El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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24
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De vuelta en Vantage International.
Había llegado el momento de leer la decisión, después de que los directivos de Vantage International revisaran y deliberaran todas las propuestas presentadas por las empresas presentes. La sala, que hasta hacía un instante zumbaba de conversaciones en voz baja, quedó de pronto en absoluto silencio.
Todos esperaban con el pecho agitado, la mirada fija en el estrado, donde el representante principal de Vantage International ya se erguía.
—Tras sopesar con detenimiento las propuestas de colaboración, la capacidad operativa, la estructura de la sociedad y el resultado de los ajustes a las cláusulas del contrato durante estos últimos días, hemos determinado cuál es la empresa a la que confiaremos la alianza con Vantage International.
El silencio se hizo aún más denso. Nadie respiraba, a la espera del nombre.
—Este proyecto lo encomendamos a... —El representante hizo una pausa. Recorrió con la vista a los asistentes antes de continuar con voz firme—. GRUPO VILLANUEVA.
Al instante, todas las miradas se volvieron hacia el lugar que ocupaba la comitiva de Villanueva. Los aplausos empezaron a oírse de uno en uno, y luego se multiplicaron. Los participantes sentados cerca de ellos les tendieron la mano para felicitarlos.
Nathan se limitó a estrechar esas manos con un leve gesto de la cabeza. Su rostro permanecía impasible, como si hubiera previsto el resultado desde el principio. Alena, sentada a su lado, dejó escapar sin que nadie lo notara un suspiro de alivio, como si el peso que le oprimía los hombros se deshiciera poco a poco.
Al otro extremo de la sala, en cambio, Renzo apretaba los puños. Y Richard Sebastián miraba de frente a Nathan con un destello afilado en los ojos. Aquella derrota le dolía hasta el fondo. Una vez más se veían obligados a reconocer la superioridad del Grupo Villanueva.
Cuando Vantage pidió a Nathan que subiera al estrado a exponer la visión y los objetivos, el hombre mandó subir a Alena en su lugar. A ella la sorprendió la orden, porque lo habitual era que fuera el dueño de la empresa quien pasara al frente. Pero como Nathan insistió, la muchacha terminó por adelantarse.
Su porte era de una calma absoluta, sin el menor asomo de nervios. Estaba acostumbrada a lidiar con toda clase de situaciones y de personas importantes. Sobre el estrado, erguida, con voz clara y firme saludó a todos los presentes. Su exposición fue directa y sustanciosa, y dejaba entrever una inteligencia y una madurez que cautivaron a cuantos la escucharon.
Desde su asiento, Renzo la observaba clavado en su lugar. No perdía uno solo de sus movimientos. Apenas entonces caía en la cuenta: aquella mujer que había estado a punto de ser su esposa brillaba ahora con una luz deslumbrante, mucho más capaz y diestra de lo que él jamás había imaginado.
Mientras tanto, al otro lado del estrado, Nathan la contemplaba con una mirada llena de orgullo. No me equivoqué al elegirla, se dijo para sus adentros.
En cuanto Alena bajó del estrado, Nathan se puso de pie y se acomodó con calma el borde del saco. Los dos directores que lo acompañaban se levantaron enseguida. Uno de ellos llevaba una tableta y los documentos de Alena.
—Nos vamos ya —dijo Nathan apenas quedó frente a ella.
Alena asintió al momento, tomó la tableta y los documentos que le tendía uno de los directores y echó a andar detrás de Nathan.
No habían dado más que unos pasos fuera de la sala cuando una voz los llamó a sus espaldas.
—Alena.
La muchacha se detuvo y se volvió. Nathan, a su lado, hizo lo mismo. Hasta los dos directores se pararon y se colocaron a izquierda y derecha, un poco por detrás de Nathan y Alena.
Richard Sebastián se acercó con pasos rápidos, mirando el rostro de Alena con ojos llenos de esperanza.
—¿Me permites hablar un momento contigo?
A Nathan lo irritó la presencia de Richard Sebastián. Más aún cuando vio que Renzo también estaba detrás de él. No le gustaba que Alena volviera a hablar con ellos. No porque dudara de ella, sino porque no quería darle a Renzo ni la más mínima grieta para volver a acercársele. Sin embargo, tampoco podía prohibirle a Alena que hablara con quien fuera. Así que se quedó de pie junto a la muchacha, en silencio, la mirada clavada como una cuchilla en la cara de Renzo.
—¿Qué ocurre, tío Richard? —preguntó Alena.
—Alena, quiero pedirte perdón —dijo Richard Sebastián con el rostro cargado de culpa.
