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La exesposa de pueblo que todos subestimaron

La exesposa de pueblo que todos subestimaron

Status: En proceso
Genre:Romance / Venganza / Mujer poderosa / Equilibrio De Poder / Juego de roles / Amante arrepentido
Popularitas:151
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Durante tres años, Sofía Serrano intentó ser la esposa perfecta. Para Diego Ferrer, sin embargo, seguía siendo una muchacha de pueblo, sin un apellido importante ni nada que ofrecer.
Cuando regresa la mujer que él nunca pudo olvidar, Diego le exige el divorcio. Sofía firma y se marcha. Creía que aquel hombre le había salvado la vida, pero ya no piensa entregarle también su futuro.
Lo que Diego desconoce es que su esposa ocultaba mucho más que sus heridas: es una médica legendaria, una piloto extraordinaria y una experta capaz de descubrir los secretos mejor guardados.
Ahora, quienes se burlaban de ella empiezan a buscarla. Y Alejandro Montenegro, el magnate al que nadie se atreve a desafiar, parece decidido a ganarse un lugar a su lado.
Pero Alejandro sabe demasiado. Una mirada, una cicatriz y los recuerdos de un accidente hacen que Sofía cuestione todo lo que creía cierto.
¿Quién la salvó realmente? ¿Y por qué el hombre más poderoso de la ciudad parece conocerla desde mucho antes?
Cuando Diego comprende a quién dejó escapar, Sofía ya ha aprendido a elegir por sí misma.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Capítulo 8. Si no fue Diego, ¿quién fue?

—Usted es…

Sofía no pudo terminar. El celular de Alejandro empezó a vibrar.

Él atendió la llamada. Al colgar, se volvió hacia ella.

—Disculpa, señorita Serrano. Tengo una reunión en la empresa.

Sofía entendió que no era el momento de hacer preguntas.

—Gracias por traerme. No lo entretengo más.

Bajó del auto y entró en su alojamiento con la cabeza llena de dudas. Habían pasado demasiadas cosas. Estaba agotada y no tardó en quedarse dormida.

Un chirrido de frenos la arrastró de golpe a otro lugar.

Sangre. Fuego. Calor por todas partes.

El rojo parecía llenar todo lo que alcanzaba a ver. Las llamas se levantaban alrededor del espacio donde estaba atrapada, y el sonido de los frenos seguía dentro de su cabeza incluso después de que todo dejara de moverse.

—¡Sofía! ¡Sofía!

Alguien la llamaba. Ella estaba atrapada en un espacio cerrado. Quería contestar y escapar, pero no podía moverse ni sacar la voz.

Golpeó el vidrio con todas sus fuerzas.

Un impacto lo rompió desde fuera. Los fragmentos cayeron entre las llamas y el humo. Sofía se ahogaba. Pensó que iba a morir.

Entonces alguien le agarró la mano y tiró de ella.

—Aguanta. Voy a sacarte.

La voz del hombre era débil. Sus ojos le resultaban familiares, aunque no lograba recordar de dónde los conocía.

Tenía la cara cubierta de sangre. La miraba con una ternura desesperada, como si necesitara despedirse y se negara a hacerlo.

A Sofía le dolió el pecho.

Lo conocía. Estaba segura. Sabía que había un nombre, pero no conseguía decirlo.

Diego…

No. No era él.

Intentó recordar, preguntar, llamar a aquel hombre. No le salió ningún sonido.

Entre la sangre y el humo, él la abrazó.

—Espérame. Voy a buscarte. Tienes que esperarme.

Sofía despertó de golpe, empapada en sudor. Se llevó la mano al pecho y trató de recuperar el aire.

El sueño había sido demasiado real. Como si acabara de volver al accidente de tres años atrás.

Si no había sido Diego, ¿quién la había salvado?

Todavía sentía aquel dolor en el pecho cuando sonó la alarma.

La apagó y recordó que tenía que ir a atender al abuelo de Alejandro. Se levantó despacio. Le pesaba la cabeza y apenas se sostenía en pie.

