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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:408k
Nilai: 4.9
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

—Los cinco mil quinientos que teníamos ahorrados... se los di todos a mi mamá —continuó Andrés en voz baja, conteniendo la emoción.

La terraza trasera se hundió en un silencio de varios segundos. Detrás de la puerta de la cocina, el cuerpo de Valentina se tensó de golpe. Los ojos se le abrieron enormes. La mano que sostenía el borde de la puerta empezó a temblar.

¿Cinco mil quinientos?

El corazón le latía tan fuerte que le zumbaban los oídos. Por un instante creyó haber escuchado mal. Pero no.

Eso no era una ayuda modesta para aligerar los gastos de la boda de Gabriel. Andrés había dicho cinco mil quinientos. No los mil ochocientos que habían acordado juntos. Había entregado absolutamente todos sus ahorros.

La respiración de Valentina se aceleró. El pecho se le llenó de rabia y decepción al mismo tiempo. Y lo que más le dolía era que Andrés lo había hecho a escondidas, sin consultarle, sin pedirle opinión.

Andrés no pensó en cómo se sentiría Valentina cuando se enterara. Y eso que no era una cantidad menor.

Habían reunido ese dinero poco a poco durante años. De lo que sobraba del sueldo, de lo que Valentina ahorraba apretándose hasta el último centavo.

Valentina recordaba perfectamente cómo se contenía una y otra vez de comprar cosas que de verdad necesitaban.

Todavía le venía a la mente cómo se exprimía la cabeza cada fin de mes para que siempre hubiera algo que guardar. A veces cocinaba menús sencillos pero nutritivos. Incluso dejaba de comprarse cualquier cosa para ella misma. Todo por el futuro de la familia.

Para la educación de los niños. Para tener un colchón en caso de emergencia. Para estar preparados si un día algo salía mal.

Y ahora, todo se había esfumado.

Y lo más doloroso: ese dinero no se fue en algo para sus hijos. Tampoco en una verdadera urgencia. Una vez más, fue para la familia de Andrés.

Valentina se mordió el labio inferior con fuerza para que la rabia no le explotara ahí mismo.

Mientras tanto, afuera, doña Carmen seguía hablando con total naturalidad, como si nada estuviera mal.

—Bueno, ¿y entonces qué hacemos? —se quejó la mujer—. A mí me siguen cobrando. ¡Es una vergüenza!

Valentina tuvo que taparse la boca con la mano. Si no lo hacía, temía salir y gritarle a su suegra en ese instante.

Las lágrimas empezaron a acumulársele en los ojos. No solo de tristeza, sino de una decepción que ya le pesaba demasiado. Estaba agotada de verdad.

Agotada porque cada vez que las cosas en su matrimonio empezaban a mejorar, la familia de Andrés aparecía con un problema nuevo.

Y lo que más la hería era que Andrés seguía sacrificando a su propia familia para complacer a los demás.

—Yo tampoco sé qué hacer ya, mamá —murmuró Andrés, agachando la cabeza.

La voz le salió pesada y exhausta. No era el cansancio normal del trabajo o del tráfico. Era un agotamiento que llevaba años acumulándose en la cabeza y en el pecho.

Desde joven, Andrés se había acostumbrado a ser el pilar de su familia. Como hijo mayor, le enseñaron que debía ceder siempre. Que tenía que ser fuerte. Que debía ayudar a sus padres y a sus hermanos pasara lo que pasara.

Durante años, Andrés cumplió todo eso sin quejarse. Si su madre necesitaba dinero, se lo daba. Si algún hermano quería comprarse algo, se lo compraba.

Si había algún problema familiar, todos venían a buscarlo a él. Al principio, Andrés se sentía orgulloso de ser el salvavidas de los suyos. Pero con el tiempo, todo empezó a pesarle. Porque cada vez que resolvía un problema, otro nuevo caía encima.

Cada vez que llegaba el día de cobro, su sueldo ya estaba repartido antes de que su propia familia pudiera aprovecharlo. A veces Andrés se preguntaba para qué se mataba trabajando, haciendo horas extras casi todos los días, si al final siempre se sentía en números rojos.

Y ahora empezaba a darse cuenta de algo. Su familia siempre había dado por sentado que él podría con todo. Que siempre tendría dinero. Que siempre podría ayudar. Como si Andrés no fuera un ser humano que también se cansa y se queda sin fuerzas.

Siendo que él también tenía su propia familia. Una esposa y dos hijos cuyo futuro debía construir.

Pero, curiosamente, eso nunca parecía importarles. Lo único que importaba era una sola cosa: que Andrés siguiera dando dinero.

Doña Carmen, sentada en una silla de plástico en la terraza, también parecía pensar intensamente. Tamborileaba con los dedos en el respaldo de la silla mientras fruncía el ceño.

De pronto, la cara se le iluminó como si hubiera encontrado la salida.

—¡Oye, Andrés! —exclamó rápidamente, mirándolo—. Si no me equivoco, Valentina tiene una cadena de oro, ¿verdad?

Andrés levantó la cabeza.

—¿Cadena?

—Sí —doña Carmen asintió con entusiasmo—. Esa que siempre trae puesta.

El tono le salió ligerísimo. Como si estuviera hablando de una cosa cualquiera que se puede pedir prestada sin más.

—Préstamela un rato —continuó, campante—. Cuando tengas dinero, le compras una nueva.

