Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 12: La firma
Capítulo 12
La firma
Samuel no podía apartar la mirada de su madre.
El mensaje de Andrés seguía abierto en su teléfono.
“El acceso al expediente de Clarisa salió de una autorización vinculada a la señora Beatriz Flores.”
Durante unos segundos, ninguno habló.
—¿Fuiste tú? —preguntó Samuel.
Beatriz mantuvo la calma.
—No hagas una acusación sin conocer toda la historia.
—Entonces explícame.
—No estaba intentando hacerle daño.
Samuel soltó una risa amarga.
—¿Seguirla, revisar su información y permitir que alguien conociera sus datos te parece protegerla?
Beatriz bajó la mirada.
—Quería saber quién era antes de que entrara en nuestra familia.
—¡No es asunto tuyo!
La expresión de Beatriz cambió.
—Ahora sí lo es.
Samuel tomó el documento que ella le había entregado.
—¿Qué más estás ocultando?
Beatriz permaneció en silencio.
—Mamá.
—Hay cosas que todavía no puedo decirte.
—Entonces no esperes que confíe en ti.
Samuel salió de la residencia sin esperar una respuesta.
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Mientras tanto, Clarisa estaba en su casa.
Había leído nuevamente el contrato.
Cada condición parecía razonable.
Pero ahora tenía una duda.
¿Podía confiar realmente en Samuel?
Su teléfono vibró.
Era un mensaje suyo.
“Necesito hablar contigo. Mañana firmaremos solamente si estás completamente segura.”
Clarisa respondió:
“Quiero verte esta noche.”
La respuesta llegó segundos después.
“Voy para allá.”
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Una hora más tarde, Samuel apareció en la casa de Clarisa.
Elena abrió la puerta.
—Pasa.
Samuel entró.
Clarisa lo esperaba en la sala.
Al verlo, comprendió inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Qué pasó?
Samuel se sentó frente a ella.
—Mi madre sabía más de lo que me dijo.
—¿Sobre el contrato?
—Sobre muchas cosas.
Clarisa sintió preocupación.
—¿Ella sabía que estaba embarazada?
—No puedo asegurarlo todavía.
—Pero tenía acceso a mi información.
Samuel asintió.
—Sí.
Clarisa permaneció callada.
Después preguntó:
—¿Todavía quieres casarte conmigo?
Samuel la miró.
—Sí.
—Aunque tu familia esté detrás de todo esto.
—Precisamente por eso.
Clarisa bajó la mirada.
—Tengo miedo de que este matrimonio empeore las cosas.
—Puede hacerlo.
Ella levantó los ojos, sorprendida por su sinceridad.
Samuel continuó:
—Pero también puede darnos la oportunidad de enfrentar esto juntos.
—¿Y si después de un año quieres terminar?
—Tendrás derecho a hacerlo.
—¿Y si yo quiero terminar antes?
—También.
Clarisa respiró profundamente.
—Entonces quiero una última condición.
—¿Cuál?
—No quiero que nuestra vida dependa de las decisiones de tu familia.
Samuel asintió.
—De acuerdo.
—Y tampoco quiero que nuestro hijo crezca pensando que nació por obligación.
Samuel quedó en silencio.
Después respondió:
—Yo tampoco.
Sus palabras fueron sencillas.
Pero Clarisa pudo notar que hablaba con absoluta sinceridad.
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A la mañana siguiente, ambos se reunieron con un abogado independiente.
Clarisa había insistido en que el documento fuera revisado por alguien que no trabajara para la familia Flores.
El abogado leyó cada cláusula cuidadosamente.
—Pueden firmar —dijo finalmente—, pero recuerden que un contrato no puede reemplazar la confianza. Si alguno de ustedes tiene dudas, es mejor detenerse.
Clarisa miró a Samuel.
Samuel no dijo nada.
La decisión era completamente de ella.
Clarisa tomó el bolígrafo.
Su mano tembló ligeramente.
Pensó en su madre.
En sus estudios.
En las amenazas.
En el bebé.
Y también en Samuel.
No sabía qué ocurriría después.
Pero había decidido afrontar el futuro sin renunciar a su libertad.
Firmó.
Samuel tomó el documento.
Durante unos segundos observó la firma de Clarisa.
Después escribió la suya.
Samuel Flores.
El abogado guardó los documentos.
—El acuerdo queda firmado.
Clarisa soltó lentamente el aire.
—Ya está.
Samuel la miró.
—Ya está.
Pero ninguno sonrió.
Porque ambos sabían que acababan de comenzar algo que podía cambiar sus vidas.
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Al salir del despacho, Clarisa recibió una llamada.
Era Elena.
—Hija, ¿dónde estás?
—Estoy con Samuel.
Hubo un silencio al otro lado.
—Acabo de recibir una visita.
Clarisa se preocupó.
—¿De quién?
—De una mujer.
—¿Quién?
Elena dudó.
—Victoria Salazar.
Clarisa se quedó inmóvil.
Samuel notó inmediatamente su expresión.
—¿Qué ocurre?
Clarisa terminó la llamada.
—Victoria estuvo en mi casa.
Samuel endureció el rostro.
—¿Qué quería?
—No lo sé.
Entonces Elena volvió a llamar.
Esta vez tenía la voz temblorosa.
—Clarisa, dejó algo para ti.
—¿Qué cosa?
—Un sobre.
—Ábrelo.
—No.
Elena hizo una pausa.
—Dijo que solamente tú debías verlo.
Clarisa miró a Samuel.
—Voy para allá.
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Cuando llegaron a la casa, Elena les entregó el sobre.
Clarisa lo abrió lentamente.
Dentro había una fotografía antigua.
Aparecían tres personas.
Un hombre joven.
Beatriz.
Y una mujer que Clarisa no conocía.
En la parte posterior de la fotografía había una fecha.
Y una frase escrita a mano:
“Antes de firmar, debiste preguntarle a Samuel quién era realmente tu padre.”
Clarisa levantó la mirada.
Samuel había quedado completamente pálido.
—¿Conoces a esa mujer? —preguntó ella.
Samuel no respondió.
Clarisa volvió a mirar la fotografía.
Entonces él finalmente habló:
—Sí.
—¿Quién es?
Samuel tragó saliva.
—La mujer que aparece junto a mi padre.
Hizo una pausa.
—Y la razón por la que mi madre nunca quiso que yo investigara el pasado de mi familia.
Clarisa sintió que el contrato que acababan de firmar escondía una verdad mucho más peligrosa de lo que imaginaban.
Y ahora esa verdad estaba comenzando a salir a la luz.