Tal vez tenía fiebre.

Se aseó, tomó dos comprimidos del medicamento que tenía a mano y salió.

Al abrir la puerta, se encontró con Diego. Parecía estar a punto de llamar.

—¿Qué quieres?

Sofía se quedó en el umbral para impedirle entrar.

—Habla rápido. Tengo cosas que hacer.

—Fuimos marido y mujer. ¿De verdad tienes que tratarme así?

El rechazo de Sofía le dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir. Por eso su tono se volvió todavía más cruel.

—Antes no podías vivir sin mí. Me seguías a todas partes.

La expresión de ella se endureció.

—Diego, ¿fuiste tú quien me salvó en aquel accidente?

La pregunta lo hizo tensarse.

Él la había llevado al hospital. Eso era cierto. Pero antes de su llegada, otro conductor había atravesado su auto frente al vehículo que iba a embestir el de Sofía. Había usado su propia carrocería para frenar el impacto.

Los médicos lo habían dicho: un golpe más fuerte habría podido matarla.

En realidad, Diego no era quien le había salvado la vida.

Sabía que buena parte de la paciencia de Sofía con él nacía de aquella deuda. Le aterraba admitir la verdad y perderla definitivamente.

No entendía por qué le daba tanto miedo. Solo sabía que no quería reconocer que había sido otro hombre.

—¿Qué estás insinuando? —replicó, a la defensiva—. ¿Ahora que se acabó el matrimonio también vas a negar lo que hice por ti? Está bien. Consígueme el proyecto de los Montenegro y quedamos a mano.

Sofía lo miró con incredulidad. El dolor de cabeza empezaba a hacerse insoportable.

—Si quieres el proyecto, dilo. Usar aquello para presionarme solo te hace más despreciable.

Hizo una pausa y lo observó con atención.

—Además, ya sé que no fuiste tú quien me salvó.

—¿Recuperaste la memoria?

La pregunta se le escapó. El rostro de Diego perdió el color.

Sofía todavía no había recuperado todos sus recuerdos. Lo había dicho para ver cómo reaccionaba. Ahora Diego se había delatado.

Lo observó, esperando que negara algo, que encontrara una explicación. Él no la miró a los ojos.

Durante tres años había aceptado su frialdad pensando que le debía la vida. De pronto ya no encontraba esa deuda entre los dos.

Soltó una risa breve y se enderezó junto a la puerta. El dolor de cabeza seguía allí, pero ya no tenía que pedirle permiso para irse.

—Qué bueno que terminamos. Te consigo el proyecto, pero mi pago será de mil millones de pesos. Y después no vuelvas a buscarme.

Diego todavía intentaba asimilar lo de la memoria cuando oyó la cifra.

—¿Mil millones? ¿Estás hablando en serio?

—Ese proyecto puede darte mucho más a largo plazo. Si vas a discutir el precio, olvídate de mi ayuda.

Diego no quería perder el contrato. Tampoco quería entregarle tanto dinero.

La indiferencia de Sofía lo desconcertaba tanto como la cantidad que acababa de pedir. Antes bastaba recordarle el accidente para que cediera. Ahora ella hablaba de un pago, de terminar la colaboración y de no volver a verlo.

No había obtenido ninguna de las respuestas que esperaba. En medio de aquella pérdida de control, se aferró al único vínculo que todavía podía invocar.

En un impulso, le agarró el brazo.

—No puedes borrar una deuda así tan fácilmente. Además, el divorcio todavía no es definitivo. Me arrepentí, Sofía.

Ella le dio una bofetada con todas sus fuerzas.

Quiso decir algo más, pero un dolor intenso le atravesó la cabeza. La vista se le oscureció y empezó a caer hacia atrás.

Unos brazos la sujetaron por la cintura.

En medio de la confusión, vio fragmentos del sueño. Sangre. Un auto en llamas. Un hombre que la miraba con ternura y una tristeza insoportable.

Aquellos ojos.

—Dijiste que vendrías a buscarme…

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