Ella lo miró con calma.
—¿Por qué habría de pedirme perdón?
—No supe educar a Renzo, y por eso te cometió un agravio tan grande. —Richard soltó un largo suspiro—. Sé que aquel día quedaste profundamente herida. Un día que debía ser la felicidad de toda tu vida, y él lo destrozó sin más.
—Déjelo, tío. Ya es pasado. Lo he olvidado —respondió Alena con una leve sonrisa.
—¿Tú... no le guardas rencor a Renzo?
—No. —Alena negó despacio con la cabeza—. Doy todo por terminado. Y no quiero seguir dándole vueltas.
Richard la observó con fijeza y compuso un gesto de sincera tristeza.
—Alena, ¿alguna vez me he portado mal contigo en todo este tiempo?
La muchacha guardó silencio ante la pregunta, pero un instante después respondió con aplomo.
—No, tío. Siempre ha sido muy bueno conmigo. Incluso me ha comprendido y se ha preocupado por mí más que Renzo —dijo Alena con sinceridad, tal como lo había sentido durante todos esos años. Hubo un tiempo en que llegó a creer que Richard Sebastián la quería más que Gustavo.
Pero sin que nadie lo advirtiera, la mano de Nathan se cerró poco a poco. El hombre callaba, sí, pero con su mirada aguda alcanzaba a ver más allá. Richard Sebastián no era una persona tan sincera. Parecía apreciar a Alena, cierto, pero solo porque tenía puestos en ella grandes intereses.
—En ese caso... —Richard seguía mirándola con la cara llena de esperanza—. ¿Cabe la posibilidad de que lo tuyo con Renzo pueda arreglarse?
Alena no contestó de inmediato. Bajó un momento la vista y luego alzó el rostro para mirar a Richard Sebastián con serenidad.
—Lo siento, tío —respondió apenas. Pero esas dos palabras encerraban un significado claro y rotundo.
El semblante de Richard Sebastián cambió al instante. Tras una sonrisa forzada, apretó el puño. No aceptaba el rechazo de Alena. Aun así, se esforzó por parecer comprensivo.
—Lo entiendo... —dijo en voz baja—. Pero sigo con la esperanza de que algún día quieras replanteártelo. Renzo se equivocó, y muchísimo. Pero sé que todavía te ama.
Alena no lo rechazó ni le dio la razón. Para ella, todo cuanto tuviera que ver con Renzo era ya parte de un pasado que no quería repetir.
—Disculpe, tío. Todavía tengo trabajo pendiente. —Alena inclinó ligeramente el cuerpo—. Con su permiso, me retiro.
—Está bien. —Richard asintió, resignado—. Me alegra haber podido hablar contigo. Ojalá podamos conversar de nuevo otro día.
Alena no le dio la razón en absoluto. Se dio la vuelta y se marchó junto a Nathan y los dos directores del Grupo Villanueva.
Durante todo el trayecto hasta el estacionamiento, de la boca de Nathan no salió ni una palabra. Al llegar junto al auto, Alena abrió la puerta del asiento del acompañante, y una vez que Nathan entró y se acomodó, la muchacha, con sus movimientos ágiles, rodeó el vehículo y se sentó al volante.
—¿Estás bien? —preguntó Nathan.
Alena, que apenas se disponía a arrancar el motor, se volvió.
—¿Yo? —preguntó sin entender—. ¿Por qué lo pregunta?
Nathan le sostuvo la mirada.
—¿De verdad no quieres volver con él?
Alena apartó la cara y volvió a mirar al frente mientras negaba despacio. Su mano se movió con calma, metió la llave en el contacto y la giró hasta que se oyó el ronroneo suave del motor al encenderse.
—No existe el "volver", señor —dijo con firmeza, la vista fija en el camino—. Solo existe el camino hacia adelante, y ya lo elegí.
Alena metió la marcha con decisión y soltó el freno poco a poco. El auto se deslizó suave, llevándolos lejos, apartándolos de todo un pasado que ella no quería recordar.
Nathan esbozó una leve sonrisa al oír la respuesta.
—Bien —dijo por lo bajo.
Alena se volvió de golpe con el ceño fruncido.
—¿Bien?
Nathan desvió enseguida la mirada hacia la calle, al otro lado de la ventanilla. No quería que Alena le viera la cara.
—Todavía tenemos mucho trabajo. Si no puedes concentrarte por culpa de un asunto personal, voy a salir perdiendo con el sueldo tan alto que te pago.
Alena soltó un suspiro de fastidio. Su jefe era de lo más insoportable.