Detrás de la puerta de la cocina, el cuerpo de Valentina se paralizó. La mano le subió por reflejo al cuello y agarró la cadena de oro. Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del pequeño dije.

La cadena era sencilla. No era grande ni llamativa. Pero significaba todo para ella. Porque no era una simple joya. Era un recuerdo. El regalo de Andrés después de que ella diera a luz a Mateo.

Valentina todavía recordaba con total claridad aquellos días. El parto había sido muy difícil. Perdió mucha sangre y los médicos tuvieron que intervenir de emergencia.

Andrés, que normalmente era un hombre calmado, se puso pálido del pánico. Iba y venía frente a la sala de partos con las manos temblando y el rostro descompuesto de miedo.

Incluso después de que Mateo nació, Valentina tuvo que quedarse internada varios días porque estaba muy débil.

Durante todo ese tiempo, Andrés casi no pisó la casa. Dormía en la silla del hospital, cuidándola. Cargaba a Mateo con cara de espanto, muerto de miedo de ponerlo en una posición equivocada.

Y cuando por fin le dieron el alta a Valentina, Andrés le cubrió la cara de besos y la abrazó con todas sus fuerzas.

—Gracias por aguantar por mí y por los niños —le dijo en aquel momento, con la voz ronca de la emoción.

—No sé qué regalarte —susurró Andrés mientras abría una cajita—. Pero quería darle algo a la mujer increíble que arriesgó su vida por nuestro hijo.

Valentina lloró aquel día. No por el tamaño ni la forma de la cadena, sino por la manera en que Andrés la miraba, lleno de cariño y de gratitud. Esa cadena sencilla se convirtió en la prueba de que su lucha como esposa y madre había sido reconocida.

Y ahora, doña Carmen quería llevársela así como así para pagar la deuda de la fiesta de Gabriel. El corazón de Valentina le ardió. Como si el recuerdo más valioso de su vida no significara nada para nadie.

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Mercedez Peréz
asi espero. que no le cuente nada a los parasitos de familia que tiene sino le sacan asta las gana de comer nuevamente
Mercedez Peréz
a todos ay que leerle los cuarenta y cho en mi casa mando yo si.el quiere siguir siendo dominado por la madre que se quede con ella y ella diga basta y a otro con el muerto
Vanessa Gonzalez
Preciosa tu novela escritora 👏👏👏 felicidades 🥳🎉🎊 la disfrute de principio a fin bendiciones 🙏🙏🙏 desde Cuba 🇨🇺
Era C Garnica (Era C.)
Que mal me cae todo eso de que se aprovechen de las nueras 😭 y ellas por quedar bien con la familia postiza hacen lo que sea eso es injusto bola de viejas huevonas
Beruska Sanchez
tiene dinero de todo y vive así. de pana la novela es sosa insípida poco inspiradora
Patricia Guerrero
Fascinante, me gustó mucho buen relato y un sabor agradable de mensajes sobre la comprensión, el apoyo y la unión de la familia. lectura fácil, son dejar cabos sueltos, me hizo reír, llorar, añorar, recapacitar. Estas lecturas vale la pena, deja una enseñanza y reflexión. gracias.
Rocio Rincon
bonita historia y enseñanzas
Gloria botero
Genial 🥰🥰🥰 me encanto la historia 👏👏
jacquelinne reyes
muy buena novela gracias a Dios no tuvo nada de mafia
anbell
una historia diferente de alegrías y desánimo.. de una reconciliación familiar con un final feliz ..con una lección de vida
Yoleyma Garcia
Ya me aburrió la novela, siempre lo mismo, una mujer con dinero, dueña de una empresa, imposible que aguante a un tipo sin personalidad propia, además que gastó los ahorros y no le dijo nada al esposo, ese mismo día lo mandó a dormir a casa de lis padres, es indignante
Ricardo Ramon Carrizo
excelente, felicitaciones 👏
Viviana Patricia Keller
muy bueno
Viviana Patricia Keller
muy bueno
Guadalupe Mora Zetina
Andrés tu no tienes por qué estar cargando con problemas que no son tuyos que tú hermano se faje bien los pantalones y que se enseñe a de decir no que no siga siendo un pelele en manos de la familia de su esposa y tu hermano que les diga que ya no van a tener nada de el y si su esposa quiere irse que se valla que le pruebe a ver si es lo mismo ya estuvo suave de mantener a familias parásitos y vividoras ya estuvo por qué tú hermano sigue así de todos modos se acabará su matrimonio por qué el se va a cansar y a fastidiar que no sea tonto
Mirla Loyo
el problema de la familia de Andrés fue la mamá..y el padre por ser tan pasivo y tratar de participar en la destrucción de su hijo mayor, sin considerarlo, ni darle un hasta acá a la familia por comodidad de él mismo 😡
Dharahel
/Heart//Heart//Heart//Heart//Heart/
Mirla Loyo
lo insólito es que la vieja aparentaba una vida de lujos que no se podía dar ya que eran unos patas en el suelo 🤷‍♀️🤣
Mirla Loyo
que descarada ésa HDP viendo lo que vive y sufre Gabriel y aún no ve lo que padeció su hijo mayor 😡
Mirla Loyo
pero que vaina, una cosa es ser solidaria con la familia de vez en cuando, pero otra es estar resolviendo los peos a diario, Andrés debe poner una raya para los límites 😡
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