Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 6
Capítulo 6
¿Una mujer con dos caras?
Al ver el nombre de Alejandro en la pantalla, Valeria sintió una sacudida en el pecho.
—¿Contesto? —preguntó Mateo.
—Sí.
Él activó el altavoz y esperó.
—Señor Duarte, ¿mi esposa está con usted? —preguntó Alejandro, con voz ronca.
La palabra «esposa» le cayó a Valeria como una provocación.
—Cuida cómo me llamas, señor Montenegro. Ya no soy tu esposa.
—Clara. Así que sí estás con él.
La voz de Alejandro se volvió más grave.
—¿Qué esperabas? ¿Que me quedara en tu casa hasta que me echaras con mis cosas a la calle?
Qué manera de hablarle.
Alejandro apretó la mandíbula al otro lado de la línea.
—Te recomiendo que no te precipites. Todavía no terminamos los trámites. Legalmente sigues siendo mi esposa. Deberías cuidar tu reputación y la de mi familia.
—Llevaste a Emilia a vivir a Villa Marea mientras seguías casado conmigo. Me obligaste a firmar el divorcio. ¿Pensaste en mi reputación cuando hiciste eso?
Valeria soltó una risa fría.
—¿Y ahora quieres que cuide la tuya? Ya le dejé el puesto de señora Montenegro a Emilia. Pídeselo a ella.
Mateo alzó una ceja y bebió un sorbo de té.
Esa sí era su hermana. La esposa dócil de los últimos tres años había sido un papel que Valeria interpretó por amor a Alejandro.
Mateo la quería de cualquier manera. Pero había extrañado a aquella muchacha atrevida, capaz de decir y hacer lo que le diera la gana.
Por fin había vuelto.
—No tengo tiempo para discutir —dijo Alejandro, cansado—. Mi abuelo está hospitalizado. Quiere verte y no acepta ni sus medicamentos.
Valeria sintió que el corazón se le encogía.
Podía haberse separado de Alejandro, pero Antonio siempre la había tratado con cariño. En tres años había aprendido a querer a ese anciano terco y entrañable. Se había marchado sin dinero ni bienes; a él no podía borrarlo de su vida.
—Está en el hospital del Grupo Duarte, ¿verdad? Ya me avisaron. Iré en un rato.
Colgó y suspiró, preocupada.
—Te llevo —ofreció Mateo.
—No hace falta. Voy a ver al abuelo, no a provocar una pelea. Si llego contigo, todo será más complicado.
Negó con la cabeza.
—Puedo conducir.
* * *
Alejandro y Andrés esperaban frente a la habitación de Antonio.
Valeria llegó a toda prisa. Le bastó verlo para notar que Alejandro había adelgazado en aquellos días.
Maldita sea. ¿Por qué se fijaba en eso? Nada de lo que le pasara tenía que ver con ella.
Que hiciera lo que quisiera.
Los dos hombres se volvieron al oír sus tacones.
Se quedaron mirándola.
Alejandro apenas podía reconocer a la mujer que había sido su esposa durante tres años.
—Andrés, ¿cómo está el abuelo?
Valeria ni siquiera miró a Alejandro.
—Señora… ¿es usted?
La pregunta era absurda, pero a Andrés no le salió otra cosa.
Valeria llevaba maquillaje discreto, labios rojos y un traje negro que le ceñía la cintura y alargaba sus piernas. Sobre el pecho brillaba un broche de rubíes en forma de mariposa.
Ella comprendió de pronto el motivo de sus miradas. Había salido tan deprisa que olvidó vestirse como Clara: falda blanca, tenis y aire de esposa obediente.
—La misma. ¿Tan mal me queda el cambio?
—¡Al contrario! Se ve mucho más bonita. Y más segura. Tiene otra energía.
Andrés hablaba con total sinceridad.
Valeria sonrió apenas.
—Debe ser la separación. Salí de la tumba y volví a ver la luz. Es normal que tenga más ganas de vivir.
