Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 13
Capítulo 13. ¿Diez millones para comprar su perdón?
Daniel recuperó enseguida la voz.
—Cami, ¿qué te pasa? Antes no te importaban estas cosas. La empresa es fruto del esfuerzo de los dos. Somos esposos. La mitad de lo mío ya es tuya. No hace falta hacer todo esto.
No la dejó responder.
—Además, sabes cómo están repartidas las acciones. Mi padre y los demás socios tienen mucho más que yo. Aunque quisiera darte lo que pides, no puedo.
Se apresuró a añadir otra razón.
—Esos viejos no van a aceptar que una mujer mande en la empresa. Si lo intento, todos se pondrán en tu contra. Por eso no quise darte acciones desde el principio. No quería que te atacaran.
Había trasladado la culpa a los accionistas y convertido su negativa en otra supuesta muestra de amor.
Camila siguió el razonamiento que él mismo acababa de darle.
—Exacto. Somos esposos. Si las acciones quedan a mi nombre, seguirán siendo patrimonio de los dos, ¿no?
No importaba cuántas excusas buscara.
—Lo hago por la empresa. Por nuestra familia. Por ti.
Daniel sintió que le faltaba el aire de pura rabia.
No encontraba cómo discutir con ella. Aquel día, ni las palabras suaves ni las razones prácticas conseguían hacerla ceder.
¿De verdad podía estar tan enojada? ¿O había dejado de quererlo y por eso ahora le cobraba cada cosa?
—Nos costó mucho llegar hasta aquí —dijo, bajando la voz—. No quiero que un problema con mi familia acabe separándonos.
Era el recurso de siempre.
Le recordaba cuánto había luchado contra sus padres para estar con ella. Camila se conmovía y terminaba cediendo.
Esta vez lo interrumpió antes de que acabara.
—Dicen que un hombre pone su dinero donde pone su amor. Yo lo he dado todo por tu empresa. Espero la misma entrega de tu parte.
Su tono no se alteró.
—De lo contrario, tendré que pensar si me conviene seguir trabajando allí. Quizá, si renuncio, tú estés más tranquilo y los accionistas dejen de quejarse.
—Cami, ¿qué quieres decir con eso?
¿Lo estaba amenazando?
—Piénsalo. Y no me busques hasta que tengas una respuesta. Por una vez estoy de descanso y quiero dedicarme ese tiempo.
Colgó.
Daniel volvió a marcar, pero ya no consiguió comunicarse.
Otra vez lo mismo. ¡Ahora parecía disfrutar dejándolo con la palabra en la boca!
Con el pecho agitado, juró que no volvería a darle una salida fácil. Aquella vez iba a enseñarle que no podía tratarlo así.
La decisión le duró dos horas.
Las pérdidas no paraban. Si no recuperaban pronto los proyectos, podían despedirse de la salida a bolsa.
No consiguió dormir. Esperó a que Beatriz se quedara dormida y regresó al estudio.
Cerraba los ojos y veía a Camila.
No entendía de dónde había salido tanta frialdad.
Después recordaba los años juntos, todo lo que ella había hecho por él. Era una mujer leal. Lo quería y dependía de él. Eso no podía desaparecer de un día para otro.
Pensarlo lo calmó lo suficiente para encontrar otra solución.
Tomó el celular e hizo cinco transferencias de dos millones de pesos cada una.
Camila seguía despierta cuando llegaron los avisos.
Diez millones.
Ni una palabra más.
Soltó una risa desdeñosa.
Conocía el truco. Daniel quería que ella interpretara aquel silencio, imaginara todo lo que él sentía y terminara conmovida por el gesto.
No le daba acciones, pero tampoco escatimaba en dinero. Parecía una forma de reconciliarse sin tener que ceder de verdad.
Si Camila sentía culpa, si se ablandaba un poco, él volvería a ser el hombre perfecto. Y ella tendría que seguir entregándolo todo, dócil y agradecida.
Antes quizá habría funcionado.
Ahora, aquellas migajas ya no le compraban nada.
Daniel esperó toda la noche una respuesta a las transferencias.
No llegó.
Al quitar los avisos del banco, Camila descubrió que tenía otro mensaje.
Gabriel había contestado veinte minutos antes.
«Todavía no».
Algo se movió dentro de ella.
Escribió unas palabras y las borró.
La respuesta era tan breve que quizá no quería conversar. ¿Insistir sería molesto?
Pero ella había iniciado la charla. Tampoco quedaba bien desaparecer después de que él respondiera.
Tras dudar un poco más, escribió:
«Vi la fotografía que publicó y quise saludarlo».
«¿Estás en Panamá?»
Esta vez respondió al instante.
Camila había pensado que su mensaje pondría fin a la conversación.
«Sí, vine a la gala benéfica. ¿Usted también está aquí?»
Si sabía dónde estaba, quizá también había recibido la invitación.
Pensar en verlo la puso nerviosa.
«No. Tengo un compromiso de trabajo esta noche. Están por iniciar la transmisión».
«¿Lo interrumpí? Perdón».
Antes de que él contestara, añadió:
«Lo dejo trabajar. Yo también voy a descansar».
