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El Secreto De Mi Tutor

El Secreto De Mi Tutor

Status: Terminada
Genre:Diferencia de edad / Romance / Malentendidos / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?

NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: Un Hallazgo Peligroso

El sol de la tarde se filtraba entre las estanterías de la universidad, tiñendo de dorado el polvo que bailaba en el aire. Elena Soler apretaba contra su pecho la carpeta con sus bocetos, caminando con paso apresurado. Iba con retraso. Tenía que entregar el trabajo final de su clase de arte antes de que cerraran el edificio, y la lluvia repentina la había hecho perder tiempo. Al llegar al pasillo donde se encontraba el despacho del profesor encargado, la puerta de al lado —la que pertenecía a Damian Varela— estaba entreabierta. Nadie parecía haber salido de allí.

—Seguramente no está —murmuró para sí misma, dudosa.

El reloj corría en su contra. Había oído que el despacho contaba con materiales de referencia que necesitaba desesperadamente para terminar su serie. No era la primera vez que entraba por equivocación; en aquel laberinto de pasillos todo se parecía. Empujó la puerta suavemente. Estaba entreabierta lo justo para dejarla pasar sin hacer ruido.

El despacho era amplio, elegante, con grandes ventanales y olor a madera vieja y colonia cara. Ordenado en exceso, como si nadie viviera allí. Sobre el escritorio principal, una tableta permanecía encendida, conectada a un cargador. No quiso mirar, realmente no quiso… pero la imagen que se veía en pantalla la detuvo en seco, como si el aire hubiera desaparecido de la habitación.

En la pantalla se veía una fotografía, borrosa a propósito en el rostro, pero el resto… el resto era inconfundible. Un hombro ancho, con una marca de nacimiento en forma de media luna justo debajo del cuello. Elena sintió cómo la sangre se le helaba y luego ardía al instante. Conocía esa marca. La había visto cientos de veces en el equipo de deportes, cuando Damian Varela se quitaba la chaqueta tras los entrenamientos. Nadie más la tenía. Nadie.

Y sin embargo aquella imagen no era de un partido. No llevaba uniforme. Estaba desnudo de cintura para arriba, la luz tenue resaltando cada músculo, cada curva… y debajo de la foto, un nombre de usuario: «KAEL».

El corazón le golpeó tan fuerte contra las costillas que temió que se oyera en toda la habitación. Sabía quién era Kael. ¿Quién no lo sabía entre quienes buscaban ese tipo de contenido en internet? Misterioso, famoso, despertaba deseos que nadie se atrevía a confesar. Y ahora… ¿era él? ¿Damian? El profesor adjunto, la estrella invencible del equipo de hockey, el hombre que parecía hecho de hielo y perfección… ¿escondía esa otra vida?

—¿Qué estás haciendo aquí?

La voz llegó fría, profunda, tan cerca que Elena dio un salto y la tableta casi cae al suelo. Se giró de golpe, temblando de pies a cabeza.

Damian estaba en el umbral. Alto, imponente, con el uniforme de entrenamiento aún puesto, el cabello un poco revuelto por el casco. Sus ojos grises la atravesaron como cuchillos. No había sorpresa en su mirada, solo una advertencia oscura y silenciosa.

—Yo… yo lo siento —balbuceó ella, retrocediendo hasta chocar contra el borde del escritorio—. La puerta… estaba abierta. Busco al profesor Márquez, me equivoqué de despacho. Iba a irme ya, de verdad.

Él no se movió. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó como un trueno. Echó el cerrojo. El sonido hizo que a Elena se le cortara la respiración. Daba un paso hacia ella y el aire se volvía más denso, más difícil de respirar.

—¿Y viste algo mientras te “equivocabas”? —preguntó, su voz bajó un tono, peligrosa y seductora a la vez.

Elena tragó saliva. Podía mentir. Podía decir que no había visto nada. Pero sus ojos seguían fijos en la tableta, y él lo notó. Miró la pantalla un instante, luego volvió a clavar la mirada en ella. No se apresuró a ocultarlo. Eso la asustó aún más.

—Yo… no vi nada —susurró, aunque sus mejillas ardían con la mentira.

Damian soltó una risa baja, sin alegría. Dio otro paso hacia ella. Ahora estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaba su cuerpo, mezcla de sudor, esfuerzo y esa colonia costosa que la volvía loca sin querer. Podía ver la sombra de barba en su mandíbula, la forma en que sus pupilas se dilataban al mirarla, no con ira solamente… sino con algo más oscuro. Mucho más oscuro.

