Tania lo tenía todo: un matrimonio envidiable, una casa perfecta y un amor que creía eterno. Hasta la noche en que descubrió a su esposo cenando con otra mujer.
Cualquiera habría gritado, llorado o suplicado. Tania no hizo ninguna de las tres cosas. Sonrió, guardó silencio y empezó a planear.
Lo que nadie sabía —ni su esposo infiel, ni la amante ambiciosa, ni la familia que la subestimó— era que detrás de la esposa sumisa se escondía una mente brillante capaz de construir un imperio desde las cenizas de su propio matrimonio. Con la ayuda de su mejor amiga y de un hombre misterioso que la admiraba desde las sombras, Tania inicia una transformación silenciosa que la llevará de ama de casa humillada a la mujer más poderosa de la industria.
Pero la venganza es solo el comienzo. Secretos de familia, traiciones corporativas, enemigos implacables y un amor inesperado pondrán a prueba su frialdad legendaria a lo largo de cinco temporadas de intriga, pasión y poder.
Porque la venganza más letal no es la que se grita. Es la que se sirve en silencio.
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Capítulo 13
La tarde se deslizó sigilosamente hacia la sala, tiñendo la luz de un dorado apagado. Doña Carmen, Tania y Farah descansaban juntas. El televisor encendido transmitía un programa de chismes vespertino, pero ninguna le prestaba verdadera atención.
Tania permanecía sentada con calma en el sillón individual, un libro abierto sobre su regazo, aunque de vez en cuando sus ojos se desviaban hacia el reloj de pared. En el sofá de enfrente, Farah se removía inquieta. Su celular no dejaba de pasar de mano en mano, y su ceño se fruncía cada vez que la pantalla se apagaba sin notificaciones. Llevaba horas conteniendo las ganas de ver a Diego para descargar su frustración por los mensajes que él jamás respondió.
A las seis en punto de la tarde, el ruido de un auto entrando al garaje atravesó la quietud, seguido poco después por el sonido familiar de la puerta principal.
Por reflejo, Tania y Farah se pusieron de pie al mismo tiempo, como dos marionetas jaladas por el mismo hilo.
Tania observó a Farah un instante. Una expresión de pánico cruzó fugazmente el rostro de Farah, que la reemplazó de inmediato con una pose de falsa despreocupación. Tania esbozó una sonrisa fina, una sonrisa gélida que solo ella misma podía percibir.
—Ay, ¿por qué te levantaste tú también, Farah? —preguntó Tania con una amabilidad fabricada, rompiendo el silencio—. ¿Vas a salir a recibir a Diego, a mi esposo?
Farah se quedó muda un instante, la lengua trabada. A sus espaldas, apretó los puños con fuerza, maldiciendo en silencio la astucia de Tania, que volvía a lanzarle una indirecta frente a Doña Carmen.
—Es Diego el que llega, Farah, no tu novio —añadió Tania, recalcando cada palabra.
Sin esperar respuesta de Farah, que permanecía rígida como una estatua, Tania se encaminó hacia la puerta principal con una mueca triunfal dibujada en los labios. Cada paso que daba era una pequeña victoria.
Tania llegó a la puerta y la abrió. Afuera, Diego estaba de pie, con el rostro marcado por el cansancio de la jornada laboral.
—Mi amor, ya llegaste —lo saludó Tania con voz melosa, un registro completamente distinto al tono profesional que usaba en las videoconferencias. Sin esperar respuesta, enlazó su brazo con el de Diego y recostó la cabeza contra su hombro con gesto cariñoso.
En realidad, sentía repugnancia después de lo que Diego le había hecho la noche anterior y de los insultos que escuchó de su boca. Sin embargo, Tania actuaba a propósito para provocar a Farah, que —lo sabía de sobra— estaba observando desde la sala.
Entraron juntos. Diego se sorprendió un poco ante esa actitud cariñosa tan inusual en Tania, pero la disfrutó.
Al llegar a la sala, Farah los fulminó con la mirada desde el sofá. Aunque era algo perfectamente normal entre marido y mujer, sus ojos ardían de celos y rabia.
Al captar la mirada cortante de Farah, Diego intentó soltar con disimulo el brazo de Tania, incómodo por la presencia de la otra. Tania lo dejó ir, aunque sin la intervención de él habría sido ella quien se soltara primero.
—Parece que vienes muy cansado, ¿verdad? —comentó Tania, ignorando la tensión que ella misma había sembrado—. Siéntate, voy a traerte algo de tomar.
Su misión de provocar los celos de Farah había sido un éxito. Sonrió apenas mientras se dirigía a la cocina, dejando atrás a un Diego torpe y a una Farah consumida por los celos en la sala.
* * *
Tania entró en la cocina con esa sonrisa tenue aún flotándole en los labios. No fue directo a preparar la bebida para Diego. En cuanto se supo a salvo de miradas, sacó el celular con rapidez. Sus dedos ágiles abrieron la aplicación de vigilancia secreta y la conectó a los audífonos inalámbricos que llevaba discretamente en los oídos.