Era mejor terminar allí antes de volverse una molestia.
Gabriel no escribió nada más.
Sin embargo, Camila se quedó pensando en la transmisión.
Como todavía no tenía sueño, abrió la computadora y buscó su nombre. Encontró muy poca información. Recordó que Mauricio le había hablado de su prestigio en los negocios internacionales y probó con portales financieros de otros países.
Allí sí apareció.
Se celebraba una cumbre internacional de negocios organizada por algunos de los mayores grupos empresariales del mundo. Entre los invitados había magnates y grandes inversionistas de distintos países.
Gabriel Alcázar, al frente del grupo multinacional de su familia, era uno de los principales ponentes.
Camila encontró la transmisión en vivo. Esperó media hora hasta verlo aparecer.
Vestía un traje oscuro hecho a medida. Estaba de pie junto al escenario, acompañado de su asistente. Incluso a través de la pantalla imponía esa mezcla de autoridad y calma que hacía imposible ignorarlo.
Cuando llegó su turno, tomó el micrófono y empezó a hablar en inglés con una fluidez impecable.
Sus argumentos eran precisos. Iba al punto, planteaba ideas que provocaban discusión y dominaba la sala sin necesidad de alzar la voz.
Su voz grave tenía más fuerza que la de muchos presentadores profesionales.
A Camila le gustaba escuchar conferencias. Aun así, aquello la sorprendió. En pocos minutos estaba completamente concentrada en él.
Las respuestas improvisadas eran igual de buenas. Breves, claras, dichas con una seguridad que arrancaba aplausos una y otra vez.
Camila hasta se descubrió aplaudiendo frente a la computadora.
La capacidad de alguien que sabía lo que hacía podía ser terriblemente atractiva.
Gabriel estaba inmóvil y serio sobre el escenario, casi inaccesible. Y, aun así, la fuerza masculina que transmitía le atravesaba la pantalla.
Al terminar, Camila pensó que su carácter distante ya no le resultaba tan extraño.
Un hombre así debía de estar acostumbrado a que los demás lo admiraran desde lejos. Quizá ni siquiera necesitaba esforzarse por socializar. Mucho menos por enamorar a alguien.
No llegó ningún otro mensaje.
Cuando por fin sintió sueño, se tapó hasta la cabeza y se durmió.
***
La noche siguiente, Mauricio acompañó a Camila durante la primera parte de la gala. Después tuvo que retirarse.
Leonardo tampoco paraba. Entre llamadas y personas que lo buscaban, apenas podía quedarse quieto unos minutos.
Camila, en cambio, casi no recibía atención cuando estaba sola.
Le entregaban una tarjeta. La saludaban con educación. Y seguían de largo.
Aquellas personas respetaban a los Montenegro, pero sobre todo respetaban a Alejandro y a quienes llevaban años tratando con él.
A una hija aparecida de la nada no tenían por qué tomarla en serio.
Su tío ya se lo había advertido. Teresa y Sebastián tenían el reconocimiento de aquel círculo. Muchos daban por hecho que Camila no conseguiría conservar el control y acabaría entregándoles el patrimonio.
Mantenerse lejos de ella era la forma más cómoda de no enemistarse con los otros dos.
Camila no necesitaba que la quisieran. Había ido a representar a la empresa y a cumplir su papel.
Pero tampoco pensaba esconder la cabeza teniendo semejante fortuna a su cargo.
Había preparado su intervención con cuidado. Repasó y pulió varias veces el discurso que Mauricio encargó para ella.
Antes de que empezara la ronda de ponencias, Leonardo notó su tensión.
—Si no te sientes lista, puedo subir yo.
Camila representaba a toda la familia. Un error también los haría quedar mal a ellos.
Ella negó con la cabeza, cerró un instante las manos para calmarse y respiró.
—Tranquilo. Lo voy a hacer bien.
Había visto a Renata y Valeria al llegar. Estaban con sus padres, rodeadas de gente.
La saludaron brevemente y se alejaron. Poco a poco, la atención de los invitados se desplazó de los Montenegro a los Cárdenas.
Aunque Leonardo intentaba protegerla, algunos comentarios le llegaban igual.
«La hija ilegítima».
«Solo está aquí por su padre».
«No está a la altura».
Si ni siquiera se atrevía a hablar en público, les daría la razón.
—No te preocupes por lo que piensen —dijo Leonardo, recorriendo el salón con una mirada orgullosa—. Ninguno de ellos vale tanto como cree.
Camila podía haber nacido fuera del matrimonio. Seguía siendo una Montenegro. En la actitud de los demás también había envidia.
Ella le agradeció con un gesto.
Llegó su turno.
Recibió el micrófono y la luz del escenario cayó sobre ella.
El vestido azul agua, cubierto de destellos, y las joyas de varios millones de pesos la hacían brillar como una estrella.
Todos la miraron.
Nadie aplaudió.
Antes habían hablado empresarios veteranos y figuras reconocidas. Nunca una representante de los Montenegro había sido tan joven, tan desconocida.
A ojos de varios de aquellos empresarios, ser mujer era otro motivo para no tomarla en serio.