—Mírame a los ojos cuando mientas, Elena —ordenó, suave pero tajante.

Ella alzó la vista sobresaltada. —¿Sabe mi nombre?

—Sé muchas cosas sobre ti —reconoció él, bajando la voz hasta convertirse en un susurro junto a su oído—. Sé que siempre te sientas en la primera fila, aunque escondes la mirada. Sé que dibujas cuando crees que nadie te ve. Sé que te pones roja cada vez que te hablo. Y ahora sé algo que tú también sabes… un secreto que podría destruirme.

Elena sintió las piernas flaquear. —No diré nada. Se lo prometo. No me interesa su vida privada, solo quiero irme.

Él la rodeó con un brazo, apoyando la mano en el escritorio justo a su espalda, encerrándola entre su cuerpo y el mueble. No la tocó, no aún… pero la cercanía era peor que cualquier caricia. Podía sentir su respiración cálida sobre su sien, y el suyo propio se aceleraba sin control.

—¿Lo prometes? —preguntó, y había un desafío en su voz, un brillo que no entendía—. Las promesas se rompen fácilmente. Y tú… pareces alguien incapaz de guardar nada en silencio, con esos ojos grandes que lo miran todo y esa mente que no deja de imaginar.

—No diré nada —repitió ella, con más firmeza de la que sentía—. Le doy mi palabra.

Damian la observó largo rato, evaluando si decía verdad o no. Sus ojos recorrieron su rostro lentamente, desde los labios entreabiertos hasta el cuello donde latía su pulso desbocado. Una sonrisa media, torcida, apareció entonces en sus labios. No era amable. Era posesiva. Era peligrosa.

—Bien —dijo él, apartándose apenas lo necesario para verla entera—. Pero no me fío solo de tu palabra. Si quieres que crea en tu silencio… vas a ganártelo. A partir de hoy seré tu tutor personal. Vendrás aquí cada tarde. Trabajaremos en tus proyectos, te enseñaré a mirar, a sentir… a expresarte de verdad. Y mientras estés conmigo, recordarás quién guarda tu secreto… y quién guarda el mío.

Elena parpadeó, sin dar crédito. —¿¿Su tutor?? Pero… usted no es profesor de arte.

—Exacto —respondió él, acercándose otra vez, bajando la mirada hasta sus labios—. Será una clase muy… particular. Solo para nosotros dos. ¿Aceptas?

El aire se atascó en su garganta. Sabía que debía decir que no. Sabía que cruzar esa puerta era meterse en un abismo sin fondo. Pero sus ojos grises la sostenían, la llamaban, la quemaban por dentro… y en el fondo, muy en el fondo, sentía curiosidad. Quería ver más. Quería conocerlo a él.

—Está bien —susurró, casi sin voz—. Acepto.

Damian sonrió de verdad esta vez, una sonrisa que prometía tormento y placer a partes iguales.

—Excelente. Empieza mañana a las cinco en punto. Y Elena… —se inclinó hasta rozar con sus labios el lóbulo de su oreja, enviándole un escalofrío eléctrico por toda la columna—: si alguien pregunta qué hacemos aquí… diremos que estudio tu talento. Y nadie, créeme, nadie dudará de una palabra mía.

Se apartó lentamente, como si le costara soltarla, y señaló la puerta con un gesto. Elena salió sin mirar atrás, con el corazón a punto de estallar, la carpeta apretada contra su pecho y la piel ardiendo donde su aliento la había rozado. Al llegar al pasillo, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos.

¿Qué acababa de aceptar? ¿Qué clase de trato había sellado con el hombre más misterioso de la universidad? Y lo peor… ¿por qué sentía que el verdadero peligro no era su secreto… sino el deseo que él acababa de despertar en ella?

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Yolanda Vaca
Este es una mentira total🤬🤬
Cliente anónimo
El hombre tiene mucha fuerza de voluntad
Cliente anónimo
Cuál será ese juego
Eliana Angulo
Elena porque lo esperaste con los brazos abiertos, lo hubieras dejado sufrir su rato por desaparecer
Eliana Angulo
yo no me aguantaría eso🤣🤣🤣 solo Elena
Eliana Angulo
se la van a pasar escondido🤔 porque no enfrentan todo lo que se vaya venir juntos
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