Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.
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Capítulo 2: La burla frente a todos: Adrián rompe mi corazón
El eco de sus risas no se apagaba al alejarse, resonaba en mis oídos como un martillo golpeando una y otra vez el mismo clavo. Adrián no se marchó del todo: se detuvo a unos metros, giró sobre sus talones lentamente, como si estuviera a punto de dar un discurso, y alzó la voz para que todo aquel que se había congregado escuchara con claridad. No había prisa en sus gestos, ni un ápice de remordimiento. Disfrutaba cada segundo de mi humillación.
—¡Esperen, no se dispersen todavía! —gritó, y el murmullo se extinguió de inmediato—. Tenemos una noticia interesante que compartirles. Parece ser que la señorita Elisa Raven ha decidido que soy el hombre de sus sueños. ¿Verdad, Elisa?
Sentí que la tierra se abría bajo mis pies. Quería desaparecer, volar en mil pedazos, convertirme en polvo que el viento se llevara lejos de allí. Pero mis piernas permanecían clavadas en el suelo húmedo, temblando sin control. Las miradas se posaron en mí, cientos de pares de ojos escrutándome, juzgándome desde la punta de los pies hasta la cabeza. Algunos mostraban diversión, otros asco, muchos simple indiferencia. Nadie se acercó. Nadie defendió. Todos eran espectadores silenciosos de mi ejecución pública.
—Por favor, Adrián… —supliqué con voz quebrada—, ya es suficiente, te lo ruego…
—¿¿Suficiente?? —repitió él, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con su aroma a perfume caro y arrogancia—. Apenas estamos empezando. Mira a tu alrededor. ¿De verdad creíste que podrías aparecer tú, así tal cual eres, y declararme tu amor como si estuviéramos en una película? Despierta. Las películas no tienen papeles para chicas como tú.
Arrugó la carta entre sus manos con rabia deliberada, como si cada sílaba escrita allí le ofendiera personalmente.
—“Sé que no soy la chica que todos miran” —leyó con sarcasmo, arrastrando las palabras para que dolieran más—. Qué humilde. Deberías decir: “Sé que soy la chica que todos apartan la vista al ver”. Eso sí sería verdad. Pesas más que dos personas juntas. Tu existencia ocupa el espacio de dos estudiantes más. ¿Te das cuenta de lo egoísta que eres?
Cada frase era una estaca clavada en mi pecho. Esas palabras que yo misma me repetía en secreto, que escondía entre lágrimas frente al espejo cada noche, ahora venían de la boca de la persona a quien había entregado mi corazón, confirmando mis peores miedos como si fueran hechos indiscutibles. Era como si hubiera abierto mi alma y le hubiera mostrado todas mis cicatrices, y él hubiera elegido precisamente esas para golpear.
Mía se acercó entonces, tomó el brazo de Adrián y recargó su cabeza en su hombro, mirándome con esa sonrisa compasiva que era mil veces más cruel que el desprecio directo.
—Es patético, cielo —dijo ella con voz suave y venenosa—. Cree que con sentimientos basta. Pobrecita no se ha enterado de que el mundo funciona con miradas, con presencia. Y ella no tiene ninguna de las dos. Oye, Elisa, ¿por qué no haces un favor a todos y te quedas en casa? Así nadie tiene que fingir que te soporta.
—¡Yo tengo derecho a estar aquí igual que cualquiera! —exclamé, reuniendo las últimas fuerzas que me quedaban, aunque la voz me temblaba—. ¡Soy inteligente, estudio mucho, y mis sentimientos valen tanto como los de ustedes!
Adrián soltó una carcajada seca que hizo que su novia riera también, y pronto el grupo entero se sumó. Era una risa colectiva que dolía físicamente, como latigazos invisibles sobre la piel.
—¿Sentimientos? —escupió él—. ¿Qué quieres que haga con tus sentimientos? ¿Guardarlos en una caja mientras te comes una torta entera? No me interesan, ¿entiendes? No me interesas tú. Eres aburrida, eres pesada, eres… todo lo que yo jamás elegiría.
Alguien gritó desde atrás: “¡Vete ya, gorda!”, y otro: “¡Qué vergüenza!”, y los insultos empezaron a llover de todas partes, anónimos y crueles, como piedras lanzadas a ciegas contra un blanco fácil. Sentí el calor subirme al rostro, arder en las orejas, mientras el agua fría seguía empapándome hasta los huesos. Las lágrimas querían brotar, pero las contenía con todas mis fuerzas, mordiéndome el labio inferior hasta saborear sangre. No les daría el gusto de verme llorar. No todavía.
Busqué en los ojos de Adrián un rastro de la sonrisa que yo recordaba, de ese brillo que me había hecho soñar despierta tantas noches. Pero no había nada. Ningún rastro de culpa, ni de piedad, ni de remordimiento. Solo indiferencia absoluta. Como si hubiera aplastado una hormiga y ni siquiera se hubiera molestado en limpiarse el zapato. Esa indiferencia fue lo que realmente me rompió, mucho más que todas las palabras hirientes juntas. El odio te reconoce; la indiferencia simplemente te borra.
—¿Terminaste tu espectáculo? —preguntó él, dándose la vuelta como si el asunto estuviera zanjado—. Qué bueno. Ya aburre. Vamos, Mía.
Se alejaron tomados de la mano, entre aplausos y palmadas en la espalda de sus amigos, como si fueran héroes tras una gran hazaña. Yo me quedé sola en el centro del patio, con la respiración entrecortada, el pecho a punto de estallar, mirando cómo se alejaban sin volver la vista ni una sola vez. El círculo se disolvió lentamente, dejando tras de sí susurros, miradas de reojo y una sensación de asco profundo que ya sabía que me acompañaría mucho tiempo.
Me arrodillé con esfuerzo, mis rodillas temblando contra el suelo húmedo, y recogí cada trozo de carta que había caído. Estaban sucios, pisoteados, rotos en más pedazos de los que podía contar. Los guardé uno por uno en mi bolso, con el mismo cuidado con el que se entierra a alguien querido. Porque en ese instante, la chica que creyó en Adrián Beaumont murió allí, bajo el sol de la tarde, empapada y despreciada.
Me puse de pie lentamente. El cuerpo me dolía, pero el alma me dolía más. Me sequé las lágrimas con la manga mojada y fijé la vista en la espalda de él, ya lejos. Mi voz salió baja, firme, un juramento que nadie escuchó más que yo misma:
—Hoy rompiste mi corazón en mil pedazos. Pero de cada uno va a nacer algo que te perseguirá el resto de tu vida. Tú me perdiste, Adrián. Y aún no tienes ni la menor idea de lo que acaba de comenzar.
Giré en redondo y eché a andar, sin rumbo fijo, alejándome de ese lugar donde me habían destrozado. No sabía aún qué camino tomaría, ni cómo lograría todo lo que acababa de jurar. Pero sabía algo con certeza absoluta: ese chico acababa de cometer el mayor error de su vida. Me perdió a mí. Y no tenía ni idea de todo lo que eso significaba.
Al doblar la esquina, casi choco contra alguien alto, de porte serio y mirada aguda que pareció verme más allá de la ropa mojada y el rostro hinchado de llanto. No lo sabía aún, pero ese instante en que nuestros ojos se cruzaron cambiaría el rumbo de mi existencia para siempre.