Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 3
La doctora asintió y le hizo una seña a Cassandra para que la siguiera por el pasillo de baldosas relucientes, mientras Damián se mantenía a una corta distancia, con los brazos cruzados y una presencia tan imponente que parecía llenar todo el espacio.
Ingresaron a un consultorio amplio, impecable y de una pulcritud casi intimidante. El olor a antiséptico e instrumental esterilizado flotaba en el aire.
—Toma asiento, por favor —le indicó la doctora, acomodándose en su sillón ejecutivo y abriendo un expediente médico en blanco en la pantalla de su ordenador—. Vamos a realizar una evaluación preliminar antes de pasar a las pruebas de laboratorio. Necesito que seas completamente honesta con cada respuesta, ¿de acuerdo?
Cassandra se sentó en el borde de la camilla de exploración, sintiendo el cuero frío bajo sus muslos. Damián permaneció de pie junto a la puerta cerrada, como un centinela silencioso cuyos ojos oscuros no perdían un solo detalle de la escena.
—Nombre completo y edad —comenzó la doctora, tecleando rápidamente.
—Cassandra López... tengo veinticuatro años —respondió ella con la voz algo baja, apretando sus manos sobre el regazo.
La doctora se levantó, tomó el brazalete del tensiómetro y se acercó a Cassandra para colocárselo en el brazo izquierdo. Mientras el dispositivo se inflaba lentamente, continuó con el cuestionario.
—¿Padeces alguna enfermedad crónica? ¿Diabetes, hipertensión, problemas tiroideos?
—No, ninguna.
—¿Consumes alcohol, tabaco o algún tipo de sustancia estupefaciente?
—Jamás —aseguró Cassandra de inmediato, mirando a la médica a los ojos—. Ni siquiera fumo.
La doctora anotó los datos en la pantalla mientras retiraba el brazalete del brazo de la joven.
—Presión arterial 110/70. Excelente —murmuró la especialista, ajustándose las gafas antes de lanzar la siguiente batería de preguntas relativas al historial ginecológico—. ¿A qué edad tuviste tu primera menstruación? ¿Eres regular? ¿Has tenido cirugías pélvicas o infecciones de transmisión sexual?
—A los doce años. Soy muy regular, cada veintiocho días. Y no, nunca he tenido cirugías ni infecciones.
La doctora asintió con aprobación, pero luego hizo una pausa, alzando la vista de la pantalla para fijar una mirada profesional y directa en la joven.
—Bien. Ahora, sobre tu vida sexual activa: necesito saber la fecha exacta de tu última relación sexual y qué método anticonceptivo estabas utilizando.
La pregunta cayó como una losa pesada en medio del silencio del consultorio. Cassandra sintió cómo una ola de calor le subía de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de un rojo ardiente. El aire en la habitación pareció volverse repentinamente más denso.
Instintivamente, Cassandra desvió la mirada hacia la esquina del consultorio donde Damián permanecía inmóvil. El Alfa no había cambiado de postura, pero su mirada intensa se clavó aún más en ella, analizando cada uno de sus gestos con una curiosidad helada y calculadora.
Avergonzada, sintiendo la garganta seca como el esparto, Cassandra volvió los ojos hacia la doctora. Tragó saliva con dificultad, entrelazó los dedos con fuerza para disimular el temblor de sus manos y respondió en un susurro casi inaudible:
—Nunca... nunca he tenido relaciones sexuales. Soy virgen.
La doctora se congeló con los dedos sobre el teclado. Por primera vez en toda la consulta, la expresión profesional de la médica dio paso a una sorpresa genuina. Giró la cabeza hacia Damián antes de volver a mirar a la joven, como si necesitara asimilar la revelación.
Detrás de ellas, el silencio del Alfa se rompió. Damián descruzó los brazos lentamente y dio un paso al frente, fijando en Cassandra una mirada indescifrable donde la frialdad inicial dio paso a un brillo de inesperado asombro.
Antes de que la doctora o Damián pudieran pronunciar una sola palabra tras la revelación, la puerta del consultorio se abrió de golpe, rompiendo abruptamente el aire tenso y helado de la estancia.
El chasquido seco de unos tacones de aguja retumbó sobre el piso. Era Victoria.
La modelo ingresó con paso altivo, ajustándose sus gafas de sol oscuras sobre la cabeza y sujetando su bolso de diseñador con manifiesta impaciencia. Su mirada barrió la habitación con molestia hasta fijarse en el Alfa.