Alejandro ensombreció el rostro.
—Si nuestro matrimonio era una tumba, ¿por qué te quedaste tres años? Te dije más de una vez que, si querías terminarlo, podía hablar con mi abuelo. No tenías que cumplir una condena.
A Valeria le dolió el pecho.
Así era él. Nadie podía apartarlo de la mujer que amaba. Y cuando no amaba a alguien, ni la entrega más absoluta conseguía arrancarle una mirada.
Ella se había enamorado precisamente de aquella firmeza, de su forma de no dejarse distraer. Y lo había pagado muy caro.
—Le di mi palabra a tu abuelo. Tres años eran tres años. Ni un día menos.
Le dedicó una sonrisa helada.
—Pero ya estás libre, señor Montenegro. Puedes llevar a casa a la mujer que quieras. Ya no necesitas salir a escondidas para ver a tu amante.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
¿Tenía dos caras? ¿Ahora que estaban separados se permitía mostrar lo que siempre había ocultado?
Tenía que admitirlo: aquella mujer desafiante llamaba mucho más la atención que su esposa de antes.
—¡Alejandro!
Valeria se volvió y vio llegar a Emilia con Beatriz.
Emilia le lanzó una mirada hostil. Un instante después, volvió a adoptar su expresión de fragilidad.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Alejandro.
Ella se abrazó a su cintura.
—¿Por qué no me avisaste? Pasó algo tan grave… ¿Todavía no me consideras parte de tu vida?
—No sabes cuánto se preocupó —añadió Beatriz—. Apenas pudo tomar un poco de sopa al mediodía y luego la vomitó.
Alejandro la miró, inquieto.
—¿Por qué volvió a vomitar?
—Siempre ha tenido problemas del estómago. Le pasa cuando está nerviosa o asustada. Hemos visto a muchos médicos. Dicen que no es grave, pero ninguno logra curarla.
Beatriz suspiró.
—Buscaré otro especialista —dijo Alejandro, abrazando a Emilia—. Si aquí no pueden ayudarla, la llevaré al extranjero.
Valeria recordó las veces que ella había ido sola al hospital, sudando de dolor por su propio problema estomacal. No se lo había contado después, pero él la había visto pálida y sin fuerzas.
Jamás había preguntado qué le pasaba.
Así que no era incapaz de amar. Simplemente, ella no merecía su amor.
Desde el pecho de Alejandro, Emilia le lanzó una sonrisa cruel.
Entonces se fijó mejor en su aspecto.
¿Desde cuándo aquella mujer era tan hermosa?
Y ese broche… Era la pieza más reciente de Alexa, la prestigiosa diseñadora de joyas. ¡Costaba cinco millones de pesos!
¿Cómo podía pagar algo así una muchacha sin dinero?
Tenía que ser falso.
—Alejandro, deja que Emilia entre contigo a ver a tu abuelo —propuso Beatriz—. Venía llorando de la preocupación.
Hablaba como si Valeria no estuviera allí, como si no hubiera cuidado de todos ellos durante tres años.
A Valeria ya no le importaba. Si había dejado de esperar algo de Alejandro, menos iba a esperarlo de su madrastra.
Se abrió la puerta de la habitación. Salió el secretario de Antonio, el señor Vargas.
—Don Antonio me pidió que comprobara si ya había llegado la esposa de su nieto.
Emilia se quedó rígida.
—Estoy aquí, señor Vargas —respondió Valeria, acercándose.
Estaba demasiado preocupada como para corregir el título.
—Señora, don Antonio quiere verlos a usted y al señor Alejandro.
El secretario les cedió el paso.
Valeria entró sin vacilar. Alejandro la siguió.
—Espera, cariño…
Emilia intentó entrar detrás de él, pero Vargas se interpuso.
—Lo siento. Don Antonio solo recibirá a su nieto y a la esposa de su nieto. A nadie más.