Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
NovelToon tiene autorización de Natalia Moreno Sajonero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 11 : EL CONTRATO ROTO
A las siete de la mañana, Anastasia todavía tenía la mano de Damián agarrada.
Se despertó y por un segundo no supo dónde estaba. No estaba en su cuarto pequeño de la casa de su madre. No estaba en la librería. Estaba en una cama enorme negra, con sábanas negras, con una chaqueta de traje negra sobre los hombros, con una camisa blanca de hombre que no era suya, y con una mano grande, caliente, agarrando la suya como si fuera lo único que le impedía caerse.
Damián seguía dormido. Sin camisa. Con el tatuaje del lobo en la espalda. Dormía boca abajo, con la cara hacia ella, respirando tranquilo. Era la primera noche que dormía de verdad desde que la había encerrado. Porque ella no se había ido. Porque había dicho "No me quiero ir" frente a Luna y Sofía.
Anastasia lo miró. Y por primera vez, no sintió solo miedo. Sintió algo raro. Culpa. Porque lo había visto sonreír aliviado cuando dijo que no se quería ir. Como si de verdad hubiera creído que se quería quedar.
Se soltó despacio. Se levantó descalza. La chaqueta de Damián se cayó al suelo. Bajó las escaleras. La cocina estaba cerrada con llave. Con candado nuevo. El que Damián puso a las tres de la mañana después de que Luna entró por la puerta del gas.
Sobre la mesa de la cocina, había un papel. El contrato. El que firmó en el hospital frente a su madre. _Anastasia Sterling Grey._ Con la firma de Rafael Vonn y la suya. Y al lado, un encendedor plateado de Damián.
Killian estaba tomando café, sin camisa, con la escopeta apoyada en la mesa.
—Buenos días, princesa Grey —dijo, sin sorpresa—. ¿Dormiste bien con el jefe? Por fin dejó de roncar.
—¿Qué hace esto aquí? —preguntó Anastasia, señalando el contrato.
—El jefe lo bajó anoche, después de que tus amigas se fueron bajo la lluvia. Dijo que si querías romperlo, lo rompieras.
Anastasia no entendió.
—¿Romperlo?
—Sí. Dijo que anoche le mentiste a Luna para salvarla. Que dijiste que no te querías ir porque tenías miedo de que les hiciéramos daño. Dijo que eso no vale. Que si te quieres ir, te puedes ir hoy. Que rompas el contrato. Que te vayas con tu madre que está en casa de la de pelo rosado. Dijo que no va a quemar nada. Ni la tienda.
Anastasia agarró el contrato. Eran dos páginas. Gruesas. Caras. Con sello de Vonn.
—¿Es en serio? ¿Me deja ir?
—Según él, sí —dijo Killian, tomando su café—. Pero yo que tú no lo rompería. Porque si lo rompes, Vonn te lleva. No a la mansión. A otro lado. Y el jefe no te va a salvar otra vez. El jefe está cansado, princesa. Anoche se quedó mirándote dormir hasta las siete.
En ese momento, Damián bajó las escaleras. Solo con el pantalón de pijama negro. Despeinado. Con ojeras. Vio a Anastasia en la cocina, con su camisa blanca, descalza, agarrando el contrato y el encendedor.
Se miraron. Cinco días de encierro, de reglas, de vestidos de novia, de rescates fallidos, en esa mirada.
—Buenos días, esposa —dijo él, con voz ronca de dormido.
—No soy tu esposa si rompo esto —dijo ella.
—No —dijo él—. Si rompes eso, eres Sterling otra vez. Libre. Con tu madre. Con Luna y su vidrio roto. Con tu librería.
—¿Y por qué me dejas romperlo? Anoche dijiste que las Grey se quedan en la cama contigo.
—Porque anoche me mentiste —dijo Damián, acercándose, descalzo también—. Dijiste "no me quiero ir" para que no le disparara a Luna. Lo escuché en tu voz. Y la regla número nueve era sobrevivir. Sobreviviste. Pero sobrevivir mintiendo no es vivir conmigo. Si te quedas, te quedas porque quieres. No porque tienes miedo.