Estaba convencida de que habría una conversación interesante en la sala durante su ausencia. Empezó a verter agua en la tetera, pero toda su atención estaba puesta en lo que captaban sus audífonos. Y, efectivamente, la voz furiosa de Farah inundó sus oídos casi de inmediato.
* * *
En cuanto Tania desapareció rumbo a la cocina, la atmósfera de la sala se transformó por completo. Farah se puso de pie de un salto y fue hacia Diego con cara de pocos amigos.
—Diego, ¿qué te pasa? —le espetó Farah.
—¿Por qué no contestas mis mensajes? ¡Llevo todo el día esperando como una loca una respuesta tuya! ¿Tú de verdad me quieres o no? Si me quisieras, no me ignorarías así. ¡Tú y Tania me tienen harta, ¿sabes?!
Diego, que acababa de dejarse caer en el sofá, exhaló un suspiro largo. Su rostro reflejaba agotamiento. En el fondo estaba rendido, lo único que deseaba era relajarse y sacudirse el estrés en la tranquilidad del hogar. Normalmente, Tania le brindaba esa paz cuando volvía de la oficina, con su atención discreta y su serenidad envolvente. Pero ahora lo recibía una andanada de reproches de Farah.
—Farah, estoy agotado —dijo Diego, intentando calmarla—. Acabo de llegar. ¿Podemos hablar después?
* * *
En la cocina, Tania sonrió con frialdad al escuchar el estallido de Farah. Registró mentalmente cada palabra de rabia, cada inflexión de hastío en la voz de Diego. Aquella grabación era oro puro. Con una sonrisa satisfecha, empezó a preparar la bebida, saboreando la sinfonía de conflicto que ella misma había orquestado.
Apagó la aplicación de grabación en su celular y guardó la evidencia de aquella pelea con gesto complacido. Se colocó de nuevo la máscara de esposa perfecta, sirvió jugo de naranja fresco en un vaso y regresó a la sala.
El ambiente seguía ligeramente tenso, aunque Farah ya se había sentado de nuevo en el sofá con expresión agria, mientras Diego se masajeaba las sienes.
—Perdón por la tardanza, mi amor —dijo Tania con dulzura, colocando el vaso de jugo frío sobre la mesa frente a Diego—. Se te nota el cansancio. Toma, bebe un poco para que te refresques.
Diego alzó la vista y se encontró con la sonrisa aparentemente sincera de Tania —aunque era pura actuación—. Tomó el vaso. Por un instante, sintió que no debería haberse enredado con Farah. Tania sola era más que suficiente; Tania, que era tranquila, atenta, y que siempre sabía cómo crear un remanso de paz en esa casa. Farah, en cambio, solo traía drama y arranques de furia.
Un arrepentimiento fugaz le cruzó la mente antes de hundirse otra vez en su caos emocional.
—Gracias, Tania —contestó Diego con voz opaca.
Farah bufó con fastidio al presenciar aquella escena de ternura, mientras Tania solo dejaba asomar una sonrisa leve, satisfecha de haber hecho sentir incómodo a Diego y de haber avivado los celos de Farah hasta el punto de ebullición. El juego psicológico de Tania apenas comenzaba, y disfrutaba cada segundo.
Pero Tania no se detuvo ahí. Después de que Diego le diera el primer trago al jugo, una idea maliciosa le cruzó la mente para atormentar a Farah. Se sentó junto a Diego y, sin que nadie se lo pidiera, comenzó a masajearle suavemente el muslo.
Al principio Diego se sobresaltó, pero enseguida se rindió al placer del masaje. Se reclinó en el sofá, cerró los ojos y se dejó envolver por la comodidad que Tania le ofrecía.
Al ver aquello, Farah sintió que la rabia y los celos le devoraban las entrañas. Se levantó de golpe, haciendo resonar los tacones contra el piso, y Diego abrió los ojos de un sobresalto. Farah salió a grandes pasos de la sala.
Diego la vio ponerse de pie con el rostro encendido de furia, clavándole una última mirada cargada de rencor antes de marcharse. Frunció el ceño. ¿Y ahora qué le pasa a esta mujer?, pensó con irritación. Acababa de sentirse en calma, y Farah le arruinaba el momento. El cansancio físico volvió a golpearlo, mezclado con una frustración emocional que le pesaba el doble.
Tania, en cambio, sonrió apenas al ver partir a Farah. Cada taconazo contra el suelo era una pequeña victoria. Vete, Farah, pensó con frialdad. Mientras más te expongas, más rápido Diego se va a hartar de ti. Su idea había funcionado a la perfección. Había sembrado la semilla de la duda y el drama entre ellos, y disfrutaba cada instante.
Y no fue solo Tania quien sonrió. Doña Carmen también esbozó una sonrisa al contemplar la escena. Había una satisfacción apenas disimulada en su rostro. Bien hecho, Tania, pensó la suegra. Ponle en claro a esa descarada cuál es su lugar. Se cree que puede reemplazarte así como así. La sonrisa de Doña Carmen era un respaldo silencioso para su nuera paciente y astuta.
Continuará...