los empujones.
Victoria cerró la puerta de inmediato, sintiendo una alarma gélida encenderse en su nuca.
—¿Qué pasa, Camila? ¿Estás bien?
La chica se dejó caer sobre una de las banquetas de maquillaje, tapándose la cara con las manos enguantadas.
—No voy a poder salir a la pasarela mañana, Victoria. No puedo. Me acaban de notificar del estudio jurídico de Vanguardia hace cuarenta minutos.
El aire en el camerino se volvió de plomo.
—¿Notificar de qué? Tu contrato de pasarela está firmado con la comisión de la Bienal, no con la empresa.
Camila sacó de su bolso un pliego sellado con una carta documento de membrete corporativo y se lo entregó a Victoria con dedos temblorosos.
—El año pasado firmé una opción de exclusividad publicitaria para la línea de cosméticos de una filial de Vanguardia en San Pablo —explicó Camila con la voz rota—. Una cláusula secundaria... perdida en la página siete. Decía que no puedo modelar prendas confeccionadas por «talleres no homologados por la casa matriz» sin autorización expresa de la gerencia de legales. Beltrán ejecutó la penalidad esta mañana: si doy un solo paso en la pasarela con tu colección, me traban un embargo preventivo sobre todas mis cuentas bancarias y me inhabilitan de la agencia en Milán por cinco años. Me arruinan la carrera, Victoria. Me destruyen.
Victoria leyó el documento con los ojos clavados en la firma del apoderado legal de Vanguardia. La trampa era quirúrgica, despiadada y legalmente blindada para aterrorizar a una chica de veintitrés años que dependía de sus contratos internacionales para vivir.
Antes de que Victoria pudiera consolar a la modelo, la puerta del box se abrió sin llamar.
Bianca Ferrero entró con la parsimonia de una reina que visita a los condenados. Vestía un traje de sastre blanco impecable, tacones de aguja dorados y llevaba su acreditación de «Musa Invitada de Honor» colgando de una cinta de terciopelo. Detrás de ella, dos asistentes de peinado y maquillaje esperaban con valijas rodantes.
Bianca miró a Camila llorando sobre la banqueta y luego clavó sus ojos claros en Victoria con una sonrisa de victoria absoluta.
—Qué lástima lo de tu musa de barrio, Victoria —ronroneó Bianca, quitándose los anteojos de sol con un chasquido lento—. Parece que las cláusulas de rescisión corporativa son implacables cuando no se leen con atención.
Victoria apretó el papel en su puño hasta arrugarlo, plantándose frente a ella con la respiración contenida.
—Tú sabías esto.
—Por supuesto que lo sabía —admitió Bianca sin una pizca de vergüenza, dando dos pasos elegantes hacia el perchero donde colgaban las fundas negras—. Beltrán me lo confirmó anoche durante la cena. La Bienal no permite cambios de modelos a menos de veinticuatro horas del desfile si no están registradas en el padrón de honor de la federación. Y la única modelo con registro de honor libre en este momento en todo el palacio... soy yo.
Bianca extendió una mano manicurada y rozó la funda de lona que protegía el saco insignia.
—Así que tienes una sola opción para no quedar descalificada por pasarela incompleta, querida modista: abres ese candado, me adaptas la sisa de esa chaqueta a mi cuerpo ahora mismo y me dejas el vestido de cierre. O mañana a las ocho de la noche, Caleb y tú desfilan solos frente a un auditorio vacío.