Le puso el encendedor en la mano. Su mano grande sobre la de ella, pequeña y temblando.
—Rómpelo si quieres. Quémalo. Vonn está afuera en el carro. Le dije que si quemas el contrato, te lleva a casa de Sofía con tu madre y no te volvemos a buscar nunca. Pero si no lo quemas, si lo dejas en la mesa, te quedas. Y nos casamos en tres semanas. De verdad. No por tu madre. Por ti.
Anastasia miró el contrato. Miró el encendedor plateado. Era su libertad. Era literalmente fuego en su mano.
Pensó en Luna, empapada a las tres de la mañana, con el cuchillo de cocina, gritándole "Te olvidaste de que eres Sterling". Pensó en su madre, que según Luna estaba a salvo en casa de Sofía, con el corazón enfermo. Pensó en su cuarto pequeño. En su vida de antes, donde era pobre pero libre.
Y pensó en la cama negra. En la camisa blanca que olía a Damián. En la mano que le agarró toda la noche sin tocarla más. En que Damián había gritado por primera vez a Killian para llamar a un médico para ella cuando se desmayó con el vestido de novia. En que le había masajeado los pies helados. En que le había dado una elección de verdad, sin castigo, a las tres de la mañana.
¿Era síndrome de Estocolmo? ¿O era que por primera vez en su vida alguien, aunque fuera un monstruo, la había mirado como si fuera lo único que quería?
Prendió el encendedor.
El fuego salió pequeño. Amarillo. Temblando como ella.
Acercó el fuego a la esquina del contrato. El papel empezó a quemarse. Lento. _Anastasia Sterling Grey_ se empezó a poner negro.
Killian se levantó, sorprendido.
—¡Jefe!
Damián no se movió. Miraba el fuego. Con dolor. Pero sin detenerla.
El contrato se quemó por la mitad. El fuego ya le quemaba los dedos a Anastasia.
Y entonces, justo cuando iba a soltarlo para que se quemara completo, Anastasia hizo algo que ni ella esperaba.
Apagó el fuego con su mano. Lo aplastó contra la mesa de mármol. Se quemó los dedos. Pero el contrato quedó a la mitad quemado, a la mitad vivo. Se podía leer todavía _Sterling Grey_.
—¡Ah! —gritó, sacudiendo la mano quemada.
Damián le agarró la mano enseguida, la puso debajo del chorro de agua fría de la cocina.
—¿Qué hiciste? —dijo, enojado y confundido—. ¿Lo quemas o no lo quemas?
—Lo rompo a la mitad —dijo Anastasia, llorando por el dolor del dedo quemado y por todo—. No quiero ser Sterling pobre que no puede pagar la operación de su madre. Pero tampoco quiero ser Grey encerrada que no puede ver a Luna. Quiero mitad y mitad.
Damián la miró. Con el contrato medio quemado en la mesa. Con su mano quemada bajo el agua.
Entendió.
—No se puede mitad y mitad, princesa —dijo, bajito—. Pero podemos hacer un contrato nuevo.
—¿Nuevo?
—Sí. Uno donde Luna no pierde las manos. Donde tu madre no se muere si dices la verdad. Donde duermes en mi cama porque quieres, no porque te castigo. ¿Quieres eso?
Anastasia asintió, con la mano bajo el agua, con la camisa blanca de él mojada, descalza en su cocina.
—Sí.
Damián cerró el chorro de agua. Le secó la mano con su propia camisa. Le besó los dedos quemados, uno por uno, sin pedir permiso esta vez.
—Entonces, regla número diez —susurró—. Nueva. No hay más contrato roto. Hay contrato nuevo. Y lo escribes tú.
Killian miró la escena y se fue de la cocina, con su café y su escopeta, murmurando:
—Dios mío, el jefe está perdido. Se enamoró de la Sterling.
Y afuera, en la calle, bajo la lluvia que ya paraba, Luna y Sofía miraban la mansión desde el carro del primo, sin saber que adentro, Anastasia acababa de quemar la mitad de su libertad para quedarse.
*[FIN DEL CAPÍTULO 11