Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Una cena en familia
La noche cayó sobre el pueblo mucho más rápido de lo que Rubí esperaba.
Las luces de la casa de los Carter podían verse desde el porche de sus abuelos, iluminando el jardín y parte del camino que separaba ambas propiedades.
Desde que había llegado, su abuela no había dejado de repetir que aquella noche cenarían con los Carter.
—Hace demasiado que no tenemos una cena todos juntos —había dicho mientras preparaba un pastel.
Rubí no tuvo oportunidad de negarse.
Y, sinceramente, tampoco quería hacerlo.
Después de tantos años, volver a sentarse con las dos familias juntas era una de esas cosas que hacían
que su regreso pareciera todavía más real.
Cuando llegó la hora, Logan apareció en el porche.
—¿Lista?
Rubí bajó las escaleras detrás de sus abuelos.
—¿Para qué?
—Para soportar a mi familia.
—Ya los conozco.
—Eso fue hace diez años.
Rubí lo miró de reojo.
—¿Tan terribles se volvieron?
—Mi madre sigue preguntando cuándo voy a casarme.
Rubí soltó una carcajada.
—Entonces sí. Siguen iguales.
Los cuatro cruzaron el camino hasta la propiedad Carter.
La casa estaba llena de luces y voces.
Apenas entraron, la madre de Logan apareció para abrazar a Rubí.
—¡Mírate! ¡Estás enorme!
Rubí rio.
—Todos me dicen eso.
—Porque todos recordamos cuando eras una niña.
—Yo también me acuerdo —intervino el padre de Logan desde el comedor—. Siempre estabas detrás de Logan.
—Porque él siempre se metía en problemas.
—¡Tú también! —protestó Logan.
—Pero tú eras el que tenía las ideas.
—Y tú eras la que las empeoraba.
Los abuelos de Rubí entraron detrás de ellos y enseguida comenzaron los saludos.
Era curioso.
Después de tantos años, las dos familias volvieron a reunirse casi como si nunca se hubieran separado.
La mesa estaba llena de comida.
Había carne asada, papas, ensalada, pan recién horneado y varias fuentes que la madre de Logan había preparado durante toda la tarde.
Rubí se sentó junto a Logan.
Frente a ellos quedaron sus abuelos.
El lugar de Wyatt permanecía vacío.
—¿Y Wyatt? —preguntó el abuelo de Rubí.
—Todavía está en el rancho —respondió el padre de Logan—. Tenía que terminar unas cosas antes de venir.
Logan negó con la cabeza.
—Ese hombre trabaja demasiado.
—Es el dueño de medio rancho en su cabeza —bromeó su madre—. No sabe descansar.
Rubí sonrió mientras escuchaba.
Era extraño hablar de Wyatt como un adulto responsable.
En sus recuerdos todavía era el chico que se burlaba de ella cuando intentaba montar un caballo demasiado grande.
—¿Todavía monta a Thunder? —preguntó Rubí de repente.
Logan la miró sorprendido.
—¿Te acuerdas de Thunder?
—Claro.
Su abuelo sonrió.
—Ese caballo casi te tira al estanque.
—¡No fue mi culpa!
—Tenías once años —dijo Logan—. Intentaste montarlo sin permiso.
—Porque tú dijiste que podía.
—Yo nunca dije eso.
—Lo dijiste.
—No.
—Sí.
Los adultos comenzaron a reír.
—Parece que algunas cosas no cambiaron —comentó la abuela de Rubí.
—Definitivamente no —respondió el abuelo.
La conversación continuó entre historias antiguas.
Recordaron veranos, travesuras, cumpleaños y algunas de las cosas que Rubí y Logan habían hecho cuando eran niños.
Hasta que la puerta principal se abrió.
Todos voltearon.
Wyatt entró.
Llevaba una camisa oscura con las mangas arremangadas, jeans y las botas todavía cubiertas de polvo. Su sombrero estaba en una mano y el cabello oscuro ligeramente desordenado.
Se detuvo al ver a todos reunidos.
—Perdón por llegar tarde.
—Ya era hora —dijo su madre—. Ven a sentarte.
Wyatt dejó el sombrero junto a la puerta.
Entonces levantó la mirada.
Sus ojos encontraron los de Rubí.
Ella sintió aquella misma extraña sensación que había experimentado esa tarde.
Como si estuviera mirando a alguien conocido y desconocido al mismo tiempo.
Wyatt sonrió apenas.
—Hola, Rubí.
—Hola.
—Bienvenida de nuevo.
—Gracias.
Él tomó asiento junto a Logan.
—¿Te acuerdas de ella? —preguntó Logan con una sonrisa burlona—. Porque yo creo que durante estos diez años has olvidado por completo a tu hermana pequeña.
Rubí abrió los ojos.
—¡No soy tu hermana!
Wyatt soltó una pequeña risa.
—Créeme, lo sé.
Rubí no supo qué responder.
Su abuela, sentada al otro lado de la mesa, la observó con una sonrisa que ella no alcanzó a notar.
La cena continuó.
Y poco a poco Rubí volvió a sentirse como aquella niña que pasaba los veranos allí.
Solo que ahora, cada vez que levantaba la mirada, encontraba a Wyatt observándola de vez en cuando.
Y ninguno de los dos parecía saber todavía qué hacer con aquella familiaridad nueva que había aparecido entre ellos.