—Damián, te he estado buscando por toda la clínica —se quejó Victoria con una voz mimada y agudizada por el fastidio, avanzando un par de pasos hacia él—. En la recepción me dijeron que habías bajado a esta área y no entendía qué hacías perdiendo el tiempo aquí. ¿Qué sucede?
Fue entonces cuando la mirada de Victoria se desvió hacia la camilla de exploración. Al ver a Cassandra sentada allí, con la ropa sencilla, el cabello revuelto y el rostro aún encendido por la vergüenza, la modelo arrugó la nariz con una mueca de profundo desagrado.
—¿Y quién es esta muchacha tan desaliñada? —preguntó Victoria, recorriendo a Cassandra de arriba abajo con unos ojos llenos de superioridad y desprecio, como si la sola presencia de la joven en la misma habitación fuera una ofensa a su estatus.
Damián no se inmutó. Mantuvo la espalda recta y la mirada fija en Cassandra, ignorando por completo la entrada dramática de su esposa. El ambiente en el consultorio se volvió aún más helado.
—Es la persona que gestará a mi heredero, Victoria —respondió Damián con una voz baja, pausada y tan tajante que cortó el aire de la habitación como una cuchilla.
Victoria se congeló en el sitio. La sonrisa burlona que comenzaba a dibujarse en sus labios se borró de golpe, y por un segundo, detrás de su maquillaje impecable, cruzó una chispa de auténtico pánico. Recordó la conversación confidencial que había tenido minutos antes en el baño y sintió que el mundo se le tambaleaba.
—¿Qué? —exclamó la modelo, alzando la voz y dando un paso histérico hacia su esposo—. ¿Estás loco, Damián? ¡Ni siquiera sabemos de dónde salió! Mira cómo viste, parece una muerta de hambre. ¿Vas a permitir que una tipa de la calle lleve la sangre de la familia Rossi? ¡Es absurdo, es humillante para mí!
—Lo que es absurdo es seguir perdiendo el tiempo —replicó el Alfa, avanzando hacia su esposa con un porte tan dominante que obligó a Victoria a retroceder instintivamente—. Tu cuerpo no puede sostener un embarazo, los médicos lo han dejado claro. Necesito un heredero y lo necesito ya. La señorita López cumple con todos los requisitos médicos, está sana y dispuesta a firmar el contrato de confidencialidad y cesión total hoy mismo.
Victoria apretó las mandíbulas con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Miró a Cassandra con un odio puro y punzante, tratando de asimilar la situación. La chica que tenía enfrente no era solo una desconocida humilde; era una joven hermosa, de belleza natural y sin maquillaje, y lo que era peor: *virgen*. La sola idea de que esa muchacha llevara al hijo de Damián y recibiera la atención de su esposo encendió una alarma peligrosa en su interior.
—Damián, por favor, esto hay que pensarlo bien... —intentó suavizar Victoria, cambiando el tono a uno más manipulador mientras le ponía una mano en el brazo a su esposo—. Podemos buscar una agencia internacional en Europa, alguien de nuestro nivel social, no una... una sirvienta de pueblo.
—La decisión está tomada —la interrumpió Damián, zafándose con frialdad del contacto de Victoria—. La señorita López es la candidata.
Luego, el Alfa giró la cabeza hacia la doctora, que presenciaba el drama en absoluto silencio.
—Doctora, proceda con los análisis de sangre y el panel genético completo. Quiero los resultados en mi escritorio a primera hora de la mañana.
—Entendido, señor Rossi —asintió la médica de inmediato.
Damián miró por última vez a Cassandra. Sus ojos oscuros y profundos parecieron sostener la mirada de la joven por un segundo que se sintió eterno, dejando ver una sombra de fascinación contenida tras el descubrimiento de su pureza.
—Nos vemos mañana al amanecer para la firma del contrato, señorita López. No me falle —sentenció el Alfa antes de dar media vuelta y salir del consultorio.
Victoria se quedó un segundo más en la habitación, clavando sus ojos llenos de veneno en Cassandra.
—No te hagas ilusiones, muerta de hambre —le siseó en un susurro cargado de amargura antes de seguir a su esposo—. Vas a ser solo una incubadora. En cuanto paras a ese bebé, te aplastaré como a la cucaracha que eres.
La puerta se cerró con un golpe seco. Cassandra se quedó sola en la camilla con la doctora, sintiendo cómo el corazón le latía a mil por hora contra el pecho. Sabía que acababa de entrar en un nido de víboras, pero al recordar el rostro cansado de sus padres y la promesa del millón de dólares, apretó las manos en su regazo y se dijo a sí misma que aguantaría lo que fuera necesario.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